Maternar en movimiento: historias de maternidad desde el exilio. (Pt.1)

May 10, 2026

Por Luchadoras

En los últimos años, Centroamérica ha vivido un recrudecimiento de las violencias que atraviesan la vida política, social y cotidiana. En Guatemala, una de sus expresiones más claras ha sido el uso del aparato judicial para perseguir a quienes investigaron la corrupción y defendieron la justicia. Este fenómeno, conocido como lawfare, no solo ha significado procesos penales arbitrarios, campañas de desprestigio y órdenes de captura, sino también el desplazamiento forzado de decenas de personas que hoy viven en el exilio.

Pero el exilio no es solo una categoría política o jurídica. Es también una experiencia profundamente íntima. Es la reorganización de la vida, la ruptura de los vínculos cotidianos, la reconstrucción de comunidad en territorios ajenos. Y, en muchos casos, es también la transformación de la maternidad.

Este reportaje multimodal, impulsado por Luchadoras desde una metodología de historia oral feminista, reúne cuatro historias de mujeres centroamericanas que maternan en el exilio. A través de sus voces, buscamos abrir una conversación en Latinoamérica sobre una dimensión poco narrada de las violencias políticas: ¿qué significa ser madre cuando se ha sido forzada a salir del propio país? ¿Cómo se cuida, se cría y se sostiene la vida en medio del desarraigo?

La historia que sigue es la de Abril. Es la primera historia de esta serie. Abril es abogada guatemalteca. Durante años trabajó en el Ministerio Público investigando estructuras de corrupción dentro del Estado. Como muchas otras operadoras de justicia en Guatemala, su trabajo la colocó en el centro de un proceso de persecución sistemática: denuncias construidas sin sustento, uso abusivo del derecho penal, presión institucional y criminalización de su labor. Lo que comenzó como una investigación se convirtió, con el tiempo, en un expediente en su contra.

Su historia no es aislada. Forma parte de un patrón más amplio en el país, donde el derecho ha sido utilizado como herramienta de castigo para quienes han buscado transformarlo. Una persecución que no solo busca sancionar, sino también producir miedo, silenciamiento y expulsión.

Pero esta no es solo una historia sobre justicia y persecución. Es también la historia de una madre que tuvo que reconstruir su vida lejos de su país. De una hija que crece en otro territorio. De los miedos, los aprendizajes, las redes que se arman desde cero, de lo que se pierde y de lo que, aun así, florece.

En un contexto regional donde el exilio sigue siendo una realidad para muchas mujeres, estas historias buscan hacer visible algo que muchas veces queda fuera de la conversación pública: la vida que continúa.

La vida de Abril

Soy Abril, abogada guatemalteca. Trabajé durante muchos años en el Ministerio Público, empecé ahí cuando todavía estaba estudiando derecho, como practicante, y me fui quedando. Desde entonces mi vida estuvo muy ligada a la carrera fiscal.

Decidí estudiar derecho cuando era muy joven. Tenía una tía que era abogada y yo, desde mi inocencia, creía que a través del derecho se podía ayudar a la gente. Cuando hice los exámenes de orientación vocacional me salían varias opciones, pero elegí derecho porque sentía que tenía más campo. En mi familia nadie estaba metido en política, así que cuando empecé a estudiar temas del Estado o del sistema de justicia, todo era nuevo para mí, pero fui aprendiendo.

Mientras estudiaba trabajaba todo el día en el Ministerio Público y en la noche iba a la universidad. Me tomó más tiempo graduarme, porque tenía que combinar el trabajo con los estudios, pero cuando terminé ya tenía mucha experiencia dentro de la institución. Empecé como practicante, después fui ascendiendo, hasta que logré entrar a la carrera fiscal.

Con los años fui cambiando de fiscalía y aprendiendo distintos tipos de investigación. En uno de esos cambios llegué a la Fiscalía Especial contra la Impunidad, la FECI. Ahí empecé a trabajar en casos relacionados con corrupción y estructuras dentro del Estado. Al principio me sentía perdida, porque no era el tipo de trabajo que había hecho antes, pero fui aprendiendo. Participé en audiencias, en debates, en investigaciones grandes, y cada vez me fui involucrando más.

Uno de los casos que me asignaron fue el de una elección de altas autoridades. Era una investigación sobre cómo se manipulaban las elecciones dentro del sistema de justicia. En ese caso empezamos a ver cómo operadores, abogados, políticos y magistrados se reunían para influir en las decisiones de la comisión de postulación.

