Maternar en movimiento: historias de maternidad desde el exilio. (Pt.4)

Jun 4, 2026

Por: María José Díaz Reyes

En los últimos años, Centroamérica ha vivido un recrudecimiento de las violencias que atraviesan la vida política, social y cotidiana. En países como Guatemala, una de sus expresiones más visibles ha sido la persecución contra personas operadoras de justicia que investigaron la corrupción. A través de procesos penales, detenciones y campañas de criminalización, el sistema judicial ha sido utilizado como un mecanismo de castigo.

En los reportajes anteriores de esta serie, hemos narrado estas violencias desde quienes han sido directamente perseguidas: mujeres obligadas a salir de sus países tras enfrentar procesos judiciales arbitrarios, amenazas o el cierre de sus posibilidades de vida. Pero la persecución no termina ahí, también alcanza a quienes sostienen esas vidas.

Este reportaje multimodal, impulsado por Luchadoras desde una metodología de historia oral feminista, reúne historias de mujeres centroamericanas que maternan en el exilio en México. A través de sus voces, buscamos abrir una conversación en América Latina sobre una dimensión poco narrada de las violencias políticas: ¿qué significa ser madre cuando se ha sido forzada a salir del propio país? ¿Cómo se cuida, se cría y se sostiene la vida en medio del desarraigo?

La historia que sigue es la de Sandy, una mujer guatemalteca cuya vida cambió cuando su  esposo fue encarcelado como preso político. Su historia no está marcada por la persecución directa, sino por algo menos visible: las decisiones que hacen posible que una familia continúe existiendo en medio de esa persecución.

En su relato, el exilio no aparece como una reacción tardía ni como un desplazamiento improvisado. Aparece como una decisión tomada a tiempo, una forma de proteger, de anticiparse, de sostener.

Sandy organizó la salida de su familia en cuestión de horas, gestionó trámites y acompañó el proceso judicial de su esposo, todo mientras criaba a su hija y atravesaba un nuevo embarazo. Llegó a México y en medio del desplazamiento, dio a luz en un sistema que no conocía, atravesando un proceso médico difícil sin las condiciones de acompañamiento que había tenido en su primer parto.

Su historia permite mirar el exilio desde otro lugar: no solo como ruptura o expulsión, sino como una forma de sostener la vida en común cuando todo alrededor se desarma.

En un contexto donde las narrativas sobre persecución suelen centrarse en quienes son directamente atacades, este testimonio desplaza la mirada hacia las mujeres que, desde los márgenes de esa violencia, toman decisiones, organizan, cuidan y hacen posible la continuidad de la vida.

¡Nos vamos hoy!

Ese día yo lo fui a dejar a tribunales a las nueve de la mañana. Todavía había cosas pendientes, así que me fui a hacer los últimos trámites que necesitábamos para tener todos los papeles en regla. Nosotros ya veníamos hablando de la posibilidad de irnos, pero una cosa es pensarlo y otra es cuando llega el momento.

Como a la una de la tarde me llama Aníbal y me dice: “Ya está listo”. Y yo ya sabía lo que significaba. No necesitábamos decir más. Era eso: se acabó el proceso y nos vamos.

Nosotros ya lo habíamos decidido. O sea, en el momento en que ese proceso terminara, nos íbamos ese mismo día. No nos íbamos a quedar ni un día más en Guatemala. Teníamos miedo de que se inventaran otra cosa, otro proceso, otra captura. Entonces era ahora.

Fui por él, lo recogí en tribunales y todavía tuvimos que resolver cosas en cuestión de horas. Él tenía un arraigo y había que ir a migración a quitárselo. Mientras tanto, yo seguía viendo lo de los papeles, porque necesitábamos llevarnos todo listo para poder movernos después.

Documentos que me habían dicho que iban a tardar ocho días hábiles, me los dieron ese mismo día. Creo que ayudó que yo estaba embarazada, pero también que yo sabía cómo moverme. Yo estudié derecho, trabajé con abogados varios años, entonces sabía a dónde ir, qué decir, cómo insistir. En ese momento no había tiempo para esperar. Era resolver todo ahí mismo.

