Por: María José Díaz Reyes
En los últimos años, El Salvador ha atravesado una transformación profunda en la forma en que el poder se ejerce sobre la vida política y social. La concentración de poder, la persecución a voces críticas y el debilitamiento de las garantías democráticas han ido configurando un entorno donde quedarse también implica exponerse.
Este contexto ha producido distintas formas de desplazamiento: algunas visibles, otras más silenciosas. Procesos en los que la salida del país no ocurre como un hecho aislado, sino como el resultado de una acumulación de condiciones que vuelven la vida cada vez más difícil de sostener.
Pero el exilio no es solo una categoría política o jurídica. El exilio no siempre empieza cuando una se va. A veces empieza mucho antes, en procesos que no parecen conectados entre sí, pero que poco a poco van cerrando las posibilidades de quedarse. En la historia de Nelly, el exilio no fue una decisión tomada en un solo momento. Fue una acumulación de rupturas.
Primero, tenía un cargo técnico dentro del gobierno, pero con la llegada de Bukele fue despedida. A partir de ahí, reincorporarse laboralmente se volvió muy difícil. Todo apuntaba a que era el propio gobierno quien obstaculizaba sus posibilidades de conseguir trabajo nuevamente. Luego la violencia dentro de la casa, sostenida durante años, difícil de nombrar, pero imposible de seguir habitando. Al mismo tiempo, el deterioro del contexto en El Salvador, la persecución que empezaba a sentirse cada vez más cerca. Y en medio de todo eso, procurando el bienestar de su hija. “No era solo una cosa, era todo junto”, dice en su relato.
Este reportaje forma parte de una serie que reúne historias de mujeres centroamericanas que maternan en el exilio en México. A través de un proceso de historia oral feminista, estas narraciones han sido construidas desde la voz de quienes las viven, respetando sus tiempos, sus silencios y sus decisiones sobre lo que puede ser contado.
La historia de Nelly, es la historia de una mujer que salió de su país junto a su hija cuando sintió que ya no había nada más que sostener en el lugar donde estaba. Pero también es la historia de los procesos que ocurrieron antes, los que hicieron que ese momento fuera inevitable; porque en su caso, el exilio no aparece solo como una salida, aparece como el punto en el que múltiples violencias —íntimas y políticas— terminan por romper algo que ya venía fracturado. Y al mismo tiempo apareció como el inicio de otra cosa.
El Exilio fue una acumulación de rupturas
Yo soy una mujer de 44 años, con una hija de casi 19. Migrar nunca fue una opción en mi vida, nunca lo vi como algo que estuviera sobre la mesa.
A ver, ¿Cómo les cuento mi historia? Para empezar irme de El Salvador no fue una decisión de un momento, fue más bien que se me fueron cerrando ciclos.
Yo trabajé muchos años en gobierno, en la Secretaría de Gobernabilidad. Era técnica, no tenía un cargo político, y estuve ahí desde 2012 hasta 2019, en dos periodos. Pero cuando entra Nayid Bukele (un 1 de junio), para el 3 de junio ya nos estaban avisando que nos suspendían el contrato, sin garantía de nada. Ni siquiera podíamos cerrar bien, pasamos días tratando de entregar el equipo de oficina hasta que tuvo que intervenir gente de derechos humanos para que alguien nos recibiera todo, porque para nosotras era importante dejar constancia de que no nos habíamos quedado con nada.
Logramos entregar, pero a partir de ahí empezó otra cosa. Yo me quedé sin trabajo y empecé a buscar en todos lados. Yo entiendo que la situación laboral en El Salvador es complicada, pero también era mucha casualidad no poderme colocar. Recuerdo una vez que ya tenía un trabajo, ya estaba todo listo, y un día antes de firmar me llamaron para decirme que alguien había llamado para que no me contrataran. Ahí empecé a ver señales. El país es pequeño, todo el mundo sabe quién es quién.
Entonces entré al sector informal y traté de sostenerme como pude. Y en medio de todo eso, mi vida personal tampoco estaba bien. Yo estaba en una relación de muchos años, una relación violenta, y eso también venía pasando desde hacía tiempo. Entonces era todo junto: la situación laboral, la situación en el país, mi relación.
