Maternar en movimiento: historias de maternidad desde el exilio. (Pt.2)

May 19, 2026

Por: María José Díaz Reyes

En los últimos años, Nicaragua ha atravesado una profunda crisis política y social marcada por la represión estatal, la criminalización de la disidencia y el desmantelamiento de espacios democráticos. Desde 2018, la respuesta del régimen a las protestas sociales incluyó asesinatos, detenciones arbitrarias, violencia letal, vigilancia, persecución selectiva y el uso del aparato judicial como mecanismo de castigo. En este contexto, muchas personas se vieron forzadas a salir del país.

Para las mujeres, las feministas y disidencias, esta persecución ha tenido características particulares. No solo han sido criminalizadas por su participación política, sino también por las agendas que sostienen, por los cuerpos que encarnan y por las formas de organización que construyen. La violencia en su contra ha operado en múltiples niveles: institucional, simbólico, territorial y también íntimo.

El exilio nicaragüense, en este contexto, no es solo desplazamiento. Es una ruptura. Es la imposibilidad de volver. Es la fragmentación de la vida tal como se conocía.

Este reportaje multimodal, impulsado por Luchadoras desde una metodología de historia oral feminista, reúne historias de mujeres centroamericanas que maternan en el exilio. A través de sus voces buscamos abrir una conversación sobre dimensiones poco narradas de las violencias políticas: aquellas que atraviesan la vida cotidiana, los vínculos, los cuidados.

La historia que sigue es la de Emma, feminista nicaragüense que tuvo que salir de su país en medio de este contexto de persecución. Es la segunda historia de esta serie. Su testimonio nos abre a una dimensión particularmente compleja del exilio: la maternidad atravesada por la separación.

Emma salió de Nicaragua sin su hijo. Lo que en un inicio parecía una distancia temporal se convirtió en años. A partir de ahí, su historia recorre múltiples experiencias: maternar a la distancia, sostener el vínculo a través de pantallas, atravesar la incertidumbre y la espera, enfrentar procesos de salud mental marcados por la ansiedad y la depresión, y finalmente, luchar por la reunificación.

El reencuentro no es un regreso al punto de partida. Es un proceso de reconocimiento. Es vivir el duelo de reconocerse mutuamente —madre e hijo— como otras personas, es, como ella misma nombra, “volver a parir”.

Esta historia también nos permite mirar la maternidad más allá de los imaginarios idealizados. Aquí la maternidad aparece como práctica: atravesada por condiciones materiales, por redes de apoyo —o su ausencia—, por decisiones difíciles, por promesas que pesan y por la necesidad de sostener la vida en contextos adversos.

En un escenario donde el exilio continúa siendo una realidad para muchas mujeres en la región, este testimonio nos invita a mirar no solo la violencia que expulsa, sino también las formas en que se reconstruye la vida. A reconocer la complejidad de maternar en movimiento. Y a entender que, incluso en medio de la ruptura, hay procesos de creación, de cuidado y de posibilidad

El exilio empezó ahí, en la calle

A mí siempre me gustó Ciudad de México. La primera vez que vine pensé que podría vivir aquí, pero nunca hice nada para que eso pasara, siempre fue más una idea. Me gustaba la vibra, la energía, la gente, la arquitectura. Me gustaba que es una ciudad con muchas opciones, y la posibilidad del anonimato me parecía impresionante: perderme en el mar de gente, no escuchar nunca mi nombre en la calle. Eso me parecía maravilloso.

Y luego pasó 2018. Nicaragua entró en una crisis profunda de derechos humanos. Todo empezó con las protestas contra las reformas al seguro social, pero rápidamente se volvió algo más grande: un cuestionamiento abierto al gobierno, a la corrupción, a la forma en que se estaba ejerciendo el poder. La respuesta fue brutal. El Estado reprimió las protestas con violencia, criminalizó a quienes salían a la calle y empezó a perseguir toda forma de disidencia.

Empezaron a exiliarse personas, empezaron a apresar amigas, colegas, gente cercana. Y en algún momento sentí que el círculo se estaba cerrando, que en algún momento me iba a alcanzar.

