El legado de Laura y Diana: la bicicleta como herramienta de lucha contra la impunidad

Sep 11, 2026

Por Elizabeth Díaz

El 7 de julio de 2026, Laura Velázquez Florencio pedaleaba sobre el Circuito Exterior Mexiquense cuando un tractocamión la arrolló. No era una ciclista improvisada: durante nueve años, la bicicleta fue su herramienta de lucha, su forma de ocupar el espacio público y reclamar justicia por el feminicidio de su hermana Diana, ocurrido el 2 de julio de 2017. Ahora, su madre Lidia Florencio Guerrero enfrenta dos duelos, dos impunidades y una lucha que no cesa. La bicicleta que Laura utilizó para visibilizar la violencia machista y la falta de espacios seguros para las mujeres en la periferia.

«A nueve años sigue doliendo su ausencia, sigue faltando ella aquí en casa», dice Lidia sobre Diana, y sobre Laura, «apenas tiene un mes que partió, es una herida demasiado abierta, demasiado dolorosa.» Pero Lidia no quiere hablar desde el dolor crudo, sino desde el amor y la memoria que se niega a desaparecer, «tengo aquí en mi mente, en mi corazón, en mi memoria sus personas, cómo fueron ellas», afirma con la voz entrecortada pero firme. Me encuentro con ella y su hijo, tomando un café en el comedor de su casa, al fondo se ve un altar con la foto de Laura junto a su cámara; le pido permiso para prenderle una veladora y comenzamos la entrevista.

Diana era «una niña muy inquieta desde pequeña, saltaba, brincaba», recuerda Lidia, y le gustaba mucho bailar, así como ir a pedir dulces el 2 de noviembre. «Siempre pedía un dulce para mí. Cuando le daban dos dulces, siempre me tenía presente desde chiquita», cuenta su madre con una sonrisa que lucha contra el llanto. Soñaba con estudiar Filosofía y Letras, terminó la secundaria y la preparatoria abierta, vendía dulces en la calle para ahorrar y comprarse una computadora. «Y en eso se le truncó su vida», dice Lidia, porque el feminicidio de su hija ocurrió el 2 de julio de 2017, pero las autoridades cometieron actos de violencia institucional que retrasaron su identificación: el cuerpo fue hallado a unas cuadras de su vivienda, pero los peritos reportaron que se trataba de un hombre. Laura encontró a su hermana en la morgue de Nezahualcóyotl cinco días después, donde el cuerpo seguía catalogado como «cadáver masculino». Las autoridades no quisieron iniciar la búsqueda hasta que pasaran 72 horas, una de las principales trabas que las familias de búsqueda han denunciado como una «constante que se suma a la indolencia e indiferencia de quienes deberían responder de forma inmediata».

En 2022, Jesús Alejandro Montes Moreno fue declarado culpable por el feminicidio de Diana y un juez dictó 93 años y cinco meses de prisión, además de multas por reparación del daño. Pero Lidia es clara: «acá hay un sentenciado, pero hay muchas cosas que no, cómo armaron la carpeta, hay muchas fallas. Nosotros siempre nos quedamos con esa idea, los que mataron a Dianita eran de por aquí cerca y tenían toda la protección del Estado». La familia asegura que hay otra persona involucrada en el caso que hasta la fecha no ha sido detenida, y pese a que se interpusieron cargos contra el Ministerio Público, los Policías de Investigación y Peritos, las acusaciones sólo han procedido contra una de las peritos, quien ha sido llamada a comparecer ante un juez y no ha cumplido; una audiencia programada para marzo de 2026 fue suspendida bajo el argumento de que no localizan a la señalada, a pesar de que la perito «sigue ejerciendo su profesión» en la fiscalía. En 2023, la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México reconoció que los servidores públicos actuaron con anomalías y emitió recomendaciones a la Fiscalía General de Justicia del Estado de México para iniciar investigaciones.

Laura Velázquez Florencio era luz y lucha hecha mujer. Era la hermana menor de Diana, con quien compartía casi dos años de diferencia, desde niña fue su compañera de juegos, de caminatas por el campo y de travesuras. 

Una mujer de múltiples sensibilidades y talentos. Pero hay dos cosas que su madre recuerda con especial cariño: su amor por el violín y su habilidad para el crochet. Ambas actividades la definían y, de alguna manera, se entrelazaron con su lucha por justicia para su hermana Diana.

El violín llegó a su vida justo cuando Diana fue asesinada. Laura estaba aprendiendo a tocarlo cuando ocurrió el feminicidio de su hermana. El violín, que debería haber sido una fuente de alegría y aprendizaje, se convirtió en un testigo silencioso de su dolor, el crochet, en cambio, se convirtió en una herramienta de lucha y de autoempleo. Laura no sólo tejía por placer: utilizaba el crochet para generar ingresos y financiar las acciones de justicia para Diana. Con sus manos, creaba piezas que vendía para reunir fondos y costear las movilizaciones, los traslados y las acciones legales que emprendía junto a su madre.