Con el tiempo el expediente creció muchísimo. Aparecían nombres de diputados, de jueces, de personas con poder. Había documentos, visitas registradas, llamadas telefónicas, reuniones, todo indicaba que había una red tratando de controlar quiénes iban a ocupar cargos en las cortes.

En ese momento la fiscal general ya era Consuelo Porras, y dentro de la institución empezamos a notar cambios. Nos pedían informes de los casos, nos pedían cerrar expedientes, nos pedían archivar investigaciones que llevaban tiempo abiertas. Aun así, nosotros seguimos trabajando, porque el caso era muy grande y tenía mucha evidencia.

A mí me asignaron analizar parte del expediente, revisar visitas, llamadas, documentos, y perfilar a las personas que estaban involucradas. Era un trabajo muy delicado, porque aparecían nombres de gente con mucho poder.

Cuando finalmente el caso se hizo público, empezaron las presiones. Hubo personas que intentaron tener acceso al expediente, que querían saber qué información había, quiénes estaban siendo investigados, pero nosotros no podíamos dar esa información, porque la investigación estaba bajo reserva.

Desde ahí empezó a complicarse todo.

Mi último ascenso fue en abril de 2021. En ese momento yo ya había trabajado en el caso de la elección. Habíamos logrado avanzar mucho, ya teníamos identificadas a varias personas, habíamos reunido pruebas, y se habían autorizado capturas importantes. Antes de que yo saliera de ese caso la persona que me denunció quiso acceder al expediente, envío a su hermano diciéndonos que su hermano quería colaborar, pero que no sabía cómo hacerlo. 

Nosotros en la fiscalia le explicamos que no podíamos hablar directamente con alguien que en ese momento era prófugo. Que, si quería colaborar, tenía que hacerlo por la vía formal. Después volvió con un documento en borrador. Decía que era para que lo revisáramos. Yo consulté con mi jefe si eso correspondía a lo que esa persona se había comprometido a declarar. Me dijo que no, que era más de lo mismo, información que no aportaba nada. Entonces, como ese documento era solo un borrador, escribí en la parte de atrás algunas preguntas.


Las preguntas que, según mi jefe, esa persona tenía que responder. Nada más. Yo tenía que seguir trabajando, ese mismo día tenía que preparar solicitudes de captura, justificar ante la jueza por qué eran necesarias, era un momento clave del caso.

Después de eso, no volví a saber de esa persona. El caso siguió avanzando y se realizaron capturas, allanamientos, se encontró información importante. Era un caso grande que involucraba a personas con mucho poder dentro del sistema. Pero también era un caso incómodo. Había presiones para que no se investigara a todos. Para que se sacara solo a algunos nombres y no a otros. Nosotros hicimos lo que pudimos con lo que teníamos. Después de eso, a mí me ascendieron y salí del expediente. Pensé que con eso también salía del problema. Pensé que ya no estaba en el ojo del huracán, pero no fue así.

Esa misma persona decidió tomar el asunto de forma personal. Dijo que yo debía excusarme del caso. Después dijo que lo que yo había escrito en ese papel era una forma de coacción, esa fue la base de la acusación: unas preguntas escritas en un borrador. Con eso construyeron un enorme expediente en mi contra.

La criminalización de Abril

Cuando me capturaron, los mismos policías me dijeron: “Licenciada, nosotros solo estamos cumpliendo”.  Me lo decían con una cara de incomodidad, como pidiendo disculpas. Yo les respondí que no se preocuparan, que yo sabía cómo funcionaban esas cosas. Para ese momento yo ya era mamá, Nancy tenía cuatro años.

Lo primero que hice fue llamar a mi esposo y decirle: “Mira, está pasando esto. Llama a quien tengás que llamar, haz lo que tengás que hacer, pero esto está pasando”. Yo estaba convencida de que iba a salir rápido.

No entendía de qué me estaban acusando y pensaba que, fuera lo que fuera, no podía durar mucho. Creía que era algo que se iba a aclarar, pero no fue así. Nos llevaron ante un juez que solo nos informó el motivo de la detención y dijo que ocho días después iba a ser la primera declaración. Esos ocho días no vi a mi hija, no tuve el valor de verla en esas condiciones. Se empezó a hablar de criminalización.

