Por: Laura Buconi
“¿Eres mexicana?” me pregunta Mircheline Aduel con una mirada inquisitiva. “No, soy de Italia, pero tengo cinco años viviendo acá en México”, le contesto de manera automática, ya que repito esta misma frase casi todos los días. “¿Y quieres vivir aquí o en Italia?” me cuestiona, mientras con sus ojos curiosos me investiga. “Quiero viajar, quiero conocer lo más que pueda del mundo”, le digo. «Entonces,» responde segura, “tienes que venir a visitarme a mi comunidad”.

Abro los ojos atónita. Mircheline vive en Haití, país retratado como uno de los más violentos del mundo hace más de una década, según el índex de conflicto ACLED y la narrativa mediática dominante.
Sin embargo, Plaisance, su pueblo en el departamento norte de Haití, permanece tranquilo. “Yo solo veo armas en mano de la policía de mi comunidad. No hay bandas del crimen organizado en mi pueblo”, afirma Mircheline. Explica que la narrativa dominante de los medios tradicionales retrata Haití como un país hundido, demasiado violento, ingobernable, “un país al que nadie puede venir pero no es así.”
Me encuentro con Mircheline en la alcaldía de Iztapalapa, en la Ciudad de México. Me cuenta que llegó después de una serie de travesías: logró salir de su país entre combis, camiones y un helicóptero, porque las bandas armadas tomaron el aeropuerto de Puerto Príncipe, la capital.
Mircheline vino al VIII Congreso Continental de la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo, CLOC‑La Vía Campesina, cuyo eje fue la soberanía alimentaria. Ella es parte del Comité de Coordinación Internacional de la CLOC como representante de la juventud y en la Región Caribe.
Mircheline me invita a formarme con ella para comer en las instalaciones de la Utopía Estrella. Su complexión es delgada pero fuerte, y avanza decidida hacia los puestos que dispensan agua, cubiertos y comida, mientras al pasar saluda a sus compañeros y les desea buen provecho con una sonrisa. Con una energía muy materna o de hermana mayor (aparenta apenas unos 5 o 6 años más que yo), se asegura de que agarre de todos los guisados y de que me sirvan suficiente agua, para luego llevarme a sentarnos en una de las gradas del foro.
Se amarra su cabello largo y trenzado finamente, para que no le estorbe al comer, y empezamos a conversar.
Mircheline es la menor de cuatro hermanos, y está siguiendo los pasos de su más grande mentora e inspiración: su madre. Su mamá fue Madansara – nombre criollo que significa “pájaro nómada”, así llaman a las vendedoras ambulantes de productos agrícolas en Haití – durante más de 20 años, y posteriormente líder de la asociación campesina Têt Kolé Ti Peyizan Ayisyen, “Cabezas Juntas de lxs Pequeñxs Campesinxs”, rol que ahora cubre la joven Aduel.
Su mamá ha sido un ejemplo de fortaleza y resistencia para los Aduel, y su suerte fue poder estudiar. También Mircheline tuvo una formación académica importante.En 2013 se mudó de Plaisance hacia Puerto Príncipe, la capital de Haití, para estudiar Ciencias Políticas y Jurídicas en la Universidad Estatal. En 2019 cursó durante 3 meses la formación en Teorías políticas en América Latina en la escuela nacional Florestan Fernandes del Movimiento Sin Tierra (MST). Además, tiene una larga experiencia como mujer campesina con especialización en yames, y es formadora sobre derecho campesino, reforma agraria integral y popular y feminismo desde el campo.
Después de graduarse, Mircheline se quedó en Puerto Príncipe para trabajar en la oficina nacional de Têt Kolé. Estaba coordinando un proyecto sobre agroecología enfocado a la soberanía alimentaria. En 2023 las bandas armadas terminaron de tomar el control sobre la capital haitiana, con niveles de violencia desmedidos. Mircheline hace una pausa y me enseña en su celular un video en el que se ve el interior de una casa, por la que parece que acaba de pasar un huracán. Muebles destrozados, tirados al piso, cajones volcados y centenares de hojas en el piso, libros despedazados…
“Esta era mi casa en Puerto Príncipe, un día volviendo del trabajo la encontré así. Fueron las bandas armadas. Y al igual que a mí, lo mismo le pasó a miles de personas. En ese entonces mi hijo apenas tenía un año. Poco tiempo después, decidí volver a mi pueblo e integrarme a militar desde el campo”, cuenta.
