XÓCHITL “TRIBI” HUERTA: LA PRIMERA MEXICANA EN CONQUISTAR EL FUTBOL AMERICANO FEMENIL

¿Cuál es la peor pesadilla de una inmigrante indocumentada que vive en Estados Unidos? ¿En qué momento se cruza el miedo con la esperanza? Para Xóchitl Huerta, jugadora profesional de futbol americano, la pesadilla se hizo realidad el día que el dueño del equipo en el que jugaba le preguntó: “¿Tienes papeles?”. Aunque era una pregunta que siempre había esperado, al oírla se quedó helada, muda. Antes de pronunciar palabra, la manager de su equipo y el resto de sus compañeras, se pararon entre ella y el hombre, protegiéndola.

Claudia Xóchitl Huerta Mejía jugó en el equipo Assassins (asesinas, en español) de Arizona durante 7 años, del 2006 al 2013, paralelo a la gestión de Joe Arpaio, como Sheriff de la localidad, quien es recordado como  uno de los más temibles jefes de policía en la historia del estado por su aversión y ensañamiento contra los migrantes indocumentados que vivían o trabajaban en la zona.

Pese al riesgo que significaba ser migrante en el contexto de  persecución que encabezó Arpaio -quien fungió como Sheriff  de 1996 a 2016-  con la imposición ilegal de leyes antiinmigración, abuso de poder y uso ilegal de recursos públicos, “Tribi”, como también se conoce a Xóchitl  Huerta, se convirtió en la jugadora más valiosa de las Asesinas.

“Arizona es un estado muy racista, ahí sí me las vi, pero terminé siendo la jugadora más valiosa del equipo y me fui a la selección de los All American. El sheriff Arpaio, agarraba a todo el mundo, a ese no le importaba, entonces, el dueño del equipo era un militar, un marine, blanco, super racista y era amigo del Arpaio, una vez se me acercó y me dijo, ‘¿Oye, tú tienes papeles?’”, contó en entrevista la jugadora.  

Tampoco es que Tribi fuera discreta con respecto a su condición migratoria, a todos lados iba vestida con los colores de la bandera de México, el escudo en su casco y un gran orgullo nacionalista; varios coaches le pidieron que se quitara esos colores, pero ella pensaba: “toda la vida voy a ser mexicana”.

Para algunas personas conseguir un sueño vale cualquier riesgo, así fue para Huerta, quien en varias ocasiones fue cuestionada.

“¿Por qué te arriesgas? ¿por qué te arriesgas a que te agarre migración, a que te metan a la cárcel, que tengas ese proceso, si eres una buena persona?”, eran las preguntas que recibía todo el tiempo y a las que ella siempre respondía:”pues porque me gusta, o sea, yo crucé la frontera porque me gusta y amo el futbol americano”.

 

A finales de los años 90, Huerta llegó a Estados Unidos, vestida con los colores de su equipo mexicano: las Águilas Blancas, del Instituto  Politécnico Nacional, el amigo de una amiga la recogió en el aeropuerto. Ahí comenzaron sus 15 años de residencia indocumentada en la Unión Americana y los 10 de jugar profesionalmente futbol.

EL AMERICANO SIEMPRE ESTUVO EN SU VIDA

Desde que era niña le fue inculcado el amor al deporte por su padre, quien nunca logró jugar americano profesionalmente por tener que trabajar y estudiar. También sus hermanos jugaron.


“En el 89, más o menos, fue cuando empecé a jugar flag football. Jugaba antes, pero tochito callejero, la única mujer y todos los demás niños. No había más. Entonces mi papá me encontró un equipo y me metieron ahí, en el casco de Santo Tomás, a jugar con las Águilas Blancas”, contó en entrevista.

Con las Águilas viajó en al menos ocho ocasiones a Estados Unidos para jugar en un evento internacional organizado por la Universidad de Nueva Orleans, en uno de esos viajes se enteró que existía futbol equipado para mujeres y más importante: una liga profesional en la Unión Americana.

“Eran 56 equipos varoniles, femeniles y mixtos. Iban 4 (equipos) mexicanos, íbamos cada año a jugar ese evento, y lo ganamos como por ocho o  cinco años consecutivos”, dijo. “Encontré jugadoras que se dedicaban al americano, al ‘tackle football’, como le llaman ellos. Ahí me entró la espinita de ‘ay, pues, es diferente, y quiero ver de qué se trata’, hasta que me decidí, como por el 98, 99, decidí, ‘pues voy a ir a ver de qué se trata, tengo mi visa de turista, y a ver’”.

Sin saber hablar inglés, sin casa, dinero o coche, pero con todo el apoyo de su familia, Huerta se instaló primero en California, donde logró entrar al equipo Las Amazonas, entre 2004 y 2005. Sorteando la suerte con migración y con múltiples trabajos para mantenerse económicamente. Finalmente llegó a Arizona para jugar con las Asesinas.

“Aprendí a hacer plomería, me quedé en una empresa de plomería, ayudándole a un ingeniero, también era la encargada y aparte otra cosa; hacía tres cosas ahí, pero pues nada más me pagaban un sueldo, es lo que más les conviene a ellos”, contó.

En todo el tiempo que estuvo en el norte, ninguno de sus equipos le ofreció ayuda para regularizar su situación.

“Nunca me arreglaron papeles, nunca pedí que me arreglaran los papeles ni nada. Me dijeron una vez que sí podían, por parte del trabajo, pero, pues malamente dije que no”, narró.

Luego vino una lesión en la rodilla y el endurecimiento de las políticas migratorias, cada vez más amenazadoras, que terminaron por hacerla ceder.

“Estuve viviendo 15 (años), pero jugué 10, porque me lesioné la rodilla, tuve dos operaciones, me rompí un ligamento, se me zafó ese ligamento, me volvieron a operar, me pusieron un injerto con dos clavos; todo ese proceso fueron como tres años, en lo que jugaba y me volvía a lastimar, y me volvían a operar”, contó.

En medio de ese proceso, Tribi volteó de nuevo hacia México; animada por las recientes ligas de futbol equipado femenil, hablaba con viejas amigas de la importancia de constituir un equipo de 11 personas y llegar al mundial, del que no habían escuchado antes. También las cosas se pusieron más duras, a uno de sus compañeros de trabajo lo deportaron. La persecución estaba cada vez más cerca de ella, y decidió regresar.

Los sueños se van modificando, luego de ser la primera jugadora profesional mexicana en Estados Unidos, después de lograr ser la mejor, y de jugar y retirarse en México, ahora entrena a un grupo de mujeres que juegan en el torneo nacional, en agosto, en Mérida; a ellas les entrega todo lo que es y les gustaría que más adelante, entiendan que sin sus capacidades en la cancha, sin su juego y pasión, no hay espectáculo. Quizá con un afán empoderador, quizá porque el americano es su vida.

“A mí lo que me interesa más es que luchen por lo que quieren, que nadie les diga que no pueden, nadie, ni siquiera sus papás y que siempre se acostumbren a ganar, a hacer las cosas bien, que el día de mañana, ellas exijan lo que les corresponde”, concluyó.

 

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