Decían que nos estaban criminalizando por el trabajo que habíamos hecho. En nuestro caso la mayoría éramos mujeres. Muchas teníamos arraigo, familia, hijas, padres, una vida hecha.

Yo nunca pensé en irme del país.  Mi esposo tenía su trabajo, mi hija tenía su entorno, estaban sus abuelas, estaba mi mamá, estaba mi papá.  Yo pensaba: ¿para qué me voy?, ¿qué voy a hacer afuera?

Además, yo ni siquiera entendía bien qué era el asilo, qué era el refugio.  Nunca imaginé que podía llegar a vivir algo así. El juez que conoció primero el caso se inhibió y nos dejó en una figura que ni siquiera existe en el código, una supuesta prisión provisional, mientras se resolvía quién iba a conocer el expediente.

El expediente lo mandaban mal, lo regresaban, lo volvían a mandar mal.  Todo el tiempo había irregularidades. Finalmente nombraron a una jueza suplente que no conocíamos. Ella tenía que hacer la audiencia rápido porque ya se estaban violando nuestros derechos. Esa audiencia fue muy dura, yo expliqué que nunca me habían llamado para escuchar mi versión, que el denunciante había tergiversado lo que pasó, que lo que yo había hecho era parte de mi trabajo, que eran preguntas dentro de una investigación, no amenazas ni coacciones.

La fiscalía y el representante del denunciante dijeron cosas sobre mí que no eran ciertas. Me describieron como si fuera una mala persona, como si hubiera abusado de mi cargo. Mi abogado explicó que lo que yo había hecho era parte de mi función como fiscal, que estaba dentro de la obligación de investigar y de buscar la verdad. La jueza resolvió que mis acciones no encajaban en ningún delito y me dio falta de mérito.  Al día siguiente salí libre, ahí debió terminar todo, pero no terminó.

Dos días después de salir renuncié al Ministerio Público. Me fui indignada. Era la misma institución que me había dado ascensos por mi trabajo, por mi esfuerzo, por mi forma de hacer las cosas. Nunca tuve un señalamiento de corrupción, nunca acepté nada indebido. Siempre pensé que mi libertad no tenía precio. Meses después me notificaron que la sala había revocado la falta de mérito y me ligaba a proceso. Cuando leí la resolución me di cuenta de que habían usado el machote de otro caso. Ni siquiera correspondía a lo que nosotras habíamos vivido.

Pero aun así nos presentamos, porque pensábamos que lo peor que podía pasar era volver al mismo lugar. Nos equivocamos. Nos mandaron a una prisión donde había pandilleras, mujeres del barrio 18 y de la Mara Salvatrucha (MS-13). Ahí nos dijeron claramente que querían que aceptáramos cargos.  Que por eso nos habían mandado ahí. Nos llevaron copias de la ley para que viéramos la figura de aceptación de cargos. Lo estudiamos. Y decidimos que no, no podía aceptar algo que no había hecho.

La primera semana en la cárcel lloré todos los días. Yo no soy una persona que llore mucho, pero esa semana fue muy difícil. Solo nos mirábamos entre nosotras y se nos salían las lágrimas. Estuve 110 días presa. Nancy estaba pequeña. Después de muchas gestiones nos dieron medidas sustitutivas y pude salir, pero con arraigo, sin poder salir del país. Para ese momento yo ya entendía que esto no era un error, era persecución.

La decisión de irse

Yo no tenía ni pasaporte.  La decisión no fue algo que yo tomara sola. Mi familia habló conmigo y me pidió que debía proteger mi vida, defender mi inocencia, pero desde afuera donde estuviese segura. Mi familia ya no aguantaba verme en la cárcel ni ver cómo Nancy me visitaba en ese horrible lugar. A mi niña también la registraban cuando entraba en la cárcel, como si fuera una persona más dentro del sistema penitenciario. Y no podíamos negarnos, porque si no, no nos dejaban vernos.

Para ese momento yo ya estaba muy cansada. Venía de más de cien días sosteniendo todo dentro de la cárcel. Además, dentro de ese espacio yo había asumido un rol de cuidado con otra compañera que estaba presa conmigo. Ella era más joven que yo, y desde que entramos empecé a sentir esa responsabilidad. Nos cuidábamos mutuamente en todo: si una iba al baño, la otra acompañaba, si salíamos al sol, salíamos juntas, si había visitas, pedíamos que llamaran a las dos.  Era una forma de protegernos. Había también un pequeño grupo de mujeres que nos acogió. Nos enseñaban cosas, nos daban consejos, nos ayudaban a sostener el día a día. Ahí, dentro de todo, también encontramos formas de acompañarnos, pero, aun así, el desgaste era muy grande.

