Por: Autora: María José Diaz
(Basado en diálogos con María Teresa Blandón)
Vivimos un tiempo áspero, ni qué decir de cómo ha iniciado este año. Un tiempo en el que el autoritarismo intenta normalizarse, las derechas se multiplican y se radicalizan, y las promesas de bienestar que alguna vez sostuvieron imaginarios colectivos hoy se muestran agotadas o francamente falsas. No es una percepción aislada ni un estado de ánimo individual: es una experiencia compartida que atraviesa territorios, cuerpos y vínculos. Algo se ha endurecido en el mundo y también en nuestras formas de estar juntes.
En este escenario, juntarnos a conversar, a escucharnos y a pensar en común no es un lujo ni un accesorio, es una necesidad y una apuesta política.
En Luchadoras hicimos lo propio: nos juntamos con los sentidos dispuestos junto a María Teresa Blandón, socióloga feminista nicaragüense y exiliada, para escucharnos, cuestionarnos y buscar esperanza en donde parece no haberla. En este primer diálogo se fue haciendo evidente algo: la repetición histórica. Lo que muchas vivimos, o heredamos como memoria en las décadas de los ochenta y noventa en América Latina, vuelve a resonar hoy: autoritarismos que se presentan como soluciones, discursos de orden frente al caos, enemigos internos fabricados para justificar la violencia, soberanías invocadas para encubrir abusos. Vemos cómo cambian los lenguajes, las tecnologías y los rostros, pero las lógicas se parecen demasiado.
Hoy, además, ese avance ocurre en un mundo sin grandes relatos emancipatorios que logren sostener consensos amplios. El neoliberalismo ya mostró hasta dónde llega su capacidad de devastación; el socialismo autoritario dejó tras de sí despojo, silenciamiento y una profunda traición ética. Muchas certezas se nos cayeron, pero en este panorama pensamos que lo que queda no es el vacío, sino una multiplicidad de búsquedas fragmentadas, parciales y a veces contradictorias, que conviven sin orden ni jerarquías claras.
En medio de todo eso, los movimientos sociales, y muy especialmente los feminismos, han sido uno de los refugios, trincheras y espacios de experimentación para muches de nosotres. No porque desde ahí se generen todas las respuestas, sino porque nos permiten sostener preguntas vivas cuando todo empuja al cinismo o a la resignación. Para muchas de nosotras, el feminismo no fue una teoría aprendida, sino una experiencia vital: el nombre que le pusimos al deseo de vivir de otra manera, a la rabia frente al daño, a la reparación, a la necesidad de compartir ese deseo con otras.
Hoy más que nunca recordarlo importa. Porque las derechas identifican a los movimientos feministas, antirracistas, ambientales y de disidencias como adversarios centrales, y por eso buscan caricaturizarlos, dividirlos o vaciarlos de sentido. Esto no es casualidad, los movimientos sociales siguen siendo espacios de producción de sentido, de disputa cultural y de múltiples resistencias. Ahí donde el Estado falla, retrocede o se vuelve cómplice, los movimientos incomodamos, imaginamos y creamos.
En nuestros diálogos también apareció algo que no podemos esquivar: no estamos libres de tensiones internas. El recorrido histórico de los feminismos latinoamericanos muestra avances, rupturas dolorosas, errores y aprendizajes. La tentación del maniqueísmo, de dividir el mundo entre las buenas y las malas, las aliadas y las enemigas, no es exclusiva de la ultraderecha. Cuando esa lógica se cuela en nuestros propios espacios, nos debilita, nos quiebra. No porque el conflicto sea evitable, sino porque cancelarlo en lugar de trabajarlo o encontrar formas diversas de abordarlo más allá del castigo, nos acerca peligrosamente a las formas de poder que decimos combatir.
Hoy estamos atravesando debates complejos: identidades, transiciones, relación con el Estado, punitivismo, censura, alianzas posibles e imposibles, en todo esto estamos seguras de que no hay respuestas simples ni verdades absolutas. Cerrar el pensamiento y clausurar la conversación empobrece cualquier apuesta transformadora, tomando como base que escuchar no significa dar la razón; debatir no es traicionar principios; incomodarte no es retroceder.
También vimos con claridad cómo las derechas han aprendido a organizar y a fiscalizar emociones: miedo, rabia, resentimiento, nostalgia, y lo hacen con gran eficacia política. Frente a eso, no basta con denunciar, hace falta volver a pensar cómo construimos vínculos, cómo cuidamos la esperanza sin volverla una consigna vacía, cómo sostenemos nuestras comunidades en tiempos de desgaste, precarización, polarización y cansancio profundo.
Sabemos que el actual mundo nos duele, pero también creemos que el dolor no puede convertirse en el único destino ni ser el centro de nuestras acciones. Quedarnos atrapades ahí nos inmovilizaría y dejaría el terreno libre para que otros lo administren, lo cambien a su conveniencia y erradiquen todo lo que nos ha costado años construir. La apuesta histórica de los feminismos ha sido siempre transformar el sufrimiento en acción colectiva, en preguntas compartidas, en movimiento.
Por eso, hoy más que nunca, hacer y crecer los movimientos no significa multiplicar siglas ni repetir fórmulas conocidas, significa sostener la conversación política, recuperar y hacer memoria viva y regional, tender puentes intergeneracionales, narrar y relatar nuestras luchas desde la esperanza, animarnos a sostener las alianzas incómodas y defender marcos que reivindiquen el derecho a múltiples existencias. Significa también aprender a habitar la incertidumbre sin romantizarla y apostar por lo cotidiano como un acto de resistencia que sostenga a nuestras comunidades y afectos.
No estamos en un buen tiempo, es verdad, pero no es la primera vez que les feministas caminamos en medio de la tormenta, que la atravesamos. La historia muestra que, cuando el mundo se cierra, los movimientos sociales abren grietas, no siempre grandes, no siempre visibles, pero sí suficientes para que circule aire, el agua y crezcan hierbas y flores. Desde ahí, desde esa posibilidad, seguiremos hablando, escuchándonos y moviéndonos juntes para atravesar sus muros.
¿Imaginás otras formas de encontrarnos en este 2026?
*Estamos muy agradecidas con María Teresa Blandón por posibilitar diálogos que nutren la esperanza.