Y también me preocupaba mi hija, yo siempre he procurado que ella esté bien en medio de las cosas que no funcionan pero yo estaba mal, muy mal. No dormía bien, tenía ansiedad, estaba en terapia.
Al mismo tiempo, empezamos a ver persecución a periodistas, a medios independientes. Yo ya estaba trabajando en un medio de periodismo investigativo feminista, y aunque a mí no me había pasado algo directo, las alertas empezaron a sonar. Un día llegaron a mi casa personas del Ministerio de Hacienda a pedirme información. Y yo ni siquiera tenía registrada esa dirección. Entonces me pregunté ¿cómo dieron conmigo?
Ahí se me encendieron todas las alarmas. Yo de ninguna forma me sentía segura. Y con todo eso pasando al mismo tiempo, llegó un punto en que sentí que se me había agotado todo en El Salvador.
La violencia íntima como forma de exilio previo
Empecemos por el primer exilio, el que viví en mi propio cuerpo durante años de violencia de pareja.
Yo estuve en una relación de 14 años, 8 de casada. Antes de casarme vivimos varios años juntos. No es el papá biológico de mi hija, pero entró a nuestras vidas cuando ella tenía dos años. Es un tema difícil para mí. Lo he trabajado en terapia, pero todavía me cuesta hablarlo.
Cuando Bukele llegó al gobierno, mi pareja tenía un cargo de confianza y por eso presentó su renuncia. Yo, en cambio, ocupaba un cargo técnico y me despidieron. Traté de reinventarme, de buscar alternativas. Empecé a emprender, puse una tienda de ropa y no me iba mal. Pero para él fue distinto: no lograba encontrar trabajo fácilmente. Y ahí fue cuando las violencias personales y las del Estado fueron más evidentes.
Yo hoy puedo decir que siempre fue una persona violenta, pero era más fácil no verlo cuando tenía trabajo, cuando tenía un cargo, cuando tenía poder. Cuando eso desapareció, empezó el infierno. No era violencia física, era una violencia psicológica constante, muy sutil a veces, pero muy profunda. Había cosas que yo ni siquiera lograba nombrar, pero sabía que no estaban bien.
Podíamos pasar semanas sin hablarnos, a veces llegaron a ser seis semanas viviendo en la misma casa, durmiendo en la misma cama, sin que me dirigiera la palabra. Y para mí siempre era como: ¿por qué no podemos hablar esto?, pero él magnificaba todo, lo llevaba a un punto donde lo que buscaba era destruirme emocionalmente.
También había control en lo cotidiano. Yo trabajo en línea, con un equipo fuera del país, y a él le molestaba que me levantara temprano para reuniones, que no me sentara a desayunar con él, que la comida no estuviera a cierta hora. Si trabajaba de noche, me cuestionaba por qué trabajaba tanto. Y en público también me minimizaba. Cuando le preguntaban por mi trabajo decía cosas como: “lo bueno es que ella trabaja… aunque sea”. Era constante.
Luego vinieron otras cosas que para mí fueron muy fuertes: infidelidades, situaciones que incluso ponían en riesgo mi salud. Yo me di cuenta revisando su computadora, encontré registros de encuentros, fotos, cosas que todavía hoy me cuesta nombrar. Y lo más difícil es que nunca pude hablar de eso con él. Nunca hubo una conversación, no hubo un reconocimiento, nada. Todo eso empezó mucho antes, desde que nos casamos. Yo me fui enterando poco a poco, pero no sabía cómo salir. Yo estaba ahí, pero no estaba bien.
Vivía con ansiedad, con insomnio, con una sensación constante de alerta. Había noches en que él encendía la luz de golpe a las tres de la mañana, hacía ruido, y mi cuerpo se fue acostumbrando a vivir así. Yo pasé años despertándome a esa hora, asustada, sin poder descansar. Con el tiempo entendí que eso también era violencia.
Llegué a terapia sin saber cómo dejarlo. Pensaba que no podía hacerlo sola, ni siquiera económicamente. Hasta que una psicóloga me ayudó a ver que sí podía. Me diagnosticaron estrés postraumático. Y en ese momento entendí que yo no estaba bien. No era solo la relación, era todo lo que estaba pasando en mi vida, pero esa relación era un lugar donde yo ya no podía estar. Yo le comuniqué que me iba de su vida una semana antes de irme. Y su respuesta fue: “Esto no es una discusión, ni me estás pidiendo mi opinión.” Se paró y me dejó sentada.