Entonces mi familia me apoyo en salir del país. Yo no tenía un plan. Pero existieron redes de apoyo que creían en mi inocencia. Hice mi pequeña maleta y me fui sola de Guatemala. Yo salí primero, después veríamos cómo hacer para que Nancy y mi esposo e reunieran conmigo. Tuve que dejar mandatos, dejar todo resuelto como se pudiera. Salí con lo mínimo. Entré a mi país destino y ahí ya había una ruta definida. Había personas que me iban a recoger, que me iban a ayudar a moverme, a hacer trámites. Yo confiaba en las redes que estaban confiando en mí. 

Cuando terminé los primeros trámites, me indicaron que tenía que venir a la capital. Tramité mi refugio para que pudieran tramitar la visa de Nancy. Después de unos meses, ellos llegaron. Estuve separada de mi hija alrededor de tres meses. Cuando salí de Guatemala me llevé muy pocas cosas. Era una mochila, metí principalmente ropa interior, un par de zapatos, algunos libros. Y me llevé mi Biblia, en la cárcel, lo que me ayudaba a sostenerme era leerla. También me llevé una oración que una prima me había dado. Durante los primeros días la leíamos todas las mañanas con otras mujeres que estaban conmigo, eso fue de las pocas cosas que traje conmigo.

Ser mamá en Guatemala

Antes, mi vida como mamá en Guatemala era muy fácil. Teníamos mucho apoyo de nuestras familias, la crianza de Nancy era colectiva, mis familiares se involucraban positivamente en todo. Vivíamos cerca, así que nos veíamos seguido. Los fines de semana siempre estábamos juntas, nos llamaban para ir a almorzar o a cenar, y pasábamos mucho tiempo en su casa. Había también una señora que trabajaba con ellos y que prácticamente ayudó a criar a Nancy mientras nosotros trabajábamos. Esa parte estaba resuelta. Lo difícil, como siempre, eran las enfermedades. Cuando se enfermaba, cuando tenía fiebre, cuando no sabíamos qué tenía. Una vez le salieron unas ronchitas y no entendíamos qué estaba pasando, esos momentos eran los más duros. Pero fuera de eso, la vida era más sencilla.  

Llegar al país que me dio refugio fue impactante. Es una ciudad muy grande y eso intimida. También fue atemorizante al inicio. Yo venía con muchas ideas en la cabeza sobre este nuevo país, cosas que uno escucha desde afuera, sobre violencia, sobre narcotráfico, como si eso estuviera en cada esquina. Y no es así, pero yo ya traía esos escenarios, entonces todo me generaba miedo.

Moverme, subirme al transporte, entender la ciudad. En Guatemala el transporte público es muy malo, entonces llegar a un lugar donde funciona bien es incluso extraño. A mí me sorprendió mucho el sistema de transporte público. Son cosas que uno empieza a valorar cuando no las ha tenido. Poco a poco fui entendiendo la ciudad.

Nancy también llegó con una sensación fuerte de separación. No quería despegarse de mí.

Si yo me movía, ella quería ir conmigo. Si iba al baño, ella iba detrás. Había miedo. Lo fuimos trabajando poco a poco. Hablando, acompañándonos. También recibimos apoyo psicológico para ella, en pocas sesiones empezó a estar mejor y así fuimos empezando a reconstruir la vida aquí.

Ser mamá en el país de acogida

Aquí mi forma de maternar cambió mucho, allá todo era más fácil. Siempre había alguien pendiente de Nancy. Nuestras familias que la cuidaban, siempre había una red que sostenía la vida cotidiana. Aquí ya no. Aquí somos nosotros tres. Y eso hizo que tanto su papá como yo nos volviéramos su centro. Su papá es muy presente, muy activo, incluso más que yo en muchas cosas. Y a mí me tocó enfocarme en ella de otra manera. Aprender a maternar desde otro lugar. No diría que es más difícil, pero sí más complicado, porque allá yo podía decir con toda confianza: “¿Me la pueden ver un rato?” Y no pasaba nada, aquí no.