El estallido fue en abril de 2018, y entre el 18 de abril y el 30 de mayo yo estuve todos los días en la calle. No hubo un solo día que no saliera. Muchas veces iba con Ari, mi hijo a quien le encantaba rayar paredes, hacer graffiti, stencil; íbamos con latas de pintura, con otras compañeras.

El 30 de mayo, el Día de las Madres en Nicaragua, fuimos juntos a la marcha. Salimos con un contingente de artistas y nos sumamos. En algún momento nos separamos del grupo. Ari estaba muy inquieto, me decía que nos fuéramos, que no quería estar ahí.

Nos paramos en un lugar a ver si seguíamos o si regresábamos, pero mientras estábamos ahí empezamos a ver a la gente regresar en dirección contraria, un mar de gente, y decidimos irnos a la casa. En el camino vimos las camionetas y las motos que llevaban a los chavalos heridos, o prácticamente muertos.

Ahí sentí que ya no podía seguir a ese ritmo, que no podía seguir exponiéndome y exponiendo a Ari.

De regreso a la casa tuvimos una conversación que no se me olvida. Él me decía que no le parecía estratégico que todos hubiéramos ido vestidos igual a la marcha (de negro), que así la policía sabía quiénes éramos. Y luego estaba el shock de haber visto a los chavalos ya muertos en las motos.

Ese día sentí que mis ganas de seguir se quedaron ahí, y que gran parte de la inocencia de Ari también se quedó ahí. Él vio todo: la multitud, las camionetas, las motos, a los muertos. Yo dije: ya no salgo más.

No volví a salir hasta meses después. Para ese momento ya era muy peligroso, ya nos constaba que nuestra vida no importaba en absoluto. Entonces salió una oportunidad de irnos y nos fuimos a Costa Rica en agosto, nos fuimos los dos.

Estuvimos tres meses, lo que nos permitía la visa de turista. Yo estaba decidida a no quedarme en Nicaragua, pero en Costa Rica fue muy difícil. La situación estaba complicadísima, la persecución se sentía igual de densa, no logré conseguir trabajo, llegamos y había huelga general, tampoco pude meter a Ari a la escuela. Fueron tres meses en los que yo estaba absolutamente deprimida, no logré hacer nada.

Llegué a Costa Rica por una amiga que me había hablado de una posibilidad que podía sostenernos en ese momento. Eso fue lo que me animó a irnos. Pero al llegar, las cosas no estaban tan claras. Pasaron los meses y no se concretó nada. Yo ya venía mal, y eso lo empeoró todo. Entonces decidí que no me iba a quedar más tiempo ahí. Yo ya tenía un viaje planificado a México para noviembre, y pensé que podía venir, pasar un tiempo, descansar, ver desde fuera cómo estaba todo, recalibrar.

Antes de venir regresé una semana a Nicaragua, cerré mi casa, vendí cosas, dejé otras donde mi mamá y le dije: “ahí vengo, regreso en un mes”.  Ari se quedó con mi mamá. Yo me vine y ya no volví.

¡Lo que estaba dejando era mi hijo!

Mi plan era volver en enero. La idea era descansar, ver si la situación mejoraba y entonces decidir. Pero no mejoró. Yo vine con una mochila, venía a pasar fin de año con quien era entonces mi novio. En ese momento no era una opción quedarme, ni siquiera lo pensé así. Ya tenía una noción de lo que era el exilio por los tres meses en Costa Rica, pero aun así no lo estaba nombrando de esa manera.

En esos días fui a un encuentro y me metí a un taller de poesía. Estábamos leyendo a Audre Lorde y a partir de esa lectura escribíamos. Ahí me rompí.

Escribí un poema sobre eso, sobre qué es lo imprescindible cuando tenés que salir de tu país, qué te llevás y qué se queda. En ese momento no era consciente de que lo que estaba dejando era mi hijo.