Cuando salimos de eso fue como: bueno, ahora toca decirle a nuestras familias. Entonces llamamos a nuestros papás y les dijimos que llegaran en la tarde a la casa, que teníamos que hablar.

Llegaron, se sentaron, y les dijimos: el proceso terminó y nos vamos hoy. Fue un golpe durísimo. Paula es la primera nieta, la primera sobrina, la primera todo en ambas familias. Separarla así, de un día para otro, fue muy fuerte para todos. Pero yo estaba decidida.

O sea, si lo pienso ahora, no era que no me doliera. Claro que dolía. Pero yo ya estaba cansada. Cansada de todo lo que veníamos viviendo. De la incertidumbre, del miedo, de no poder estar en paz. Entonces para mí no era una decisión difícil en ese momento. Era lo que había que hacer.

Vivir bajo amenaza

La decisión de irnos no salió de la nada. Nosotros ya veníamos viviendo en una especie de alerta constante. Después de todo lo que había pasado, la vida dejó de ser normal. Ya no era solo el proceso, era todo lo que se había instalado alrededor.

Desde el inicio de la relación, Aníbal siempre fue muy claro conmigo. Me decía que trabajaba temas delicados, que tenía casos fuertes, que eso podía traer consecuencias. Yo, la verdad, en ese momento no dimensionaba del todo lo que significaba. Sabía que era importante, sabía que tenía que ver con corrupción, pero no alcanzaba a ver hasta dónde podía llegar. Con los años eso se fue haciendo más claro.

Él trabajó investigando casos grandes de corrupción en Guatemala. Casos que involucraban a gente con mucho poder. Y aunque en ese momento también había una sensación de esperanza en el país, después todo empezó a cambiar. Empezaron a desmontar procesos, a sacar a la gente que estaba investigando, y lo que vino después fue una especie de ola de represalias. Nosotros lo sabíamos, siempre lo supimos.

Por eso nunca compramos casa, aunque estábamos por hacerlo. Teníamos todo listo para firmar un contrato, pero justo en ese momento pasan cosas en el país que nos hicieron decir: no, mejor no. Mejor ahorramos, porque en cualquier momento puede pasar algo y nos vamos a tener que ir.

Esa decisión después fue clave.

Pero más allá de las decisiones grandes, lo que más pesaba era la vida cotidiana. En la casa pusimos cámaras. Todas las mañanas, a las cinco y cincuenta, Aníbal se metía a verlas para revisar si había alguien afuera, si había movimientos raros, si iba a llegar la policía. En las noches hacía lo mismo.

Yo al principio no entendía bien todo lo que él hacía. Solo veía que agarraba sus cosas, salió de la casa y volvía minutos después sin nada. Vivíamos así. Con la sensación de que en cualquier momento podía pasar algo. 

Cuando lo capturan, él estuvo veinticuatro días preso, y esos días nos marcaron mucho. Yo iba todos los días a verlo. Tenía que ver con quién dejar a Paula, organizar todo, explicarle por qué me iba. Los fines de semana la llevaba, porque necesitaba ver a su papá. Pero incluso eso era duro.

A Paula, que era una niña chiquita, le ponían un sello para poder entrar. Y le decían: “si se te borra, te quedas aquí”. Entonces ella pasaba todo el tiempo viendo su brazo, revisando que el sello siguiera ahí. Era una cosa brutal.

Yo ya estaba cansada. Cansada físicamente, pero también emocionalmente. Era sostener todo: la casa, la niña, las visitas a la cárcel, los trámites, la incertidumbre. Y después de la cárcel, aunque él salió, la sensación no se fue, no vivíamos en paz.

