El día en que nació Isabella, su hermana Ximena estaba lista desde temprano apoyando a su mamá, Cecilia Aguilar, que había iniciado trabajo de parto en la madrugada. Prendía inciensos, buscaba toallas, le untaba crema para ayudar a que se relajara y estuvo dentro de la tina con ella hasta que la bebé llegó.

“Yo ya le había dicho que quería una hermanita y ya por fin se me cumplió. Y la verdad sí me sentí muy feliz. Pues así como emocionada. Muchos dicen ‘ay la mía nació en un hospital’, la mía nació en casa y yo lo vi”, presume al responder sobre el hecho de haber presenciado el nacimiento.

Para Cecilia, comerciante independiente, este parto a 11 años del nacimiento por cesárea de su primera hija, fue una experiencia revolucionaria que posiblemente no hubiera vivido de no ser por la pandemia y el miedo a acudir a un hospital.  “Hay más esa cercanía, como que lo sientes más personalizado, más familiarizado. […] Gaby (Zebadúa, su partera), al momento en que le mandábamos mensaje con alguna duda o inquietud en cuestión de cómo iba reaccionando mi cuerpo o ciertas cosas, ella de inmediato regresaba la llamada o respondía el mensaje, entonces eso te hacía sentir respaldada como cuando le marcas a un familiar para decirle me está sucediendo esto y de inmediato te responde. Es una experiencia diferente, definitivamente.”

Martín Escobedo, su esposo, pudo también involucrarse en el nacimiento y vincularse con su paternidad desde otro lugar más activo. Pese a la angustia que le provocó haberse quedado sin gas justo antes de llenar la alberca, se sintió profundamente conmovido: “fue una experiencia nueva, fue impresionante, el ver el cuerpo humano cómo va creando la vida y se ve culminado en el parto, es impresionante, pero también es muy emotivo. Son recuerdos que siempre se van a quedar en la mente.”

Este tipo de situaciones que deberían ser comunes, lamentablemente aún son un privilegio. Son pocas las niñas como Ximena que pueden acompañar un proceso así, en el que su madre tenga completa decisión sobre su cuerpo y la forma en que quiere traer a su bebé al mundo.

Pese a que el contexto tan complicado a nivel mundial debido al virus de Covid-19 podría haber propiciado que más mujeres accedieran a un parto natural en mejores condiciones, esto no ha sido generalizado y es, sin lugar a dudas, un privilegio que no todas las mujeres han tenido en esta época.

Las cifras son sumamente alarmantes. Son aún contadas las mujeres que tienen la posibilidad de vivir un proceso más natural y digno para tener a su bebé. En México, las cirugías representan más del 50% de los nacimientos[1], aún cuando  la Organización Mundial de la Salud sugiere que este porcentaje no sea más alto que el 15%. Falta mucho por avanzar para que cada una de nosotras pueda decidir de qué manera quiere parir, sin importar la prisa que tengan los médicos obstetras ni lo redituable que sea enviar a cesárea a todas las mujeres que sea posible.

Resulta también grave pensar que tengan que usarse conceptos como “parto humanizado” o “parto respetado”, cuando ése debería ser el fundamento común en cualquier proceso de gestar vida. El que las particularidades del contexto de cada una, sus decisiones y el protagonismo de mamá y bebé guíen el parto, tendría que ser una característica primordial y no un calificativo que distinga lo que es bueno de lo que no lo es.

Lamentablemente, al nombrarlo de esta forma seguimos reconociendo el rezago en que vivimos, donde hay otros partos, los no respetados, los no humanizados, los que no honran la sabiduría del cuerpo de la mujer, en los que no se decide con quién estar, ni cómo posicionarse, ni si se quiere ser tocada o no, los que no hacen partícipe a la mujer a través de una información completa respecto a lo que sucede, los que no priorizan el vínculo, el contacto y la cercanía entre ella y bebé.

