El agente topo: ¿Quién sostiene a las mujeres en la vejez?

Mar 13, 2021

[vc_row type=”in_container” full_screen_row_position=”middle” scene_position=”center” text_color=”dark” text_align=”left” overlay_strength=”0.3″ shape_divider_position=”bottom” bg_image_animation=”none”][vc_column column_padding=”no-extra-padding” column_padding_position=”all” background_color_opacity=”1″ background_hover_color_opacity=”1″ column_link_target=”_self” column_shadow=”none” column_border_radius=”none” width=”1/1″ tablet_width_inherit=”default” tablet_text_alignment=”default” phone_text_alignment=”default” column_border_width=”none” column_border_style=”solid” bg_image_animation=”none”][vc_column_text]La cineasta chilena Maite Alberdi se sumerge en la profunda deuda que tenemos con las mujeres adultas mayores de una forma ingeniosa, sensible y entrañable en El agente topo (2020), un documental que recurre a elementos característicos del cine negro.

El documental sigue la perspectiva de Sergio, un detective novato de más de ochenta años, que se hace pasar de agente encubierto en un asilo. Su misión es buscar irregularidades en el manejo del lugar a partir de las sospechas de la hija de una de las mujeres que ahí viven. 

La llegada de Sergio al asilo causa revuelo en sus habitantes, casi todas mujeres. El lugar está poblado principalmente por personas ancianas que ya no pueden valerse por sí mismas y, a través de los meses en los que fue realizado el documental, el deterioro de algunas se vuelve dolorosamente evidente. 

A pesar de la experiencia, sabiduría y esfuerzo acumulados, el paso de los años se convierte en una sentencia irrevocable. Pareciera que la autonomía, la libertad, la dignidad y el derecho al placer le son arrebatados a las personas que viven en esta etapa de la vida, que deja de ser vivida para convertirse en simple antesala de la muerte.

A través del documental somos testigas del terror que invade a una mujer que está perdiendo la memoria y con ella lo único que le queda de una vida familiar, de las maromas –amorosas y cuidadosas– que hace el personal para ocultarle a otra mujer con demencia senil que sus familiares la han practicamente abandonado, y del progreso de la enfermedad de varias de ellas.

Este hogar se convierte en escenario para historias de amor y desamor, para planes, recuerdos, sueños, duelos y poesía. Hay celebraciones, risas, canto y baile. Hay, ante todo, un afecto, dignidad y compañía impresionantes que pretenden, de alguna manera, resanar aquellos espacios que han quedado desiertos por el paso del tiempo y las omisiones de las comunidades a donde alguna vez pertenecieron estas personas. 

A través de Berta y su fugaz enamoramiento malogrado con el protagonista, de Petronila y sus conmovedores poemas sobre la maternidad y la edad, o las conversaciones que suceden en el día a día entre las amigas que habitan este hogar, tenemos acceso a un retrato sensible, tierno y, a la vez, muy poderoso de estas mujeres que, a pesar de verse condenadas al olvido, sienten y resisten.

Ellas se saben parte de una comunidad alterna donde son escuchadas y cuidadas. Sorprendentemente, en su día a día no hay rencor. Parece, en cambio, haber una especie de resignación: las habitantes, en su mayoría madres y abuelas, se reúnen y conversan sobre épocas pasadas en aquellos hogares donde ahora aparentemente sobran, sobre la aplastante incompatibilidad de sus vidas con las de las familias a quienes cuidaron por décadas. Han aceptado que para que sus seres queridos puedan seguir con sus vidas, lo mejor es quitarse del camino. Es aquí donde se concentra la desgarradora fuerza del relato: ¿Cómo construir una sociedad que en lugar de relegar a las personas ancianas al olvido y abandono las honre y acompañe? ¿Cómo revocar el destino de las madres que, al no poder cuidar más –ni cuidarse a sí mismas– son desplazadas? 

Hay algo muy poderoso en la oportunidad que esta cinta nos ofrece para asomarnos a una cotidianidad tan íntima. El respeto y dignidad con que este microuniverso es retratado nos permite colocarnos verdaderamente a la altura de las historias que son contadas y reconocer, como habría que hacerlo siempre, que los anhelos, deseos, preocupaciones y motivaciones de las personas ancianas, son tan reales y válidos como en cualquier otra etapa de la vida. Que todas quisiéramos y merecemos, llegado el momento, seguir gozando de afecto, compañía y dignidad hasta el último día.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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