Había una especie de delirio constante, de pensar que en cualquier momento podía volver a pasar. Que podían inventarse otra cosa, que podían volver a capturarlo, que todo podía empezar otra vez. Entonces, cuando llegó el momento de decidirnos, por todo lo que ya veníamos viviendo, ya no estábamos viviendo, estábamos resistiendo.

La persecución entró a la casa

El día en que capturan a Aníbal empezó como cualquier otro. Estábamos en la casa, tranquilos. Habíamos bajado a desayunar, subimos otra vez y nos sentamos a platicar. En un momento él me dijo algo que todavía tengo muy presente. Me dijo: “Sandy, te prometo que a partir de hoy todo va a ser diferente”. Me agradeció por todo lo que habíamos pasado, por acompañarlo, por estar. Y en eso agarré mi teléfono, tenía un mensaje de mi primo que decía: “¿Están bien?” Yo le contesté: “Sí, ¿por qué?” Y me respondió: “Lo siento, capturaron a Foppa”. Al principio pensé que era uno de esos rumores que siempre circulaban. Le dije a Aníbal: “Dicen que capturaron a Foppa”. Pero cuando él agarró su teléfono, tenía llamadas, mensajes, todo. Llamó a un amigo y ahí fue cuando le dijeron: “Van por vos. Es una lista”.

En ese momento todo se movió muy rápido.

Aníbal me dijo: ¡Andá avisale a mi abuela!  Estábamos en pijama. Y esa imagen no se me olvida: yo saliendo del condominio y toda la policía entrando a la casa.

En el camino traté de llamar a mi suegra, le dije directo: “Necesito que venga ya. Lo están capturando. Y necesito que a partir de este momento le haga frente a lo que venga”. Llegué a la casa y ya estaba llena de policías, patrullas, gente. Me dijeron que no podía entrar. Y yo solo veía a Paula, sentada con la niñera, mirando todo.

Al final logré entrar.

Cuando entré, la fiscal me dijo que me sentara, que no hablara, que no hiciera nada. Pero yo vi que había gente de particular dentro de mi casa, sin identificación, y eso no era legal. Ahí entendí que algo no estaba bien.  Saqué mi celular, tomé una foto dentro de la casa. Después me senté y pedí permiso para mandar un mensaje a mi familia.

Cuando se lo llevaban, él todavía me dio instrucciones. Me dijo qué cosas tenía que hacer, a quién tenía que llamar, qué tenía que mover. Y yo solo le decía que sí. Yo estaba tranquila. O sea, no era que no entendiera la gravedad, pero yo no me paralizo. Yo acciono.

Lo subieron a la patrulla. Y cuando todo terminó, yo entré a la casa, me senté en el sillón y dije: “Solo me quiero dormir”. Pero no podía. El teléfono no paraba de sonar. Mensajes de todos lados, gente de Guatemala, gente de afuera. Y en medio de todo eso, había que decidir qué hacer.

Sostener cuando todo se cae

Después de que se lo llevaron, no hubo mucho espacio para procesar. Había que hacer. Ese mismo día empezó todo: llamadas, mensajes, gente que ofrecía ayuda, organizaciones, amigos, familia. Era mucha información al mismo tiempo. Y yo tenía que decidir rápido qué sí, qué no, a quién llamar, con quién avanzar.

Aníbal ya tenía algunas cosas claras. Me dijo quién quería que fuera su abogada, con quién había que hablar, qué había que mover. Y yo confié. En ese momento no había espacio para dudar. Al día siguiente ya estábamos en tribunales. Y ahí empezó otra etapa.

Yo iba todos los días, todos, sin falta. Tenía que organizar con quién dejar a Paula, ver cómo moverme, preparar cosas, y luego ir a la cárcel. A veces me quedaba un rato, a veces tenía que salir corriendo a hacer trámites. El día no alcanzaba para todo, también había cosas muy prácticas que resolver, por ejemplo, la comida. A Aníbal no le podía llevar cualquier cosa. Él tenía problemas de salud, entonces había que prepararle comida específica. Y eso implicaba más tiempo, más organización, más desgaste. Me tuve que mudar a casa de mis papás por seguridad y por logística. Ellos me ayudaban con Paula, porque si no, no hubiera podido. 