Y eso fue muy representativo de toda la relación. Nunca hubo una conversación, nunca hubo un reconocimiento de nada. Nunca reconoció lo que había hecho, nunca pidió perdón, nunca.
Esa última semana lloró todos los días, pero lloraba en la madrugada, a las tres de la mañana, como tantas otras veces. Y era lo mismo otra vez, solo que ahora era porque yo me iba. El último día le dije “Mirá, por favor, ya basta”. Ya no había nada más que hablar. Me fui sin nada. Metí mis cosas en bolsas de basura, ni siquiera todas, muchas se quedaron. Lo único que me llevé fueron las cosas de mi hija: su cama, su espejo, su mesa de noche. Eran cosas que yo le había comprado, o su papá, o mi familia.
Me fui a un apartamento muy pequeño. Con el tiempo me doy cuenta de que lo que más me dolió no fue solo la separación, sino dejar lo que yo creía que era mi hogar, esa idea de hogar: esposo, perritos, mi hija, la casa que tanto me había costado tener. Pero yo sabía que él no se iba a ir. Le pedí que se fuera y me dijo que no.
Antes de irme me pidió las llaves. Y esa sensación… esa humillación de irte de un lugar como si estuvieras haciendo algo malo, como si la gente te fuera a señalar, eso también fue muy fuerte. A los cuatro meses me citó para pedirme el divorcio. Y le dije que sí. Yo tenía claro que si me iba, era para no volver. Y ahí también me di cuenta de que él ya estaba presentando a su nueva pareja.
Bukele, un gobierno que te persigue
El Salvador pasa por una fuerte crisis de persecución a toda forma de disidencia, a mí no me pasó algo directo como a otras compañeras. No fue que tuviera un policía afuera de mi casa o una amenaza explícita, pero las señales empezaron a aparecer. Desde el trabajo, vimos lo que estaba pasando con otros medios, con periodistas, con organizaciones. La persecución ya no era algo lejano, estaba ocurriendo alrededor.
Y luego empezaron a pasar cosas más cercanas. Un día llegaron a mi nueva casa dos personas del Ministerio de Hacienda a pedirme información, eso fue lo que más me inquietó, porque yo no tenía registrada esa dirección. No estaba en ningún documento oficial. Entonces, ¿cómo dieron conmigo?
Me pidieron documentos, información, y aunque en ese momento pude responder, algo ya no me cuadraba. No era solo el trámite lo que estaban haciendo, por la forma en como habían llegado me estaban advirtiendo de algo. Además, dentro del medio de comunicación yo tenía un poder administrativo. Y eso también me colocaba en un lugar distinto aunque yo no fuera una figura pública. Y todo eso se fue sumando, yo miraba que ya no era un solo hecho. Era parte de un patrón de persecución que se venía dando.
Recuerdo muy claramente cuando capturaron a Ruth López, ese día me marcó mucho. Yo no era cercana a ella, pero conocía su trabajo, había coincidido en algunos espacios, y ver lo que le pasó… ahí sentí que eso le podía pasar a cualquiera. Ya no importaba el nivel de exposición. Y en ese momento pensé algo muy claro: yo no podía pasar por algo así y dejar a mi hija sola. Ahí fue cuando todas las alertas se encendieron. Porque no era un evento aislado, era un entorno que se estaba volviendo cada vez más peligroso.
Ser mamá ha sido mi ancla
Ser mamá para mí siempre ha sido algo central. Yo amo ser mamá, y creo que muchas de las decisiones más importantes que he tomado en mi vida han pasado por ahí, incluso la decisión de irme. Porque cuando empecé a pensar en salir del país, nunca fue una opción hacerlo sin mi hija, siempre fue con ella.
También había algo muy claro para mí en ese momento, y es que yo no podía ponerme en una situación donde me pasara algo y ella se quedara sola. En El Salvador ya estaban pasando cosas, ya había persecución, ya se estaban llevando gente, y aunque yo no tenía el mismo nivel de exposición que otras personas, eso dejó de importar. Se estaban llevando a quien fuera, y yo pensaba mucho en eso, en que no podía pasar por algo así y dejarla sola.
