Que tu cuerpo sea siempre un amado espacio de revelaciones

Alejandra Pizarnik

Si nuestros cuerpos pudieran hablarnos. . . cuáles serían las historias que escuchariamos.  ¿Cuáles son los relatos que a largo de nuestras vidas se han inscrito en nuestros cuerpos y nos convierten en las personas que ahora somos? ¿Cómo esas historias pueden entretejerse con las  historias de otras personas para narrarnos colectivamente?

Juana, Clara, Golla, Gloria, Lulú,  y Lidia, son mujeres adultas mayores a las que no quiero describir por las heridas que las adversidades y la precariedad de pertenecer a la periferia citadina causaron en ellas; tampoco las quiero describir por el contexto de vulnerabilidad que México coloca sobre los cuerpos de personas mayores, pues la edad no define a las personas, tampoco las describe, pero sí puedo decir cosas que sé de ellas y que aprendí durante todas las pláticas y encuentros que tuve con ellas.

A Juana la puedo describir porque huele increíblemente bien, su aroma es como una caricia fresca, es una gran cocinera hace tamales y muchos guisos de verduras. Clarita es buena organizadora y motiva a otras mujeres a hacer actividades deportivas y otras más del alma, como escribir y llorar. Gloria trabaja en el hospital de pediatría en el área de trabajo social, a pesar del dolor de la muerte, su trabajo  la llena y trata con amor a las niñas y niños. Hermelinda hasta con pants sabe ser elegante. Golla usa bastón y ese no es un impedimento para que siga caminando. Lulú no se detiene, no se vence, siempre busca cómo llegar a los lugares que le hacen bien y la sanan, conoce todos los tés para todos los momentos: los malos y los buenos. Lidia, cada día reconoce y valora más los trabajos de cuidado que realiza en su hogar y piensa que no es justo que una sola persona se haga cargo de todo.

Ellas también fueron integrantes del taller Narrativas Corporales Comunitarias,  son habitantes de colonias populares en el Ajusco Medio al sur de la ciudad de México,  sus edades rondan entre los 48 y 83 años, son mujeres que gozan del movimiento y la palabra, del encontrarse con otras y como alguna vez dijo Clarita de “hacer algo que siempre había querido, hacer algo sólo para mí”

Durante  semanas dedicaron sus clases a mirar, sentir, danzar, besar, dibujar  y acariciar sus manos, a las que nunca les habían puesto la suficiente atención y agradecimiento conversaron sobre los momentos en que sus manos han sido importantes y juntas construyeron este relato que, al mismo tiempo, habla de una y todas.

Por mis manos hice realidad mi casa, trabajé mucho; vendí sopes y gorditas de chicharrón.
Mis manos son para vivir y acariciar.
Él me decía que mis manos eran dos palomas blancas. Él, mi padre, era sastre. Y estas palomas blancas han tenido que cargar piedras para hacer bardas.
Mis manos fueron importantes.
Con mis manos creo y soy rápida.
Cuando era muy pobre mis manos eran limpias y puras.
Tenemos todo.
Podemos palpar la vida.
Gracias manos con artritis y manchitas porque aquí están
Mis manos me dirían cosas maravillosas, que soy una mujer luchadora.
Mis manos hacen buenas cosas
Mis manos construyen

Juntas construyeron un segundo texto, ahora de los pies, sus pies que a diario transitan la geografía del Ajusco  donde hay altas pendientes, árboles grandes, flores silvestres, manadas de perros callejeros, donde antes había manantiales y donde también hay  una creciente violencia. Sus pies como motores de sueños y realizaciones, sus pies como raíces en momentos muy duros, sus pies nos narran historias de esperanza y dignidad.

Fui a traer agua al manantial y me agarró un aguacero caminé una hora descalza en el lodo  para llegar. Me tuve que quitar los zapatos para poder andar.
Estaba afuera de urgencias quería volar, pero sentía pesados los pies y ahí me quedé parada echando raíz,  en ese lugar, mi hijo era una ramita que yo cargaba y mis pies clavados en el pavimento fueron quienes me ayudaron a estar ahí  hasta que vi a la ambulancia llegar.
En mi pueblo no tenía zapatos llevaba comida a la hacienda, corriendo en el monte me caía y me volaba un pedazo de dedo. Yo he sido siempre de maratones, de andar a pie. Mis pies me llevaron al mar, a caminar desde las 5 de la mañana, a caminar la montaña y el río. En las caminatas oía,   ¡échale ganas, Golla!
Hace 30 años en las islas de Ciudad Universitaria caminé  sin zapatos; sentí el pasto, la gente jugando, el sol. Ese día todo era hermoso.
Caminar un montón de subida para llegar.
Mis pies me han llevado a donde quiero ir y también a huir.
Mis pies  son como raíces de pino porque son muy fuertes y  aunque no tenga cartílago le hago la lucha.
Raíces de risas, de dolor y esfuerzo
Los quiero mucho y les digo que me dejen caminar todavía un poquito más.
Les doy las gracias por ser mi apoyo.
Que me den la fortaleza de caminar y correr.
Mis pies son mis consentidos me llevan a todos lados, con ellos voy a donde yo  quiero.

Finalmente miro mis manos, miro mis pies,  me abrazo fuertemente y me lo vuelvo a preguntar… ¿Si los cuerpos  hablaran cuáles serían las historias que contarían? Paremos la oreja, abramos el corazón y permitamos al cuerpo narrar-ser.

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