Era un ir y venir constante: de la casa a la cárcel, de la cárcel a hacer trámites, de los trámites a ver abogados, y otra vez empezar. Y en medio de todo eso, mi Paula. Yo trataba de explicarle lo que pasaba, pero era muy chiquita. Sabía que su papá no estaba, lo extrañaba, lo esperaba. Una vez me dijeron que se quedó dormida sentada en una grada viendo hacia la ventana esperando que él llegara. Eso te rompe. Pero al mismo tiempo no te podés quebrar, porque no hay opción.

Yo siempre me sentí muy acompañada, la verdad. Mi familia estuvo desde el primer día. Mi hermano, por ejemplo, fue un sostén enorme. Había días que él ya estaba en tribunales cuando yo llegaba, o iba por mí, o se quedaba más tiempo. Eso me dio mucha fuerza. Pero aun así, el peso era mío.

Y había algo que a mí me marcó mucho en ese tiempo: cómo me fui adaptando para sobrevivir. Yo no soy una persona sumisa, para nada. Pero en ese contexto aprendí a serlo cuando era necesario. Si un policía me decía “párese aquí”, yo me paraba. Si me decía “haga esto”, yo lo hacía. No porque estuviera de acuerdo, sino porque entendía que no me podía pasar nada. Yo todo el tiempo pensaba en lo mismo: Paula me está esperando. No me puedo pelear con nadie. No me puedo poner en riesgo, no me puedo enfermar, no me puede pasar nada, nada. Porque si a mí me pasaba algo, ella se quedaba sola.

Entonces yo iba a la cárcel, caminaba por esos caminos largos, sola, viendo quién estaba alrededor, pensando cualquier cosa. Y todo el tiempo era lo mismo en mi cabeza: tengo que volver, yo le dije a mi hija que iba a volver y voy a volver. Entonces todo lo que hacía era desde ahí. Desde asegurar que yo estuviera bien para poder sostener todo lo demás. Fueron veinticuatro días, veinticuatro días que se sintieron eternos.

Cuando él salió, ya nada era igual. Porque aunque ya no estaba en la cárcel, la vida seguía en pausa. Seguía el proceso, seguía la incertidumbre, seguía esa sensación de que en cualquier momento todo podía volver a pasar. Y ahí fue cuando para mí se hizo claro, no podíamos seguir así.

Irnos para seguir siendo familia

Después de que Aníbal salió de la cárcel, la vida no volvió a la normalidad. Seguía el proceso, seguían las audiencias, seguía esa sensación de que todo podía volver a pasar en cualquier momento. Había días en que parecía que avanzábamos, y otros en que todo se detenía otra vez. Nos cancelaban audiencias, las reprogramaban, y era como si nuestra vida estuviera en pausa. Yo empecé a hacer maletas. Las hacía y las deshacía. Una y otra vez. Porque no sabíamos cuándo nos íbamos a ir, pero yo sabía que nos teníamos que ir.

Aníbal no quería. Él quería quedarse, terminar el proceso, limpiar su nombre, hacer lo que correspondía. Y yo lo entendía, pero para mí eso no era suficiente. Yo le decía: “Nos tenemos que ir”. Porque yo ya no estaba pensando solo en el proceso. Yo estaba pensando en Paula. En que no podía crecer en ese ambiente. En que no podíamos seguir viviendo así. Para mí la prioridad era una sola: que estuviéramos juntos.

Yo no estaba dispuesta a que mi hija creciera sin su papá. Ni a que en cualquier momento nos volvieran a separar.