Pero al mismo tiempo, ser mamá también era una tensión, porque mi hija percibía todas las cosas que nos estaban pasando, claramente me preocupaban sus emociones y yo estaba tratando de sostener eso mientras vivía la violencia dentro de la casa. Era como estar en muchas crisis al mismo tiempo, tratando de cuidar, de sostener, sin estar yo misma bien.
Con el tiempo he entendido que mi hija siempre percibió lo que me pasaba. Ahora que estamos aquí, en el exilio, me dice que cuando yo estaba mal, me enojaba con ella, y eso a mí me duele mucho. No soy perfecta, y también estoy aprendiendo a perdonarme.
Pero también creo que algo cambió entre nosotras. Antes hablábamos, pero ahora hablamos distinto, más profundo, nos escuchamos más, nos abrazamos más. En El Salvador nos abrazábamos muy poco, y ahora siento que estamos reconstruyendo ese vínculo desde otro lugar.
Hay momentos que para mí resumen todo este proceso. El 31 de diciembre fuimos a una celebración en el centro de Ciudad de México, ciudad que ahora es nuestro hogar. El evento de fin de año estaba lleno de gente, de música, de movimiento, nos quedamos ahí hasta la medianoche. Cuando empezó la cuenta regresiva y dieron las doce, mi hija me abrazó y me dijo: “Mami, lo logramos.” Y para mí eso fue todo. Porque no era solo haber llegado a otro país, era todo lo que había pasado antes. Todo lo que habíamos atravesado para poder estar ahí, juntas y ahora de otra manera.
Yo siempre sentí que ella y yo éramos nuestro refugio, incluso en los momentos más difíciles. Y ahora lo seguimos siendo, pero distinto.
Este es un exilio que duele, pero que también alivia
Cuando llegué a México, lo que sentí fue como una desintoxicación.
Lo primero que hice fue dejar de leer noticias por un tiempo. Yo trabajo en un medio de comunicación, pero necesitaba parar. Y poco a poco empecé a notar cambios: empecé a dormir mejor, a sentir menos ansiedad, a estar más tranquila en mi propio cuerpo.
Estando exiliada entendí que no era solo una historia personal, había un entorno social, cultural y político que también nos estaba enfermando. A mí me pasa algo que a veces me cuesta contar y que a veces la gente no está lista para escuchar porque cuando la gente piensa en el exilio, espera que una esté sufriendo. Y sí, hay cosas que extraño, extraño a mi familia, extraño mi país, extraño hasta el cielo de El Salvador. Todo eso está. Pero al mismo tiempo, aquí me he sentido libre.
Me acuerdo que la primera vez que pasé una navidad acá, alguien me preguntó si había sido muy duro, si había sufrido. Y yo estaba bien, estaba tranquila, incluso estaba feliz. Y ahí es donde me cuesta explicarlo. ¿Cómo le digo a la gente que no estoy sufriendo como esperan? Que después de mucho tiempo me siento bien. Yo aquí siento que estoy sanando.
Y no es que todo sea fácil, hay preocupaciones, claro: el futuro, el trabajo, construir una vida en un lugar nuevo. Pero no es la misma angustia. No es ese peso constante que yo sentía antes. Aquí puedo salir, moverme, hacer cosas sin estar pensando en cómo va a reaccionar alguien más, sin estar midiendo todo el tiempo.
Incluso cosas simples: salir con mi hija, decidir a dónde ir, cómo pasar el tiempo. Eso antes no era tan sencillo. Entonces sí, es extraño. Porque este es un exilio que duele, pero que también alivia.
Hay cosas que no desaparecen. Aunque ahora esté en un lugar donde me siento más segura, el miedo sigue apareciendo de otras formas. A veces es algo muy concreto, por ejemplo, cuando supe que mi ex pareja había venido a México, sentí pánico. Pensé: no me lo quiero volver a encontrar en mi vida. Y después me enojé conmigo por sentirme así, pero también entendí que es parte de todo lo que viví.
También está el miedo al futuro. A sostenerme en un país nuevo, a no tener familia cerca, a que mi hija pueda encontrar su camino, a que todo lo que estamos construyendo se mantenga. Son preocupaciones que están ahí. Pero no es el mismo miedo de antes. Antes era un miedo que me paralizaba. Ahora es un miedo con el que convivo, pero que no me detiene de la misma manera. Y en medio de todo eso, también ha pasado otra cosa: he empezado a recuperar partes de mí que había dejado de lado.
