Tecnología feminista para reparar el daño por violencia digital

Abr 15, 2026

Por: Regina Isabel Medina Rosales

Me detuve. Levanté la cabeza ante la sensación de una mirada ajena. En vez de encontrar sus ojos, encontré sus dos manos sosteniendo firmes un celular con la cámara apuntando directamente a mí. El gesto—inconfundible—indicaba que me estaba grabando. A pesar de mi certeza, le obsequié lo que no debía tener cabida: la duda.

— ¿Qué haces? —Alcancé a preguntarle con un tono injustificadamente amable.

— Nada, nada. Estaba revisando que mi mamá no viniera en camino.

Me sentí aturdida, aquel momento que (se suponía) debía ser de la mayor intimidad posible, estaba siendo transgredido por aquel dispositivo electrónico. A pesar de mi instinto que me decía que algo estaba mal, decidí creerle a aquel compañero de la prepa que era, además, mi novio. Su explicación no era inverosímil bajo el contexto de fundamentalismo religioso en el que vivíamos. En fin, no éramos los primeros adolescentes (ni seríamos los últimos) a los que Aguascalientes imponía la culpa y la clandestinidad como condiciones para vivir nuestra sexualidad.

Meses después, encontré por accidente el video con la otra perspectiva de ese momento. Me congelé al verme a mí misma documentada, sin saberlo, en medio de un acto tan vulnerable. Al video lo acompañaban decenas de fotografías que jamás consentí que fueran tomadas. A mis 17 años, la violencia digital me atravesaba mediada por una pantalla. Siendo hija del Bajío mexicano y con once años de escuela católica sobre mi espalda, no supe qué hacer ni a quién acudir. Por aquel entonces, usar Facebook y ser joven no era una contradicción y la violencia digital no era todavía un tema de discusión pública. Como la vergüenza era, por mucho, mayor al malestar de saberme vulnerada, lidié sola con la situación.

Violencia digital. Las pantallas de cinco dispositivos móviles al unirse forman la silueta de un hombre.

A una década del incidente, no me da más vergüenza hablar de lo ocurrido. Porque, como propone Diana J. Torres, la violencia sexual y de género no debería por qué ser un estigma. Para mí, mis heridas se convirtieron en unas ganas profundas de entender y luego de transformar. Ojo, a mí no me interesaba vengarme, aunque en México, como en muchos otros temas, el populismo punitivo—que ve al castigo como la única respuesta a los problemas sociales (digo respuesta y no solución porque el castigo no ha sido solución alguna)—capturarían nuestra imaginación sobre cómo abordar estos comportamientos. No, lo que yo quería era que él entendiera por qué no debió haber actuado de esa manera y yo resolver mis dudas. ¿Por qué sucedió lo que sucedió? ¿En qué era distinto a otras formas de violencia? ¿Qué impacto había tenido en mi psique y en mi vida? ¿Cuántas personas más habían experimentado algo similar? ¿Cuál era el impacto social?

Yendo de pregunta a pregunta, terminé escribiendo una tesis entera, a la que titulé Sexismo en código binario: violencia digital y política contra las mujeres en México. A través de mi proyecto de investigación, conocí a Luchadoras. Su trabajo me dotó del vocabulario que me había faltado para nombrar lo que viví y de un marco teórico para mi análisis. Entre otros hallazgos, con mi tesis aprendí que la violencia digital sí tiene características que la hacen única (como el anonimato y un mayor alcance derivado de la disolución de barreras geográficas y temporales), pero también se trata de una nueva iteración de viejas violencias estructurales, como el sexismo, el racismo, la transfobia y el capacitismo, por mencionar algunos.

En la actividad de escribir y en la de teorizar, me descubrí menos sola. Además, estudiar de cerca un fenómeno que se parecía a lo que yo había vivido me dotó de autonomía y encontré esperanza. El entender las fuerzas sociales que informaban el ejercicio de la violencia me revelaba un mapa por el cual podíamos trazar rutas de escape, de transformación. Comprender el problema era el primer paso para solucionarlo. 

Estudiar fue liberador, pero pronto me di cuenta de que no me sería suficiente; si yo deseaba que existieran espacios libres de violencia, debía crearlos. Con este compromiso y las habilidades técnicas en estadística y programación que adquirí en mi licenciatura, decidí practicar el feminismo de datos: “una manera de pensar sobre los datos, sus usos y limitaciones, informada por la experiencia directa, el compromiso de actuar, y el pensamiento feminista interseccional”. Empecé co-fundando junto a otras estudiantes y colegas un capítulo de R-Ladies en Aguascalientes para visibilizar el trabajo de las mujeres que usan este lenguaje de programación y fomentar la participación de más mujeres. Después, decidí trabajar como analista de datos en organizaciones civiles feministas e incidir desde ahí para revertir políticas discriminatorias, como tratar de reducir el número de personas encarceladas sin sentencia en México

Un cuerpo humano con con alas y cabeza de león

La praxis y la reflexión en torno al feminismo de datos me enseñaron que las tecnologías no se crean de manera neutral, sino que son resultado de estructuras de poder en las que ciertas personas reciben la mayoría de los beneficios y muchas más sufren las desventajas. Por ejemplo, hoy en día la frenética carrera por el desarrollo de modelos de inteligencia artificial ha enriquecido al puñado de personas que constituyen las grandes compañías tecnológicas, mientras agotan innumerables recursos (como agua, electricidad y hasta memoria RAM). Así, las tecnologías digitales, al igual que otros sistemas, sirven a los intereses de las personas que las diseñan. No sorprende entonces que la falta de participación de personas que provienen de grupos históricamente vulnerados (como mujeres, personas racializadas, personas LGBTI+) derive en tecnologías que las discriminan. 

El siguiente paso para mí era, entonces, participar directamente en el desarrollo de herramientas de software. Con una recién adquirida maestría en análisis computacional y políticas públicas, hoy en día continúo realizando investigación académica y colaboro con organizaciones como Luchadoras—literalmente el sueño de mi yo tesista—para construir herramientas tecnológicas desde paradigmas como la colectividad y la inclusión.Sin duda, mi relación con la violencia digital ha evolucionado a través de los años: pasé de vivirla, a estudiarla, a desarrollar tecnologías que buscan prevenirla. La violencia es una intrincada realidad que elude soluciones simplistas (como la cárcel) y que más bien requiere múltiples intervenciones desde espacios distintos. Para las mujeres ñoñas e inquietas como yo, a veces la reparación del daño se ve como leer, escribir y programar. 

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