Desde 2007, tras el VII Encuentro Lésbico Feminista de Latinoamérica y el Caribe realizado en Chile, cada 13 de octubre celebramos la desobediencia de las lesbianas que no sólo resisten, sino que destruyen día a día un sistema patriarcal y misógino.

Queremos festejar el Día de las Rebeldías Lésbicas a través de la vida y algunas reflexiones de 4 feministas que transforman el mundo desde Abya Yala. 

Y ¿Qué significa Abya Yala? 

La cultura kuna, pueblo originario que habita en Colombia y Panamá, sostiene que la tierra tiene 4 etapas históricas: Kualagum Yala, Tagargun Yala, Tinya Yala y Abya Yala. A cada una le corresponde un nombre distinto de lo que mucho tiempo después se le reconoció popularmente como el Continente Americano. 

El último nombre, Abya Yala, significa territorio salvado, preferido, querido por Paba y Nana, quienes en el universo kuna crearon a la Madre tierra. Significa también tierra madura, tierra de sangre; “Abe” quiere decir “sangre”, y “Ala”, un espacio, un territorio que viene de la Madre Grande. Y es por eso que hoy nombramos Abya Yala en lugar de Latinoamérica para resignificar al territorio como símbolo de identidad y respeto por la tierra que habitamos.

1.- Gloria Anzaldúa

La Chicana, la new mestiza. Nació en Texas en 1942, proveniente de una familia obrera méxico-americana. Fue una importante escritora y teórica del feminismo decolonial, y en sus obras reflexiona sobre las relaciones entre cuerpo, raza y género. “Borderlands/La Frontera”, publicada en 1987, es una de sus piezas más importantes.

El pensamiento de Anzaldúa está asentado en la categoría “frontera”, que va más allá de un lugar geográfico y que se redefine como una “herida abierta” que marca el cuerpo colonizado, esa grieta de marginación y violencia por la cual también se cuela una posibilidad política de transformación social.  

Para la mujer lesbiana de color, la rebelión última que puede llavar a cabo contra su cultura de origen es por medio de su comportamiento sexual. Se vuelve contra dos prohibiciones morales: la sexualidad y la homosexualidad. Lesbiana criada en la religión católica y adoctrinada como heterosexual, yo elegí ser queer (Borderlands, 1987)

2.- Dorotea Gómez Grijalva

Mujer Maya k´iche, maestra en Antropología social. Vivió gran parte de su infancia y adolescencia en Guatemala durante el conflicto armado de 1960 y 1996. 

En su libro “Mi cuerpo es un territorio político”, reflexiona sobre el ser mujer atravesada por circunstancias de racismo, clasismo y violencia. Para ella su cuestionar inicia al seguir sus deseos de estudiar y no de cumplir los cánones que le son impuestos por su condición (marido, familia) y al no ser cuerpo para otros, sino habitar para sí misma cada recoveco de su propio ser.

Considero mi cuerpo como el territorio político que en este espacio-tiempo puedo realmente habitar, a partir de mi decisión de repensarme y de construir una historia propia desde una postura reflexiva, crítica y constructiva [...] reconozco a mi cuerpo como un territorio con historia, memoria y conocimientos, tanto ancestrales como propios de mi historia personal (Mi cuerpo es un territorio político, 2012)

En este libro, que resulta en una autobiografía crítica, redacta años de consultas médicas y terapias a las que asistió para tratar innumerables dolencias que vivió desde niña, y es muy poderoso saber que encuentra la calma cuando pudo vincular esos dolores físicos con las situaciones de extrema violencia en las que estuvo inmersa su comunidad maya desde antes de su nacimiento. Y es especialmente poderoso cuando pudo nombrarlas.

Dorotea nos acerca a pensar cómo habitar nuestros cuerpos y hacer presente la conciencia de lo que duele, lo injusto y lo que queremos cuidar al asumir el cuerpo como un territorio político.

Decidí asumirme y vivirme lesbiana feminista, porque para mí ser lesbiana adquirió un significado especial en mi opción política y espiritual, de apostarle a la descolonización patriarcal desde mi cuerpo y mi sexualidad (Mi cuerpo es un territorio político, 2012)

3.- Ochy Curiel

Rosa Ynés (Ochy) Curiel Pichardo nació en 1967 en República Dominicana. Es una importante representante del feminismo autónomo y decolonial, activista del movimiento antiracista, lésbico-feminista latinoamericano y caribeño, e integrante fundadora de GLEFAS.

Para Ochy Curiel, la descolonización es una práctica de construcción de pensamiento propio que deviene de experiencias de vida específicas. En sus aportes sugiere que retomar los postulados de las afrofeministas, chicanas y lesbianas radicales, así como repensarlos en un determinado contexto, es imprescindible para cuestionar y anular la universalidad que caracteriza al pensamiento occidental.

Yo me posiciono entonces desde el feminismo antirracista, del lesbianismo feminista y del movimiento autónomo, y creo que eso no es casual. Yo siempre digo que no es casual que la mayoría de las autónomas seamos lesbianas feministas o que tengamos una posición antirracista, porque es desde estas posiciones que se puede articular un feminismo contrahegemónico y crítico.

4.- Norma Mogrovejo

Nació en un pueblo quechua y a los 14 migró con su familia a Arequipa, una ciudad conservadora de Perú donde, en sus palabras, se nombró feminista y también lesbiana, y a los 28 años se exilió en México “porque las mujeres no encontrábamos forma de vivir fuera de la heterosexualidad sin riesgos. En México encontré una comunidad de referencia donde vivo mi cuerpa lesbiana con entusiasmo”. 

Es profesora investigadora en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México donde reflexiona sobre los modelos civilizatorios que han impuesto cuerpos, pensamientos y obediencia, y también sobre las formas de construir comunidades estratégicas fuera del mandato estado/nación/heterosexualidad/clase/raza. 

Algunos de sus libros son: Un amor que se atrevió a decir su nombre, La lucha de las lesbianas y su relacion con el movimiento homosexual y feminista en America Latina, Desobedientes. Experiencias y reflexiones sobre poliamor, relaciones abiertas y sexo casual entre lesbianas latinoamaericanas, Disidencia sexual e identidades sexuales y genéricas, entre otros.  

En “Un amor que se atrevió a decir su nombre. La lucha de las lesbianas y su relación con el movimiento homosexual y feminista en America Latina”, documenta valientemente a través de la historia oral. Es un libro analítico e historiográfico que reseña el proceso por el cual la psiquiatría, la medicina y el psicoanálisis, contribuyeron a estigmatizar, patologizar y criminalizar toda disidencia sexual. Norma nos demuestra la importancia de la labor de narrar como parte de la vida social, política y amorosa.

Las rebeldías lésbicas las habitamos, construimos y narramos todos los días mientras resistimos a un sistema misógino y patriarcal. Sin duda, estas y muchas otras mujeres rebeldes, han transformado nuestros modos de ver, entender y habitar el mundo, un ejercicio pendiente que nos permite reconocer la historicidad del pensamiento feminista desde el Abya Yala.

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