Por ejemplo, mi cuerpo. En El Salvador yo estaba muy descuidada, no dormía bien, no comía bien. Aquí he empezado a cuidarme, a caminar, a prestar atención a cosas que antes no podía.
También he vuelto a reconocerme. Durante mucho tiempo me costaba ver mis propios logros, reconocer lo que había hecho. Ahora puedo decirlo distinto. Puedo verme y decir: he sido valiente. Y eso no significa que todo esté resuelto, pero sí que estoy en otro lugar emocional, he vuelto a conectar con cosas que había dejado, como mi espiritualidad, son espacios que ahora me sostienen de otra manera. Empiezo a imaginar otras posibilidades. Me gustaría estudiar algo, me gustaría poner un negocio de comida, me gusta cocinar. Son ideas que antes no tenían espacio y ahora empiezan a aparecer.
Las redes de mujeres son estructuras que salvan
Yo no me fui sola. A veces se cuenta como si una tomara la decisión y ya, pero en mi caso no fue así. En primer lugar es importante que sepan que las exiliadas tenemos familias, en mi caso tengo y he tenido el apoyo de mi familia-mi madre, hermana, mis hermanos hombres están presentes en nuestras vidas, y además en el camino fui encontrando otras manos que me sostuvieron, sobre todo mujeres.
Cuando me fui de la casa, me fui sin nada. Llegué a un apartamento pequeño con lo básico, una amiga llegó ese mismo día con un escritorio, una silla para que pudiera trabajar, cosas de cocina, lo necesario para empezar. Llegó sabiendo que yo no tenía nada. También otras amigas estuvieron cerca de mí cuando abandoné a mi ex pareja y salí de mi entonces casa. Ellas, mis amigas, siempre han estado presentes en nuestras vidas.
Más adelante, cuando ya estaba pensando en salir del país, otra amiga me habló de un programa que estaba apoyando a personas que necesitaban exiliarse. Me apoyó económicamente, no era mucho, pero con eso pude comprar los boletos.
En todo ese camino, el equipo de Alharaca, mis compañeras y jefas han sido un sostén y un lugar seguro para crecer y recuperar mi confianza, nunca me han soltado en los momentos difíciles y en las decisiones que he ido tomando.
Poco a poco, fueron apareciendo apoyos.
Amigas que preguntaban, que estaban pendientes, que llegaban, que acompañaban. Gente que se quedaba cerca cuando todo se estaba desarmando. Yo siempre he valorado la amistad, pero en ese momento entendí otra cosa: lo que significa que te sostengan cuando ya no podés sola.
Incluso ahora, estando acá, sigo sintiendo eso: amigas que vienen a verme, que me abrazan, que me dicen que están felices de verme bien. Y eso también es parte de todo este proceso. Yo estoy aquí por muchas de esas personas. Y casi todas han sido mujeres.
Verme a sí misma
Creo que lo importante es entender que no es un camino fácil. Volver a reconstruir tu red de apoyo, tus espacios seguros, es un proceso largo, muy largo, y hacerlo desde cero es difícil. Pero sí se puede, se puede cuando encontrás a otras personas con historias similares, porque son las que te entienden. Se puede cuando tenés acceso a apoyo, a acompañamiento psicológico, a espacios donde no tenés que explicarte todo el tiempo. Y también hay algo que he ido aprendiendo: hay que ir en contra del miedo.
A nosotras nos han hecho creer muchas veces que no podemos, que no lo vamos a lograr. Pero sí podemos. Yo siento que he vivido varias batallas en mi vida. He pasado por momentos muy difíciles, y aun así he podido salir adelante. A veces siento que se me acaban las fuerzas, pero sigo. Mi historia viene de ahí: de una familia muy humilde, de mujeres que han sido valientes, trabajadoras, y yo crecí viendo eso.
Y ahora quiero y puedo decirles algo que antes me costaba mucho: me siento orgullosa de mí misma. Antes no lograba reconocer mis propios logros. Hoy sí, hoy puedo verme y decir que soy valiente.










