EL PERREO TAMBIÉN ES POLÍTICO, TRANSGRESOR Y FEMINISTA

¡Dale gordita, baila, no seas tímida!
la vida es corta, no está perdida
…me da coraje andar vestida
cuidado que se quema la tortilla

Pastillas, Ms nina

¿Qué nos da miedo de la sexualidad y todas las prácticas que de ella se desprenden? Pienso en el reggaeton y en la eterna crítica, en loop permanente, que lo tacha de misógino, machista, sexista, vulgar y un gran blá. Y es que sí, claro, existe toda una compleja maquinaria social de restricciones corporales que controlan y limitan el placer y las formas de acceder a él.

El reggaeton y el perreo son una oda a la sexualidad… ¡a una nasty y abiertamente indecente! Y es cierto: parte de una mirada binaria de género; reitera y materializa la heteronorma; funciona como un mecanismo para disciplinar a personas que mantienen el orden de lo masculino y lo femenino. Y sí, de ahí se desprende el pensamiento de que las mujeres siempre son las víctimas.

Pero va mucho-mucho más allá; porque, aunque a veces no parezca, las personas y sus prácticas somos mucho más complejas. Si dejamos de abonar a una conversación maniquea entre lo que está bien y lo que está mal, tal vez logremos dejar de vivir el perreo como un guilty pleasure [desde la victimización y la culpa] y empezar a ver lo que refleja de transgresión y anomalía en los cuerpos para que puedan florecer espacios de libertad.

Lejos de la mirada cosificante (heterosexual y masculina, cof, cof) el perreo es una invitación reflexiva en torno a los mecanismos de opresión que recaen en nuestros cuerpos. Es la oportunidad de preguntarnos por qué no podemos menear el culo en espacios públicos, o por qué me convierto en una puta si lo hago. ¡Carajo!, ¿qué tiene tan poderoso para que su práctica nos escandalice así?

El perreo es un arma. Nos permite relacionarnos con nuestro cuerpo y hacer lo que queramos con él. Como forma de liberación, goce y celebración del cuerpo, produce una sensación de poder en un mundo que castiga el empoderamiento de las corporalidades. Y si partimos de que tanto el reggaeton como el perreo emergen de una división de género heterosexual y normativa, la pregunta es: ¿cómo puede ser verdaderamente transgresor un cuerpo que perrea?

TRASTOCAR LA MATRIZ HETEROSEXUAL DEL PERREO

Cuando digo que el perreo materializa la heteronorma me refiero a que reproduce los modelos corporales fabricados que nos dicen qué partes del cuerpo importan más que otras y que, bajo una lógica reguladora, disciplina a las personas a partir del género (todo lo que nos enseñaron sobre cómo debemos vestir, qué partes de nuestro cuerpo debemos estilizar/mostrar y, la peor: cómo debemos actuar según lo que el mundo espera de nosotrxs). Básicamente, en el perreo, el género representa lo que Foucault llamaría una tecnología política del cuerpo.

Y desde ahí, el booty tiene un papel primordial. Es el espacio del cuerpo en donde se concentran los discursos y las prácticas hegemónicas del género y la sexualidad. Las nalgas están elevadas como mantra en la objetivación del cuerpo de las mujeres que siempre es fragmentado en nalgas-vagina-senos. A lo que refiere Daddy Yankee En la cama, “yo quiero la combi completa / chocha / culo / teta”.

En el perreo, el culo es la representación visual de la objetivación del cuerpo. ¡Es ahí donde se materializan los discursos! La matriz heterosexual se expresa en la forma de perrear de las mujeres (dando la espalda, hasta el piso) y los hombres (que, como dice C. Tangana, “yo bailo quietecito mamá / pongo cara de que no pasa na’ / mientras empujas ese booty pa’ trás”).

¡Pero el perreo también es un espacio no-normado que podemos habitar! Para dinamitar esta hegemonía heterosexual, tenemos que cuestionar las restricciones del uso de los placeres y el cuerpo que, por supuesto, incluye las corporalidades subversivas sodomitas, gordxs y queer. Y así empezar a resignificar la forma en la que movemos el culo.