Lidia recuerda a Laura como una mujer que «ponía todo de su parte». Y eso incluía usar sus talentos para sostener la lucha, convirtió su dolor en acción. Tras la muerte de su hermana, inició el colectivo «Justicia para Diana» junto a su mamá. «Desde el momento en que pasó lo de Dianita, fue de lleno que ella se dedicó a acompañarme o más bien acompañarnos», recuerda Lidia. «Empezamos a esa gran lucha que fue de nueve años, en donde ella ponía todo de su parte.» Primero documentaba con su teléfono; luego se compró una cámara usada y se convirtió en una comunicadora comunitaria, en una activista, en una defensora de las mujeres. Creó la página Justicia para Diana en YouTube, Instagram y otras redes sociales, donde tiene las entrevistas que le hacía a algunas familias. «Siempre que se hacía una movilización o íbamos a cualquier lado, tomaba fotografías. Ya después, hace unos dos años, compró su cámara. A mí se me hacía que sus fotografías eran muy buenas, a pesar de que no tuvo ninguna formación académica para tomar fotografías», dice su madre con orgullo. Laura visitó varios estados de la República para contar la historia de su hermana, hizo movilizaciones y marchas; en el camino apoyó a familiares de otras personas desaparecidas y víctimas de violencia o feminicidio.

Pero Laura también rescataba animalitos en la calle: rescató a dos perritas embarazadas que tuvieron cachorros, los cuidaba y luego los daba en adopción, y los que no se fueron se quedaron con ella. Algunos de los perros se llaman Poe, Galleta, Traviesa, Banana, Cami y Chino. «Yo le puse Sombra a una, y ella decía: ‘No, tú le habrás puesto así, pero se llama Poe'», recuerda Lidia riendo. «Le decía Cocodrilo, le decía Igor porque se parecía al burrito de Winnie Pooh.» Ahora que Laura no está, Lidia ha visto a los perros tristes. «A veces no han querido comer. La extrañan demasiado», dice. Esa ternura, esa capacidad de cuidar hasta a los más vulnerables, era también parte de su lucha.

Hicimos de la bici una herramienta para visibilizar el caso de Diana y la falta de espacios públicos seguros para las mujeres de la periferia», declaró Lidia en entrevista. «Desgraciadamente hay mucha imprudencia en las carreteras para los ciclistas y creen que no nos merecemos transitar en estas vías.» El caso de Laura no es un accidente aislado, es el síntoma de una ciudad que ha sido diseñada desde lo masculino y que, por décadas, ha invisibilizado las necesidades de quienes se desplazan de forma distinta. Esta diferencia no es casualidad, sino que responde a factores estructurales: la falta de infraestructura segura, el miedo a la violencia vial y sexual, la movilidad del cuidado y una cultura vial centrada en el automóvil que hace de la calle un espacio hostil para quienes no viajan en coche. La bicicleta fue su herramienta de lucha y su forma de estar en el mundo.

Nuestra conversación es interrumpida por la pareja de Lidia, entra con una bicicleta y una bolsa de pan, la bicicleta fue movida de lugar porque el domingo 09 de agosto se hará una bici rodada hacia el lugar donde le fue arrebatada la vida y se le pondrá una bicicleta blanca en su memoria. Lidia lo sabe bien: «Chimalhuacán es tierra de nadie. Aquí sí da mucho miedo. Sé que hay mucha corrupción. Cualquiera puede cometer delitos y no pasa nada.» El activismo de Laura y Lidia no pasó desapercibido. El 3 de abril de 2022, mientras apoyaban a una señora que había sido golpeada y desaparecida por la policía municipal, fueron reprimidas en el Centro de Justicia de Chimalhuacán. «Fue domingo 3 de abril cuando muchos vestidos de civil nos empezaron a gasear», narra Lidia. «A mí me gasearon primero. Después, como Laurita estaba a un lado de mí, a ella también le tocó el gas.» Laura fue golpeada con palos y con una bocina que usaban para las protestas. «A las del bloque negro les pegaron bien feo, las descalabraron, las hicieron bien feo», dice Lidia. «Todas se veían bañadas en sangre.» El miedo las invadió: «Lo más seguro es que nos van a matar ahorita que vayamos caminando para allá», pensaron. «Nos tuvimos que quedar acá varias noches. Es que son muy cañones los comandantes de aquí. Pues nos pueden desaparecer y nadie va a decir nada», reflexiona. «Es muy difícil, muy arriesgado. Puedes perder la vida en lo que uno está haciendo activismo.»