Entonces llegó un punto en que le dije “Ya. Ya no voy a seguir haciendo maletas para deshacerlas. O nos vamos, o seguimos con la vida”, y en medio de todo eso, tomamos otra decisión: decidimos tener otra hija. Para nosotros eso siempre fue así: la familia era una prioridad. No era que primero resolvíamos todo y después vivíamos. No, vivíamos en medio de todo eso. Entonces empecé el proceso para embarazarme. Y mientras todo seguía pasando, Pilar llegó.

El embarazo se dio en medio de audiencias, de incertidumbre, de todo. Y la verdad es que ni siquiera tuve tiempo de vivirlo mucho. Todo estaba pasando al mismo tiempo. Pero eso también fue una decisión. No íbamos a poner la vida en pausa. Cuando finalmente el proceso llegó a un punto donde ya podíamos salir, no lo dudé. Para mí nunca fue una opción quedarme. Mi mamá, en el aeropuerto, me dijo: “Por favor, no te vayas. Estás embarazada, tené a la niña aquí”. Y yo le dije: “Si me quedo, me separo de Aníbal”. Y yo me casé para estar con él. Así que me voy”. No había otra opción para mí, nos fuimos el 4 de junio.

Primero llegamos a Costa Rica, porque no podíamos entrar directamente a México. Paula no tenía visa, y en Guatemala no habíamos logrado sacarla. Entonces tuvimos que resolver eso en el camino. Fue caótico, porque una cosa es prepararte mentalmente y otra es irte de verdad. Salir de tu casa, dejar todo, moverte con lo que podés cargar, resolver cosas sobre la marcha.

Pero al mismo tiempo, cuando llegamos a Costa Rica, pasó algo que no me esperaba. Sentimos paz, una paz en el cuerpo que no habíamos sentido en mucho tiempo. Dormimos como no habíamos dormido en meses. Para mí eso fue muy claro, habíamos tomado la decisión correcta, Paula lo vivió distinto. Ella lloraba. Me decía que quería regresar a la casa, que no quería estar de vacaciones. Porque para ella eso era una ruptura. Pero para nosotros, era otra cosa. Era poder empezar a vivir en paz.

Después de Costa Rica, logramos resolver el tema de la visa y llegar a México. Yo ya estaba muy embarazada. Y aún así, todo lo seguimos resolviendo sobre la marcha. Porque así había sido todo desde el inicio, decidir y hacer.

Parir en el exilio

Cuando llegamos a México no hubo tiempo para asentarnos. Yo ya venía muy embarazada y en cuestión de semanas teníamos que resolverlo todo: dónde vivir, cómo acomodarnos, los trámites, la COMAR, conseguir lo básico para la casa. Y en medio de todo eso, nos dio COVID a los tres. No lo habíamos tenido en toda la pandemia y nos vino a dar justo ahí, a pocas semanas de que naciera Pilar.

Aun así, teníamos que salir. Ir a entrevistas, hacer filas, resolver papeles. Aníbal pasó horas en entrevistas enfermo, porque si no lo hacíamos en ese momento, todo se atrasaba, y no había margen para atrasarnos. Nuestro tiempo era limitado, así que todo era a contrarreloj: buscar casa, conseguir muebles, organizar la llegada de nuestras familias, ver el tema del hospital.

Hasta que un día fui a consulta y la doctora me dijo que tenía que irme al hospital ese mismo día, que Pilar tenía que nacer ya. Lo primero que pensé fue que necesitaba regresar a la casa a hablar con Paula. Todo lo demás lo podía resolver, pero eso no lo podía dejar pendiente. Fui, le expliqué, agarré mis cosas y me fui. Y ahí empezó otra cosa.

Desde que llegué al hospital todo fue complicado. No me querían recibir sin una prueba, había trabas, tiempos, procesos. Yo ya no tenía paciencia, solo quería que pasara. Estaba muy cansada. Cuando por fin me pasaron, empezaron a hacerme muchas preguntas al mismo tiempo, distintas personas hablando a la vez, y yo ya no podía procesar todo eso. Les dije que se callaran, que me preguntaran de una en una porque no podía más.