Después de eso vi que la situación en Nicaragua estaba espantosa. Existía la opción de pedir refugio, aunque iba a tardar más de tres meses, y pensé: bueno, saco los papeles y en seis meses Ari ya está aquí conmigo, no va a ser tanto tiempo. Pero esos seis meses se convirtieron en tres años.  Cuando yo llegué, estaba llegando también la primera caravana migrante que salió de Honduras, y todo el sistema de solicitudes de refugio se desbordó.

¡Bueno, pues esto es el exilio!

Entonces lo que en un inicio duraba tres meses dejó de ser tres meses. Yo pasé todo 2019 esperando con mis papeles, y luego vino 2020 con la pandemia, y cada vez se iba extendiendo más. Lo que empezó siendo un mes de vacaciones, luego tres meses mientras salían los papeles, se fue haciendo una brecha cada vez más grande.

Yo empecé a nombrarme exiliada más de un año después de haber llegado. Antes de eso sentía que todo era temporal, que era mientras salían los papeles, mientras resolvía cosas. Ya cuando me vi aquí teniendo que reinventar un montón de cosas, fue que dije: bueno, pues esto es el exilio.

En ese tiempo yo estaba en una relación, pero nunca sentí que me estuviera respaldando. Ni en la decisión de quedarme, ni en la de pedir refugio, ni después en la de ver cómo traer a Ari. Para mí siempre fue claro que todo lo que yo estaba haciendo era para poder traer a Ari. Ese era mi pensamiento: primero saco mis papeles para poder darle papeles a él.

Ari y yo hemos vivido juntos toda la vida, salvo esos tres años. Siempre hemos sido los dos, independientemente de personas que han estado alrededor. Para mí no era una opción que él se quedara en Nicaragua. Y para él tampoco. Durante esos tres años él lo tenía clarísimo todo el tiempo.

Además, desde antes nosotros ya habíamos hablado de la posibilidad de irnos a vivir a otro lugar. A él siempre le ha dado curiosidad conocer, viajar, aprender otro idioma, así que tampoco era una idea completamente ajena. Pero para mí estar con Ari es eso: somos compañeros de vida. Ahorita ya somos más como roomies, porque ya está grande, pero seguimos siendo los dos.

Entonces, cuando vi que quien era mi pareja no me estaba respaldando, fue bien fuerte. Yo tenía la idea de que podíamos construir algo juntos, y cuando entendí que no, decidí que no necesitaba ese respaldo para traer a mi hijo. Yo dije: lo voy a hacer sola. Porque además, él tampoco estaba aportando nada en ese sentido. Entonces fue como: ya está, hasta aquí. Para él, vivir en familia no era una opción. Para mí, no vivir en familia no era una opción. Y mi familia siempre ha sido Ari. Después de eso siguió todo el proceso de los papeles.

¡Fue como volverlo a parir!

Con ayuda de mi familia, de amigas y de mucha gente solidaria, logramos comprar los boletos para que yo fuera a Costa Rica a traerme a Ari, porque todavía era menor de edad y no podía viajar solo. Yo también quería ver a mi mamá, entonces nos encontramos allá y desde ahí viajamos juntos.

Yo esperé tanto a ese chavalo que siento que fue como volverlo a parir.

Llegó en agosto o septiembre. Yo ya lo estaba esperando. Para ese momento ya había hecho varios cambios: antes rentaba una habitación en un departamento con gente que no conocía, pero empecé a crear condiciones para que él pudiera vivir conmigo.

Cuando llegamos a la ciudad, era la primera vez para él. Fue muy bonito todo ese proceso: ir a buscar escuela juntos, hacer todos los trámites, y también llevarlo a conocer la ciudad, enseñarle los lugares que para mí ya se habían vuelto parte de mi vida. Había algo de entusiasmo en poder mostrarle ese mundo que yo ya estaba habitando.

Él llegó con quince años. Cuando nos dejamos tenía once o doce. Entre esas edades pasan muchas cosas. Yo lo seguí en la distancia: su primera afeitada, los cambios, todo eso que normalmente una ve estando ahí. Entonces el reencuentro también fue eso, reconocernos. Ya éramos dos personas distintas.

