El cuerpo como territorio: mujeres, placer y resistencia en la danza y los Heels

Abr 28, 2026

Por: Maika Mendoza

¿Qué sucede cuando dejamos de danzamos para ser vistas y empezamos a movernos

para reconocernos en el proceso?, ¿qué nombra el cuerpo cuando se mueve desde el goce? ¿qué aparece cuando el placer deja de ser algo ajeno y se convierte en lenguaje?

El poder político de nuestro movimiento sostiene la vida. Bailar nos permite transitar otros mundos, otros espacios, otras formas de experiencia. Es también, una forma de percibir y transformar desde lo sensorial y lo corporal, que reconfigura cómo sentimos y habitamos el mundo.

Las narrativas que atraviesan la danza, especialmente en disciplinas como los heels, nos recuerdan que moverse también es un acto de resistencia cotidiana y que esa potencia se expande cuando el cuerpo entra en relación con otros cuerpos. Permitirnos pensar la danza o las danzas como una práctica que nos ha construido a lo largo del tiempo, que nos mueven y conmueven, que nos vuelve creativas, curiosas, raras, originales.

Bailar nos devuelve la convicción de lo reales que son los cuerpos en un mundo que insiste en invisibilizarlos. Las danzas disruptivas como el perreo o los heels también son formas de recuperarnos como territorio propio.

Los heels (tacones en inglés) aparecen en ese cruce entre lo que se nos enseñó a hacer con el cuerpo y lo que decidimos hacer con él. Una práctica que no solo provoca, sino que también enseña, resiste y libera.

Históricamente, los tacones y el cuerpo de las mujeres se han construido cargados de expectativas, de mirada externa y de una “feminidad” hecha para ser observada. Pero al bailar y apropiarnos de este lenguaje, esa carga simbólica se desplaza, porque revalorizar el cuerpo como territorio de placer, y por ello, incomoda estructuras patriarcales.

Bailar en tacones deja de ser una imposición y se vuelve elección. Un gesto que no busca agradar, sino reacuerpar el viaje con nosotras mismas. Y en ese viaje, el cuerpo no solo encuentra placer, sino también identidad, pertenencia y reconocimiento como un  camino para comprender quienes somos.

Y cuando esto sucede en colectivo, algo se transforma aún más profundamente. Movernos juntas crea espacios donde la mirada no juzga, sostiene. Donde el error nos expone, acompaña. Donde los cuerpos diversos, contradictorios y vivos, pueden existir sin pedir permiso.


En un mundo que insiste en regular, corregir y limitar nuestros cuerpos, encontrarnos en el movimiento se vuelve también una forma de existir y resistir. No solo bailamos en tacones: nos acompañamos, nos reafirmamos y nos hacemos visibles entre nosotras.

Gracias danza por habernos elegido desde la raíz, por permitirnos ser y ser con lxs demás desde el placer, el goce y el movimiento.

Porque bailar no solo mueve el cuerpo, también mueve estructuras.

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