A pesar del dolor y la impunidad, Lidia no está sola. Laura construyó redes, tendió puentes, documentó realidades y acompañó a otras en sus procesos de dolor y lucha. Y es que Laura no era solo una activista más: era compañera de lucha, referente, de esas personas que cuando entran a un espacio lo transforman con su presencia. Tuve la fortuna de compartir con ella en varias movilizaciones y en cada una la vi con su cámara en mano, documentando, abrazando, escuchando. No había rodada donde no estuviera, no había marcha donde no se le viera al frente con su bicicleta. Laura era de esas mujeres que no piden permiso para estar, que simplemente están y con su sola existencia ya están reclamando. «Si se acercaban más personas a pedirle apoyo, ya estaba ahí para apoyar, para hacerles algún video o luego íbamos a apoyarlas en la fiscalía», recuerda Lidia. Las rodadas de mujeres ciclistas que Laura y Lidia realizaban son una forma de resistencia colectiva, y ahora el legado de Laura sigue vivo en quienes la vieron luchar, en quienes la acompañaron, en quienes sostienen la lucha desde las bicicletas y para conseguir una vida libre de violencia para todas.

 A pesar de las pérdidas, Lidia sigue adelante: «Siempre voy a decir que fueron unas niñas buenas. Nunca anduvieron malos pasos», afirma. Laura, a raíz de lo de su hermana Diana, «empezó a hacer muchas cosas»: apoyaba a otras familias, les hacía videos, las acompañaba a la fiscalía. «Se convirtió en eso: una activista, una defensora de las mujeres.» Hoy, Lidia guarda las fotos de sus hijas; no sabe usar la cámara que Laura le regaló. «Laura siempre me decía: ‘Aprende a usar la cámara’. Pero nunca aprendí», confiesa con una sonrisa. Laura y Diana Velázquez Florencio no son dos nombres en una lista; son dos hijas, dos hermanas, dos mujeres que soñaron, lucharon y murieron en un país que no las protegió. Lidia Florencio Guerrero no es una madre que llora en silencio; es una mujer que, desde el dolor más profundo, ha alzado la voz, ha tomado las calles y ha construido memoria, y esa memoria, esa dignidad, es su forma de resistir.

El 09 de agosto, una rodada en memoria de Laura Velázquez Florencio del mural en memoria de Diana en Chimalhuacán, al kilómetro 34 del Circuito Exterior Mexiquense, en Ecatepec, Estado de México, el recorrido reunió a colectivos ciclistas, grupos que acompañan a víctimas de feminicidio y personas que acudieron a respaldar a la familia. La movilización tuvo distintos puntos de salida, algunos participantes partieron desde la Glorieta de las Mujeres que Luchan, Santo Domingo, Ciudad Neza, entre otros. Durante la jornada, mientras los colectivos se concentraban para colocar la bicicleta blanca y realizar la vigilia, hubo una presencia desmedida de policías municipales de Ecatepec alrededor de la zona, lo cual causó indignación ya que no están cuando se necesitan en casos de violencia hacia la ciudadanía. En el pronunciamiento que acompañó la rodada, recordamos que «la memoria que insiste con el ejemplo de nuestra compañera Lau» y sentenció: «¡Hasta que rodar sea una forma de vivir y no de morir! ¡Laura vive, la lucha sigue!» Y agregaron: «Las mujeres no deberíamos ser ejemplo ni de resiliencia o resistencia y sin embargo aquí están abanderando las luchas. Descansa en poder, Laura.»

Días después, en la Cámara de Diputados, en el marco del Día Mundial del Peatón, Lidia alzó la voz: «Para decir claramente que los siniestros viales no son accidentes, porque la movilidad no es un privilegio de quien tiene más prisa, más capital o más peso en su vehículo. Porque nos merecemos llegar a salvo a nuestras casas y no ser excluidas de las vías sólo porque nuestro paso es inconveniente. Por supuesto que andar a pie y en bicicleta va a ser un inconveniente en un sistema que no quiere cuidar, que no quiere parar, que no quiere poner atención, y por eso no podemos dejarlo así, sin transformaciones que respeten la vida y que dejen de culparnos, a las mujeres y a las ciclistas, de nuestras propias muertes.» 

Su legado vive en cada mujer que se sube a una bicicleta y decide que el espacio público también es suyo, en cada familia que encuentra en la organización una forma de resistir, en cada pedalada que exige calles más seguras y justicia. Laura construyó redes, tendió puentes, documentó realidades y acompañó a otras en sus procesos de dolor y lucha. Y aunque ya no esté físicamente, su energía sigue moviendo a muchas personas; cada vez que una mujer se sube a su bicicleta y pedalea con fuerza, ahí está Laura. La justicia para Laura y Diana es la justicia para todas las mujeres que han sido arrebatadas por la violencia machista y la impunidad, y esa justicia no es un favor, es un derecho. Que su memoria no sea un adiós, sino un impulso para seguir construyendo un mundo donde ninguna mujer tenga que morir para ser nombrada.

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