Têt Kolé, cuyo lema es “Que cada campesino tenga su propia tierra”, se fundó en 1977, mientras Haití se encontraba bajo la brutal dictadura pro estadounidense de “Baby Doc”, Jean-Claude Duvalier. El movimiento nació en la clandestinidad y se mantuvo así hasta que el régimen fue derrocado en 1986.
Hoy en día, Têt Kolé busca empoderar a los campesinos empezando por la soberanía alimentaria: “Tenemos un banco de semillas, varios sectores de transformación de productos agrícolas, y nos consideramos como una economía solidaria”, explica Mircheline.
“Trabajamos juntos con otras organizaciones que tienen la misma cosmovisión que nosotros: garantizar la soberanía alimentaria primero, y después construir la soberanía política.”
Têt Kolé es socia de la ONG francesa CCFD-Terre Solidaire y trabaja en conjunto con la Asamblea de los Pueblos del Caribe (APC) y ALBA Movimientos, además de ser miembro permanente de la CLOC. “Compartimos posiciones políticas por la soberanía y la autodeterminación de los campesinos, en contra de la intervención en nuestro país de la ONU, del FMI, del Banco Mundial, y nos acompañamos en las movilizaciones” explica Aduel.
Como organización campesina, la prioridad de Têt Kolé es organizarse en conjunto, en la calle, en el campo. Tiene una capacidad alimentaria específica, pero está logrando resistir a la lógica de importación: en la comunidad la mayoría de lo que se come son productos agrícolas autóctonos, papas, plátanos, cacao, etcétera. “Somos el pueblo que lucha para ver cómo trabajar en autonomía para vivir juntos.”
Aduel denuncia que Haití es un estado fuertemente anticampesino, que desde su independencia ha manifestado una fuerte desigualdad de recursos. Es muy difícil sustentarse si todas las campesinas y los campesinos no tienen derecho a la tierra para trabajar. “Por eso mi proyecto de vida es construir una reforma agraria integral y popular”, afirma Aduel: “desde aquí, desde mi realidad en el campo, mi lucha: la tierra tiene que ser libre para las personas que la trabajan.”
En Têt Kolé también se busca la soberanía campesina a través de talleres de formación política: su comunidad es apasionada lectora, entre otros autores, del pedagogo Paulo Freire: “Él nos enseña que la educación es un instrumento de liberación, es un acto político.”
Mircheline se define como una mujer afro-feminista, campesina y popular: “Como mujer negra, sufro mucho la cuestión del racismo a nivel internacional. Es fundamental que tengamos nuestro espacio para seguir dialogando sobre este tema, para evitar que mi hijo y mis hijas futuras, o cualquier niñez de las futuras generaciones, sufra este racismo que hoy en día es sistémico.”
Otro tema trágico sobre el que Mircheline ha aportado luz a nivel internacional son las violaciones sistemáticas que sufren las mujeres haitianas, por mano de las bandas armadas haitianas y de los grupos paramilitares dominicanos: “Hay que luchar contra la violencia sexual y contra todas las formas de violencia: actualmente faltan instancias jurídicas que apoyen a las mujeres en mi país.”
Sin embargo, Mircheline mantiene firme una esperanza que le brilla en los ojos y se nota en la fuerza de su voz, que acompaña con gestos potentes al hablar: “Lo más importante para mí, lo que yo quiero ver es que todas las mujeres y personas tienen la capacidad para resolver la crisis del hambre desde su familia. Es un tema que me preocupa mucho, la crisis del hambre, porque no hay un estado responsable. Pero creo que el trabajo que hacemos en el campo está justamente encaminado en esta dirección.”
“Es muy importante que también los jóvenes, que hoy en día están migrando de forma masiva, vean que aquí todavía hay esperanza, todavía se puede luchar, y vuelvan al campo, a sus tierras. Hay que trabajar y luchar para un futuro mejor, es poco a poco, un futuro mejor para mis hijos es posible. Es posible en Haití”, afirma Aduel con fuerza y decisión.

Recuerda con cariño el legado de su madre, que fue dirigente campesina antes que ella. “Ahora yo sigo en la lucha de los campesinos y es un honor para mí continuar este legado y enseñar al mundo otra cara de qué significa ser campesina. Nosotros somos quienes producimos el alimento, somos la fuerza de la tierra y de la vida.”