Además, nos sentíamos solos. Cuando nació Paula, mi primera hija, estaba toda la familia en el hospital. Ahora no. Ahora estábamos nosotros, en otro país, en otra ciudad, en otro sistema. Y eso pesa.

Cuando me iban a poner la anestesia, todo salió mal. No encontraban cómo hacerlo, me decían que estaba muy tensa, que así no podían, y me hablaban mal, no había empatía. Y yo estaba ahí pensando otra cosa. Yo solo pensaba que no me podía morir, que Paula me estaba esperando, eso era lo único que tenía en la cabeza. No el dolor, no el miedo, no el hospital; Paula, que me estaba esperando.

Al final lograron ponerla, pero cuando empezó la cirugía yo sentía el dolor y eso fue peor, porque en ese momento lo único que se me vino fue una historia de la familia de Aníbal, de su tía que  murió en una cesárea por exceso de anestesia. Y yo pensé: no me puedo morir aquí, no puedo, no ahora, no así. Todo el tiempo era lo mismo: tengo que salir de aquí, tengo que volver, porque mis hijas me necesitan.

Cuando Pilar nació, no fue como con Paula. No fue un momento acompañado ni contenido. Fue distinto, más duro, más solo, más físico. Y después vino el cansancio, un dolor en todo el cuerpo, literal en todo, no quería ver a nadie, no tenía fuerzas para cargarla, no podía, necesitaba parar un momento.

Pero tampoco había mucho espacio para eso, porque afuera seguía todo: la vida, los trámites, la adaptación, la otra hija, entonces fue como todo lo anterior: seguir, hacer, resolver con el cuerpo todavía abierto.

Volver a armar la vida

Después del nacimiento de Pilar, la vida no se detuvo. No hubo un momento claro de pausa en el que dijera “ahora sí, ya pasó todo”. Más bien fue seguir, pero en otras condiciones, con otro cuerpo, con otra realidad. Teníamos que terminar de instalarnos, resolver trámites, entender cómo funcionaban las cosas en México, empezar a construir una rutina. Y al mismo tiempo, adaptarnos a ser una familia de cuatro en un lugar que no era el nuestro.

La vida se volvió mucho más práctica: había que ver cómo organizarnos, cómo sostener el día a día, cómo repartirnos los tiempos. Y también tomar decisiones sobre la crianza, porque no era lo mismo maternar en Guatemala que hacerlo acá.

Con Paula había sido distinto. Yo trabajaba fuera de la casa, tenía otros ritmos, otras redes, otras formas de acompañarla. Con Pilar, en cambio, todo fue mucho más directo, más cercano. Decidí quedarme más tiempo con ella, darle pecho, estar más presente en su crianza.

También tenía que ver con el momento que estábamos viviendo. Sentía que necesitábamos eso: estar juntas, construir un espacio propio, darnos estabilidad en medio de todo lo que había cambiado.

Pero no fue fácil. Había días en que me sentía muy cansada, no solo físicamente, sino emocionalmente. Como si todo lo que habíamos vivido se fuera acumulando y saliera de a poco. Y al mismo tiempo, no había mucho espacio para detenerse a procesarlo. Porque la vida seguía.

Paula también estaba viviendo su propio proceso. Extrañaba, preguntaba, quería entender por qué ya no estábamos en la casa de antes, por qué todo había cambiado. Y yo trataba de acompañarla en eso, de explicarle lo que podía, de sostenerla.

Y al mismo tiempo, estaba Pilar, recién nacida, demandando todo lo que implica un bebé. Entonces era estar en muchos lugares a la vez. Sostener a una, cuidar a la otra, reorganizar la vida, entender el entorno, seguir con los trámites.

Y en medio de todo eso, también empezar a construir algo nuevo. Porque aunque el exilio implica pérdida, también abre otras posibilidades. Empezamos a encontrar apoyos, a conocer gente, a armar poco a poco una red. No era la misma que teníamos antes, pero era algo. Y eso también ayudaba. Fuimos haciendo hogar.