De ahí que en un país como México, con un retraso tan grave en el sistema de salud en el que más del 20% de la población no cuenta con acceso a los servicios[2], el tener un parto digno sea aún un privilegio,  cuando debiera ser un derecho incuestionable. Motivo por el cual incluso ciertos espacios hospitalarios privados usen conceptos como “respetado” y “humanizado” con fines meramente mercadotécnicos y no con una verdadera vocación de trabajo obstétrico hacia el cambio.

Aquí es donde se vuelve indispensable la labor de las parteras, ya que no sólo trabajan desde tiempos ancestrales en acompañar a las mujeres en sus partos humana y respetuosamente, sino porque además gran parte de ellas enfocan también su lucha en compartir sabiduría con las mujeres en las distintas etapas de nuestra vida, como son la llegada de la menstruación o la menopausia, así como educación para la anticoncepción. Mientras más voz y espacio se dé a estas expertas, más opciones dignas tendremos de atendernos todas las mujeres con respeto a nuestro cuerpo y nuestros ritmos, y más gozosamente nos habitaremos en cada una de las fases de nuestra existencia.

Tras un parto en casa apoyado con partera, con una recuperación rápida comparada con su primera experiencia, Cecilia reflexiona sobre las pocas opciones que tenemos las mujeres en México para decidir: “Yo creo que hay muy poca información, porque de pronto confías en el médico que te está tratando y si el médico te dice “es que trae una circular, tiene que ser cesárea”, pues tú confías en el médico que te está atendiendo. Fue el caso que tuve yo con mi niña (Ximena), entonces pues te alarmas y dices tú eres el profesional, si me estás diciendo que es cesárea, es cesárea.”

Frente a un sistema médico que se empeña en lucrar con nuestros cuerpos, que nos inculca el miedo en lugar del autoconocimiento, es imprescindible el enfocar toda la energía posible en lograr que las mujeres realmente tengamos la información, los espacios y el derecho de atendernos donde decidamos y de vivirnos como elijamos. Que Ximena haya podido presenciar el parto de su madre es sin duda un hermoso y alentador paso hacia que nuestros cuerpos y nuestros procesos sean cada vez menos tabú, a que las nuevas infancias se vivan más libres, más plenas y más conscientes.

“Los bebés de la pandemia” es un proyecto que retrata labores de parto en casa en la Ciudad de México, de mujeres que no sólo parieron durante esta época sino que también se embarazaron en la misma, en un periodo de tiempo que duró lo suficiente para que estos bebés tuvieran todo su proceso de gestación. Tras ese pretexto, surge lo verdaderamente importante: reflexionar en torno al hecho de que las mujeres podemos dar a luz con la ayuda de parteras en condiciones saludables y mucho más respetuosas y humanas, hecho negado constantemente por un sistema médico que se beneficia de hacer cirugías innecesarias.

Estas imágenes, desde estos espacios de confianza y amor, buscan enviar un mensaje directo a todas las mujeres que hemos sido maltratadas por el sistema de salud (no sólo al parir), para recordarnos que otra forma de habitarnos y dar a luz -cuando lo deseamos- es posible y para invitarnos a luchar cada día porque el respeto y la humanización no sean más un calificativo que haya que añadir al parto, sino una característica natural del mismo.

*Las fotografías son parte del proyecto “Los bebés de la pandemia” apoyado por National Geographic Society.

[1] Hasta 2018, se reportaba un porcentaje de cesáreas del 45%, cifra que durante la pandemia superó el 50% según datos del Subsistema de Información sobre Nacimientos [https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/aproposito/2020/madre2020_Nal.pdf] y Subsistema de Información sobre Nacimientos de la Secretaría de Salud, citados por Itxaro Arteta, Animal Político https://mujeres-covid-mexico.animalpolitico.com/aumento-cesareas-sin-opcion

[2] https://www.coneval.org.mx/Medicion/MP/Paginas/Pobreza-2018.aspx

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