Fue muy emocionante. Nos dimos mucho cariño, nos contamos muchas cosas. No era solo hacer trámites, también era estar juntos, salir, ir a un parque, pasar la tarde sin hacer nada, solo estar. Fue un reencuentro muy lindo.

Y él también venía claro de que se iba a quedar. Incluso ahora, cuando a veces le pregunto si quisiera volver, me dice que lo que yo decida. Pero está muy instalado aquí. Tiene sus amigos, su vida, su escuela. Ha vivido cosas que allá no había vivido: sus vínculos, sus primeras relaciones, toda esa intensidad de la adolescencia. Y eso también es importante.

Ser mamá allá/ ser mamá acá

Yo siento que, en mi rol de madre, he tenido más o menos un modelo fijo. Lo que ha cambiado mucho es la comunidad. No es lo mismo vivir en Managua y tener a mi mamá a dos horas en bus, a tenerla lejos y, además, no poder verla. Porque la distancia en el exilio es una cosa muy rara: puede ser que esté a ciertos kilómetros, pero no podés acceder a eso.

Allá, cualquier dificultad la resolvía con mi mamá cerca. Además vivíamos en un barrio donde teníamos una red bien bonita: otras madres con hijos de la misma edad, todos amigos. Los chavalos pasaban de una casa a otra, dormían en distintos lugares, almorzaban juntos. Era una red que me sostuvo mucho.

Acá es distinto. Mis amigas quieren mucho a Ari, son sus tías, pero no tienen hijos. Entonces él tuvo que empezar de cero: hacer amistades, crear vínculos.

Y también cambia la ciudad. Allá yo trabajaba a dos cuadras de mi casa, siempre procuré que fuera así. Aquí eso es imposible. La ciudad es un monstruo. Antes podía ir a un concierto y dejar a Ari solo o con la vecina, y todo estaba bien. Esa cercanía ya no existe. Más que mi forma de maternar, lo que cambió fue la red. Yo nunca he sido sobreprotectora, siempre he sido más de confiar. Le enseñé a moverse en la ciudad, a usar el transporte, a resolver. Él sabe ubicarse, va, hace cosas, vuelve. Y también hemos sido muy honestos en nuestra comunicación. Si algo pasa, lo dice.

Yo nunca le he mentido. Siempre le he hablado con claridad, desde pequeño. No le hablaba como bebé, nunca usé ese lenguaje recortado. Le hablaba normal, y él aprendió a comunicarse así también. Creo que eso ha marcado mucho la relación.

Ari es un chavalo tranquilo. Yo siento que lo he hecho bien, y que ha sido algo muy consciente desde el principio, pero también tiene que ver con su personalidad. Hay una parte de trabajo y una parte de suerte. Yo siempre pensé eso incluso cuando consideré volver a embarazarme. Decía: esto es una lotería. Porque con él ha sido muy bonito todo: el embarazo, la crianza. Y pensaba: ¿y si me sale el otro extremo? Eso también me detuvo.

A mí me gusta maternar, eso sí. Pero también reconozco que mucho del goce de mi maternidad tiene que ver con cómo es él.  No es una cosa romántica de amor inmediato. Yo no me enamoré de Ari a primera vista.

Ser madre en el exilio

Cuando yo llegué, pensaba que iban a ser unos meses y que luego lo iba a traer. Entonces también traté de verle el lado amable. Me dije: bueno, tal vez esto es como un pequeño descanso de la maternidad, un tiempo para mí, para conocerme, para hacer otras cosas.

El primer año lo viví un poco así. Me metí a estudiar, hice un curso de gastronomía, empecé a explorar otras posibilidades en la ciudad. Pero a medida que pasaba el tiempo y los papeles no salían, todo empezó a cambiar. Yo iba viendo la adolescencia de Ari a través de la pantalla, y eso fue muy duro. Me fui desesperando, y mucho de ese tiempo lo viví ya en depresión, con ansiedad, con mucha incertidumbre. Con la pandemia se agravó todo. Empecé a reconocer que llevaba tiempo deprimida, empecé a ir al psiquiatra. Me sentía muy desesperanzada, no encontraba la alegría para vivir.