Lo que nos sostiene

Con el tiempo, lo que más he entendido es que, en medio de todo lo que pasó, lo que nos sostuvo fue que nunca nos soltamos como familia. Para mí eso siempre fue lo más importante. Desde el inicio tuve claro que no quería que nos separáramos. Que lo que fuera que pasara, lo íbamos a atravesar juntos. Y muchas de las decisiones que tomé, incluso las más difíciles, fueron desde ahí.

No era solo salir del país o resolver un trámite, era cuidar que no nos rompiéramos en el camino, y eso implicó muchas cosas. Implica aprender a adaptarse, a ceder en momentos, a sostener en otros. Implica también entender que no siempre se puede con todo, pero que igual hay que seguir. Y sobre todo, implica tener muy claro por qué estás haciendo lo que estás haciendo, en nuestro caso, siempre fue la familia.

Nosotros no dependimos tanto de redes externas. Claro que hubo gente que nos ayudó y eso fue importante, pero al final lo que nos ha mantenido es la dinámica entre nosotros cuatro. Cómo nos organizamos, cómo nos acompañamos, cómo nos entendemos, eso se volvió nuestra base, y también me cambió la forma de ver muchas cosas.

Yo antes tenía otra idea de cómo tenía que ser la vida, los tiempos, los procesos. Ahora entiendo que no siempre se puede planear todo, que hay momentos en los que simplemente hay que decidir y moverse con lo que hay. Y también aprendí a no exigirme tanto.

A entender que no soy perfecta, que hay cosas que no voy a poder hacer como quisiera, y que está bien. Que en medio de todo esto, también hay que aprender a tenerse paciencia.

Si pienso en mis hijas, en lo que me gustaría que ellas se lleven de todo esto, creo que es eso. Que entiendan que la vida puede cambiar de un momento a otro, pero que eso no significa que todo se pierde. Que hay cosas que se pueden reconstruir, que hay vínculos que sostienen, que hay formas de salir adelante. Y también que vean que su mamá hizo lo que pudo con lo que tenía. Que tomó decisiones pensando en ellas, en su bienestar, en que pudieran crecer en un lugar más tranquilo, más seguro, que no me fue fácil, pero estamos juntos. Y eso, para mí, sigue siendo lo más importante.

La vida sigue

A veces siento que todo pasó muy rápido, como que fueron muchas cosas en muy poco tiempo. Y todavía hay cosas que sigo entendiendo, que sigo procesando.

No es que todo ya esté resuelto. Hay momentos en los que extraño, en los que pienso en lo que dejamos, en cómo eran las cosas antes. Y sí, hay partes que duelen. Pero también siento que hicimos lo que teníamos que hacer. Tomamos decisiones en el momento que había que tomarlas. Nos movimos cuando había que moverse. Y eso fue lo que nos permitió estar hoy aquí.

Yo no sé cómo lo van a ver mis hijas más adelante. No sé qué van a recordar de todo esto, o cómo lo van a entender. Pero sí me gustaría que pudieran ver que, dentro de todo, tratamos de hacer lo mejor que pudimos. Que todo lo que hicimos fue pensando en ellas, en que estuvieran bien, en que pudieran crecer en un lugar más tranquilo.

La vida sigue, quisiera que ellas sepan que son unas luchadoras. Las dos. Yo las admiro muchísimo. Paula, desde bien chiquita, tuvo que separarse de su familia, y sí le dolió, y todavía a veces le duele, pero ha sido muy madura, ha entendido muy bien lo que ha pasado. Tú hablas con ella y lo tiene clarísimo. Y Pilar, aun así, estando en el vientre, también vivió todo esto, todo lo hemos vivido juntas.

Cuando piensen en este momento, me gustaría que no solo vean por qué estamos aquí, sino todo lo que hubo para llegar hasta acá. Y que a pesar de todo, seguimos juntos. Para mí eso es lo más importante.

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