LA TRANSGRESIÓN DE MENEAR EL CULO

Dentro de las fronteras que determinan el abanico de posibilidades de actuar y vivir el género, la sexualidad y el cuerpo (ajá, esas que tienden a definirnos como hombre-mujer, puta-santa, gordx-flacx, entre otras tantas)… ¿cómo gozar de un acto sexualizado dentro de una cultura tan jodida? Me hace preguntarme: cuando perreo… ¿a quién le pertenece mi perreo?¿Para disfrute de quién lo hago?¿A qué mirada y al consumo de quién o qué abona? pero sobre todo: ¿cómo nos situamos dentro del sistema capitalista y patriarcal que fomenta el consumo de cuerpos y pone el cuerpo sexualizado de las mujeres como objeto de hostilidades?

Sobre ésta última me respondo a mí misma que debería ser como un lugar de placer y amor. Elegir el goce de nuestros cuerpos es y será transgresor en un sistema que está diseñado para oprimirnos y violentarnos. Y, en ese sentido, salta otra pregunta: ¿cuál es la discursividad de las mujeres que perrean y se sitúan en el terreno de la sexualidad?

“Pa’ empezar”, las mujeres deberíamos de ser capaces de sentir placer en nuestros cuerpos. No mover el culo desde la culpa, ni hacerlo desde el entretenimiento ajeno (el masculino, claro). Porque también es un derecho disfrutar nuestro cuerpo (oh sí, hablemos de perrear como derecho) y habitarlo de diferentes formas sin preocuparnos por ser violentadas. Por eso, el culo es también un territorio político y un espacio de resistencia.

¿Podemos mover el culo a un hombre sin que esto signifique que estás invitándolo a tocarlo? Ivy Queen diría que sí, quizá nos recordaría lo que ya dijo en 2003: “Yo quiero bailar / tu quieres sudar / y pegarte a mí, el cuerpo rozar / yo te digo si tú me puedes provocar / eso no quiere decir que pa’ la cama voy”.

YES, PERREO FEMINISTA

Cuando elegimos mover el culo, elegimos la provocación. Pero además trastocamos muchas cosas: es siempre una resistencia al “deber ser”. Y, en muchos sentidos, es una transgresión al “no-ser”. Es decirle al mundo que estamos ahí, que vamos a mover la cola y, además, nos va a gustar.

Perrear es un acto que representa la marginalidad y la transgresión. Cuando nos llaman putas o vulgares es la manifestación de un mecanismo que busca estigmatizarnos y castigarnos, un intento para que regresemos al deber ser.

Pero hay otras formas de significar esta acción. Fannie Sosa es una artista y activista afro-sudaka que reivindica el twerk como una estrategia anticolonial. Con una sola frase de ella podría resumir la forma en la que entiendo el perreo como territorio político: “Pleasure against the machine”.

Ella relaciona (más bien, resignifica) el movimiento del perreo y, más específicamente el twerking, con el movimiento del suelo pélvico que adquiere una dimensión particularmente importante en la vida de las mujeres: “El suelo pélvico es algo que nos da dirección, que nos da presencia y vitalidad, ahí se une lo que proponen estas danzas diaspóricas con medicinas tradicionales como el Ayurveda, que habla del Kundalini, la energía del chacra base, que es una energía que gira entorno al deseo, pero no solamente del deseo sexual, que definitivamente está presente en esas manifestaciones, sino del de deseo de expansión. Entonces, es una danza que tiene que ver con la energía”.

Y me parece verdaderamente liberador entenderlo así: como una vía de conciliación con nuestros cuerpos constreñidos, controlados y sometidos a un régimen de dolor. Y, pues bueno, que las líricas machistas no cambiarán hasta que prendamos fuego a los mandatos de género para poder perrear sin culpa.

Karen Santiago

Chabacana y derechohumanera. Periodista egresada de Polakas.

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