Entonces ese tiempo sin Ari tuvo esas dos caras: por un lado, intentar hacer cosas, sostenerme; y por otro, pensar constantemente si lo que había hecho había sido la decisión correcta, si valía la pena seguir aquí esperando mientras el tiempo pasaba y mi hijo crecía lejos.

Ya cuando él llegó, los desafíos fueron otros.  Porque en esta lógica que tenemos de hablarnos siempre con la verdad, también aparece la responsabilidad de cumplir lo que prometí. Yo le dije: vamos a estar juntos y vamos a vivir mejor. Y hubo momentos en que no lo estaba logrando.

Entre el estado anímico que traía arrastrando y la situación económica, sostener esa promesa fue muy difícil. Tenía dos trabajos, pagaba una renta muy alta, ya no podía vivir en un cuarto compartido porque no me traje a mi hijo para eso. Entonces sentía que le estaba fallando. Eso me pesó mucho durante bastante tiempo.

Pero Ari ha sido muy comprensivo. Como siempre hemos hablado con claridad, él ha entendido cuando ha habido que cambiar planes. Por ejemplo, decirle: íbamos a viajar, pero mejor necesitamos comprar una lavadora. Y él lo entiende. A veces me da miedo pensar en cuándo le va a tocar rebelarse, porque ha sido muy comprensivo todo este tiempo.

La dificultad más grande con él acá ha sido esa: sostener la vida, y no solo sostenerla, sino que sea una vida que valga la pena, que justifique el viaje, que justifique haber dejado tanto. Y al mismo tiempo está la alegría de vivir con él, de verlo crecer, de verlo explorar sus opciones, de acompañarlo en esta etapa.

La vida con Ari hoy

Ahorita él está terminando la preparatoria, tiene dieciocho, va a cumplir diecinueve, y está en ese momento de no saber bien qué quiere estudiar, a mí, verlo en eso, me llena mucho. Porque digo: está bien, estos son los problemas que queremos tener a los dieciocho años. Dudar de qué estudiar, de si te fue mal en una materia. Eso está bien. También lo veo explorando otras cosas. Se compró guitarras, está metido en la música, diseña, prueba. Está en una etapa muy exploratoria. Y eso me da mucha alegría.

Aunque también implica otros cuidados. Porque él es mayor que muchos de sus compañeros, entonces le digo que tenga cuidado, que él ya es adulto frente a otros que no lo son, pero, en general, son problemas de adolescente. Y qué felicidad que sean esos.

Cuando le pasan cosas más emocionales, como que le rompen el corazón, ahí aparece otra dimensión. Es bien loco tener un hijo adolescente, porque por un lado está viviendo cosas de gente grande, pero para mí sigue siendo un bebote.  Entonces llega, se me tira encima, se acurruca, y ahí estamos. Nos acompañamos mucho.

Él me ha acompañado a mí también en mis tristezas, porque yo nunca me he ocultado. Entonces, cuando a él le tocó, fue también acompañarlo. Y acompañar es eso: hacerle de comer, ver tele juntos, comprar helado, estar, a veces en silencio, porque hay momentos en los que las palabras no alcanzan, y no hace falta decir nada. Con estar, es suficiente.

Los sueños y el futuro

La tristeza ha sido parte de todo esto. Con el tiempo también entendí que tengo tendencia a la depresión, y he hecho las paces con eso. Ya sé que va a volver, entonces cuando aparece le hago espacio. Ni modo, es parte. Pero también siento que, dentro de todas las dificultades, estamos viviendo una vida bonita. Vivimos en una ciudad que a los dos nos gusta, y eso pesa. No es lo mismo estar triste en un lugar que te gusta que en uno que no. Hay algo en eso que sostiene.

Yo recuerdo cuando llegué y me impresionaban cosas muy simples: los parques, la gente estando en los parques, las aceras amplias. Una vez vi a una mujer, ya grande, meciéndose en un columpio, feliz, y pensé: qué bonito.