Aquí tuvimos que construir una comunidad poco a poco. Con otras personas, con otras familias.

Desde la confianza, con el tiempo. Empezamos a apoyarnos entre nosotras: “¿Me puedes ayudar con las niñas?” “¿Puedes recogerla del colegio?” “¿Puedes verla un rato?” Pero eso no es inmediato, no puedes dejar a tu hija con alguien que no conoces. Eso también se construye. 

En todo este proceso también descubrí algo de mí. Que puedo ser muy fuerte. Antes yo veía mi fortaleza en el trabajo. En los casos, en las decisiones, en lo que hacía como fiscal. Pero ahora entendí que también se necesita mucha valentía para criar. Para explicarle a tu hija por qué pasan cosas. El año pasado, por ejemplo, murió un familiar. Y me tocó estar sola con Nancy en ese momento, ahí entendí lo difícil que es explicarle a una niña algo así. No se le pueden decir las cosas de cualquier forma. Hay que cuidar cómo decirlas, cómo acompañar. He tratado de no mentirle, pero tampoco de decirle las cosas sin filtro. Encontrar ese equilibrio. Porque cuando estaba en la cárcel intenté ocultarle lo que estaba pasando y después me di cuenta de que ella sabía. Me decía: “Mamá, vámonos, los malos ya no están”. Entonces entendí que sí perciben todo.

Ahora trato de hablarle con más claridad, pero cuidando su edad. Que entienda, pero sin romperle su inocencia. 

Cuando ella está triste, trato de acompañarla, de explicarle, de darle herramientas. Es una niña muy sensible, muy empática. Le afectan mucho las cosas que le dicen otros niños. Entonces hablamos, le pregunto qué pasó, cómo se sintió, qué puede hacer. También intento enseñarle a defenderse, a no quedarse callada. 

Yo cuando estoy triste, a veces me aíslo. Trato de que no lo sienta tanto. Aunque no siempre se puede. Una vez ella me vio llorar. Y al día siguiente lo repitió, lo contó a su manera. Ahí entendí que también me ve, que también me siente, entonces hago lo que puedo. He ido aprendiendo sobre la marcha.

Abril y Nancy en la gran ciudad

En terapia nos dijeron que ella tenía que enterarse de lo que había pasado. A mí me costó mucho, hay cosas que yo solo había podido hablar con mi psicóloga. No me sentía lista para que Nancy lo supiera. Pero también entendí que no podía crecer en una burbuja. Que tenía que saber, de alguna forma, lo que nos pasó. Y en todo este proceso, ella ha sido quien nos ha aterrizado a nosotros como padres.

Cuando llegó, lo primero que hicimos fue salir. Yo no había salido casi nada. Fuimos a lugares lindos de la ciudad, parques, y otros lugares turísticos que nos recomendaron, empezamos a conocer la ciudad como familia. Después vino todo lo práctico: regularizarla, buscarle escuela, toqué muchas puertas.

En algunos lugares no me respondían, en otros me daban información que no correspondía.

Hasta que encontramos un colegio donde la aceptaron rápido. El primer día estaba tímida, pero pronto se adaptó, empezó a disfrutarlo. Me contaba todo: sus clases, sus maestras, sus actividades, tiene mucha apertura conmigo.

El primer colegio donde estuvo cerró, tuvimos que explicarle por qué, buscar otro, acompañarla en ese cambio. Le afectó, pero logró adaptarse otra vez. Creo que el amor y cuidado que su papá le da es una fortaleza para que ella vaya asumiendo los cambios de forma más suave, tenernos a los dos es sin duda un pilar para ella.

Pero también en todo este tiempo, lo que me ha dado fuerza ha sido ella. Si ella no estuviera aquí, no sé qué habría pasado conmigo, he tenido pensamientos muy difíciles.

He pensado que, si yo no estuviera, tal vez ellos no tendrían que haber dejado su vida, su familia, su entorno. Que podrían estar allá, con sus abuelos, con sus primos, viviendo otra vida, pero luego pienso en ella. Y pienso: si yo no estoy, ¿quién la cuida? Entonces ese pensamiento se detiene, no lo dejo avanzar. 

Como madres a veces queremos protegerlos de todo, como si pudiéramos ponerlos en una caja y evitar que el mundo les haga daño. Pero no se puede. Y eso también lo he ido aprendiendo aquí, con ella.

Momentos de alegría

Sí, también ha habido momentos de alegría. A veces son cosas pequeñas. Por ejemplo, cuando voy a verla a sus clases de patinaje y veo cómo ha ido aprendiendo.  No es que sea una gran patinadora, pero ya se mueve con más seguridad, ya se anima, ya intenta cosas nuevas. Y entonces pienso que, si estuviéramos allá, probablemente no estaría haciendo eso.  También me da alegría verla relacionarse con otras personas. Cuando la invitan a cumpleaños, cuando otras niñas quieren que esté en sus fiestas, en sus piñatas.  Eso me da tranquilidad. Pensar que va a estar bien. Aunque siempre está ese miedo. El estar pendiente, explicarle que hay cosas que no debe hacer, que hay peligros, que no todo el mundo es bueno. Trato de explicarle lo que pasa en el mundo. No disfrazarle todo, si ve algo, si pregunta, le explico, busco la forma de que entienda.

También hablamos de lo que quiere ser, dice que quiere ser doctora. Y entonces vemos cosas, hablamos de lo que implica, de lo que pasa en la vida real. Yo lo que deseo es que haga lo que quiera hacer. Que pueda cumplir sus metas, que aprenda, que viaje, que se cuide, le gusta viajar.

Recuerdo mucho uno de sus cumpleaños. Quería ir a la playa. Nos organizamos como pudimos y fuimos. Fue una experiencia nueva para nosotros, distinta a la playa que conocíamos.  Ese día vimos ballenas, vimos una tortuga enorme, vimos una manta raya. Hicimos snorkel. Yo no sé nadar, pero igual me metí un poco. Ella al inicio no quería, le daba miedo y de repente dijo que sí, que se iba a animar. Se metió al mar con su papá, con su abuelo, con mi prima que andaban de visita. Y yo me quedé mirándola, ese momento fue muy importante para mí. Verla decidir, ver cómo se animaba. Si tuviera que pensar mi historia como una imagen, creo que sería esa. El mar y ella ahí, porque eso es lo que a ella le gusta. 

Si alguien leyera mi historia en el futuro, me gustaría que entendiera que ser mamá en el exilio no es fácil. Es un desafío en muchos niveles. Tienes que trabajar el doble, no tienes a tu familia cerca. Tienes que construir comunidad desde cero, tienes que confiar en personas nuevas para cuidar lo más importante que tienes. 

También es un desafío cultural. Vienes de un lugar con ciertas formas de ver el mundo y llegas a otro donde muchas cosas son distintas. Tienes que explicarle a tu hija esas diferencias, acompañarla a entenderlas. Hay cosas que son más libres, pero no todo lo libre es necesariamente bueno. Y hay que saber cómo explicarlo. También está la xenofobia que a veces se manifiesta en cosas pequeñas.

Una vez, en un parque, una niña le dijo a Nancy que su papá decía que había demasiados extranjeros. En ese momento preferí llevármela a otro lado. Porque hay cosas que una decide cuándo y cómo enfrentar. También es eso: ir cuidando, ir decidiendo qué batallas dar, cuándo y cómo. Ser mamá en el exilio es todo eso, un desafío constante.

Pero también hay sostén. Mi familia es mi fortaleza. Mi hija y mi esposo son los pilares que me sostienen. Por eso, agradecer su amor y su acompañamiento, en toda mi vida y en esta etapa, se vuelve importante. También para poder decirle al mundo que no hemos estado solas, que las familias son núcleos que sostienen la vida.

Ser mamá en el exilio

Si algún día me sentara con Nancy cuando tenga 25 años, le diría que respete siempre sus principios y sus valores.  Tal vez eso no la lleve al lugar donde ella quisiera estar. Tal vez le cierre caminos. Tal vez la obligue a pasar por cosas difíciles. Pero la va a hacer estar en paz con su conciencia.  Porque muchas veces los ataques vienen de personas que no tienen eso.

Ni conciencia, ni ética. Y haberme mantenido firme, no haber cedido, no haber quebrantado lo que soy, para mí ha valido la pena. Aunque haya sido difícil. Hacer las cosas bien nunca es fácil. Siempre va a haber alguien que te ponga obstáculos, que intente desviarte, que te complique el camino. Pero uno tiene que encontrar la forma de seguir.

De sostenerse.

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