Y también pensaba que todas las personas merecemos vivir en un lugar bonito. Que no tendría que ser un privilegio. Que muchas veces en nuestros países no tenemos acceso a eso, a la belleza en lo cotidiano. Entonces, parte de la fuerza viene de ahí, de sentir que estamos construyendo una vida que también tiene eso, también está la posibilidad que Ari pueda imaginarse estudiando una carrera, aunque luego cambie de idea, aunque esté en esa etapa de explorar. Solo el hecho de que exista esa posibilidad ya es mucho. Y yo no lo voy a presionar para que sea algo que no quiere. Está siendo adolescente, tiene una banda, tiene amigos, está viviendo.

Y hemos ido construyendo vida acá. Vivimos en un departamento que nos gusta, que escogimos juntos, en una zona que ya sentimos nuestra. Eso también da raíz.

Otra cosa que me ha dado mucha fuerza ha sido ir encontrando mis espacios. Recuperar cosas que me gustan, como la gastronomía, la psicología, reconstruirme desde ahí, las amistades.

He encontrado amigas con las que hemos hecho familia. Nos hemos acompañado en duelos, en procesos duros, en la vida cotidiana. Y también he ido construyendo amistades que son profundamente políticas, en el sentido de que hay compromiso, hay cuidado, hay reflexión compartida. Eso ha sido muy importante.

Y ahora, si pienso en el futuro, mi sueño es bastante concreto: dejar de pagar renta. Poder tener un lugar propio, un departamento nuestro. Algo que también le dé estabilidad a Ari, que nos permita vivir con menos presión. Y creo que lo vamos a lograr.

¡No somos solo lo que nos pasó!

Sueño con verlo pleno, y conmigo también, poder desarrollarnos, disfrutar, vivir sin miedo. Porque eso sigue siendo un tema, incluso aquí. Mucha gente vive con miedo. Entonces, para mí es importante ir construyendo una vida más suave, un espacio al que podamos volver cuando el mundo se pone difícil. Más allá de lo práctico de tener una casa, es tener un lugar donde estar seguros. Y a partir de ahí, lo demás puede venir: viajar, conocer otros lugares, o simplemente tener tiempo para hacer algo que nos guste.

Yo también sueño con eso, con poder volver a viajar, o con tener tiempo para desarrollar un hobby. Poder vivir una vida tranquila. Siento que ya hemos pasado por mucho.

A veces veo cómo está el mundo y pienso: ¿ahora qué sigue? Pero trato de no perder la esperanza. Creo que de esto vamos a salir bien, aunque sea en pequeño. Tal vez no vamos a cambiar todo, pero con que mi entorno cercano esté bien, con que mis amigas, mis vínculos estén bien, para mí eso ya es mucho.

Para mí un gran sueño ahora es garantizar espacios seguros. Espacios donde podamos ser, donde podamos estar sin miedo. Y eso también se conecta con lo que hago hoy, con la comunidad que he encontrado de personas exiliadas, con el trabajo colectivo. Ha sido una forma de resignificar muchas cosas en mi vida, sobre todo el cuidado.

Yo siempre lo he sabido: soy una cuidadora. Me gusta cuidar, estar pendiente de la gente, acompañar. Y haber encontrado esta comunidad me ha dado otra razón para seguir poniendo el cuidado al centro. Y también entender que no todo se procesa de la misma manera. Que hay momentos para lo político, pero también momentos en los que una está rota, y ahí no todo sirve. No todo se resuelve desde el discurso. Acompañar también es eso: saber en qué momento está la otra persona.

Y si pienso en lo que me gustaría que se entienda cuando alguien lea esta historia, es que no somos solo lo que nos pasó. Ser exiliada es algo que me tocó, algo que he tenido que asumir, pero no es lo único que soy. No somos pobrecitas. Y tampoco nuestros hijos son solo lo que perdieron. Sí, hubo dolor, sí hubo separación, pero también hubo otras cosas: vínculos, aprendizajes, experiencias. No fue tiempo perdido.

Para mí tampoco lo fue. Yo estudié, trabajé, conocí otros mundos que nunca hubiera imaginado.

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