La discusión en torno al retiro de la estatua de Cristóbal Colón del Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México volvió a poner sobre la mesa la reflexión sobre los monumentos, la conmemoración, y el significado que tienen este tipo de imágenes en el espacio público.

Por una parte, ha permitido abrir las conversaciones en torno a la violencia colonial que persiste a través de este tipo de estatuas y memoriales, así como cuestionar quiénes han tenido el poder para decidir quiénes son héroes dignos de ser inmortalizados y qué dice de estos grupos en el poder.

En contraste, los movimientos de derecha han utilizado estos cuestionamientos para denunciar una supuesta persecución en contra de la herencia hispana/europea, argumentando que la remoción de estos monumentos es un acto de censura de origen reciente. Por ello, vale la pena poner en contexto la discusión para comprender la importancia que tiene mover este tipo de monumentos de sus pedestales.

Pensemos en Cristóbal Colón como punto de partida. En la escuela nos enseñan que fue un gran explorador, que “descubrió” el continente americano y que fue un pionero en su época; pero la educación pública no nos habla de la manera en la que esclavizó masivamente a la población indígena del Caribe.

De acuerdo con el historiador Andrés Reséndiz, en 1495 Colón inauguró la ruta de trata trasatlántica por la que  posteriormente pasarían millones de personas africanas secuestradas y esclavizadas. Llevó a 550 personas indígenas de la isla conocida como La Española, hacinadas en cuatro navíos para ser vendidas en esclavitud en España.

El gran interés de Colón en la esclavitud provenía de de sus negociaciones con los reyes católicos: se decidió que el navegante tendría derecho a casi una cuarta parte del las ganancias obtenidas del intercmabio comercial que ocurriera entre el imperio español y (lo que Colón creía que era) Oriente. Rápidamente exterminó a la mayoría de la población de estas islas debido a la brutalidad del trabajo, maltrato y hambruna a la que les sometió (junto con otros españoles) en aras de su obsesión por conseguir oro.

A partir de este momento histórico se construyeron los sistemas de opresión que continúan beneficiando a una minoría en la cúspide racial y socioeconómica de la región, a costa de las vidas y bienestar de los grupos oprimidos. Por ello, mientras que para la élite un monumento a Colón representa un recordatorio del comienzo de su dominio en este territorio, para una persona perteneciente a una comunidad indígena o afrodescendiente, el conquistador representa el comienzo de siglos de violencia, genocidio, explotación, como un recordatorio constante de la opresión a la que nos enfrentamos hasta hoy. Es por eso que la remoción de este tipo de símbolos también representa el hartazgo de las personas oprimidas, es una forma de resistencia, así como de voluntad para desmantelar el neocolonialismo e imaginar otros futuros posibles libres de opresión.

El problema con el pensamiento colonizador es que asume que este tipo de acciones pretenden reproducir la violencia que ellos han ejercido hacia las personas racializadas desde hace cientos de años, es decir, piensan que el objetivo de estas acciones es destruir la cultura, lengua, tradiciones e identidad hispanas/europeas. Por el contrario, estos actos se enfrentan a la imposición de una cultura y lengua y la manera en la que han justificado las formas de violencia colonial en todas sus expresiones.

Este tipo de acciones tampoco son un hecho reciente; basta recordar cómo en 1992 un grupo de personas tseltales derribó la estatua de Diego de Mazariegos, el conquistador que fundó Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. De acuerdo con Mariano, uno de los hombres que participó en la acción, dicha estatua fue derribada para conmemorar los 500 años de resistencia indígena y popular, así como protesta por la represión, puesto que la imagen de Mazariegos era un “símbolo de la conquista, el colonialismo, la explotación el racismo y el saqueo”. De esta manera, la lucha anti-colonial pretende reclamar el espacio público que le ha sido negado a las personas racializadas para que podamos representarnos en estos espacios de manera digna.

Ahora bien, la respuesta gubernamental en torno al monumento a Colón en la Ciudad de México tampoco respondió a los deseos o intenciones de las personas racializadas que habitan aquel espacio. En su lugar, propusieron instalar un monumento a “las mujeres indígenas” –– en teoría una mujer olmeca, pero el nombre de la escultura es de origen náhuatl, cuyo autor es un hombre blanco. Cabe señalar, en primer lugar, que la propuesta de introducir un monumento a “la mujer indígena” como ente abstracto, una cabeza sin identidad específica, continúa los discursos del mestizaje que conforman el nacionalismo mexicano. En lugar de reconocer a una mujer o comunidad en específico, se le retrata de manera abstracta pues es considerada como una “raíz”, como el origen de las personas mexicanas en lugar de mujeres que existen y resisten en la actualidad. Asimismo, considerando que la obra se comisionó a un artista hombre que no pertenece a una nación indígena, también se encuentra el engaño que representan los discursos actuales que constituyen la representación como la meta de antirracismo o decolonialidad.

¿De qué nos sirve a las mujeres racializadas que nos retraten en espacios públicos si nosotras no tenemos el derecho a mostrarnos y nombrarnos en nuestros propios términos?

Las mujeres indígenas han sido instrumentalizadas por la mirada blanca como misteriosos seres dóciles y sumisos. Pensar en una imagen que homogeniza la experiencia de todas las mujeres indígenas en México no sólo resulta simplista, sino perpetúa los discursos racistas que han persistido desde la colonización: asume que esa es la manera en la que ellas se conciben a sí mismas, que esa es la forma en la que quieren ser vistas en los espacios de poder. Es una iniciativa más que pretende asimilar a las naciones indígenas a través de gestos que supuestamente les honran.

Por ello, es fundamental escuchar las críticas que han hecho mujeres que pertenecen a naciones originarias en lo que ahora es México en lugar de continuar con las lógicas colonialistas que “hablan por las que no tienen voz”. Asimismo, es fundamental continuar la conversación en torno a los memoriales e ir más allá de los discursos paternalistas y condescendientes. ¿Qué eventos quieren conmemorar las naciones indígenas que habitan la Ciudad de México? ¿debemos pensar en memoriales de hechos históricos que ocurrieron en el resto del país? Es tan válido exigir que el control de monumentos y memoriales esté a cargo de personas que formen parte de las comunidades que buscan preservar su memoria colectiva en el espacio público y  problematizar el hecho que se ponga mayor atención en los actos simbólicos y de representación, como de buscar generar políticas que beneficien a estas poblaciones históricamente violentadas.

Estos debates han estado muy presentes en las redes sociales y, aunque estas plataformas no son medios accesibles para la mayor parte de la población, se han vuelto una herramienta útil para cuestionar públicamente las maneras en las que se representa a comunidades racializadas (por lo general sin nuestra participación ni consentimiento). ¿Cómo hacer que estos diálogos puedan repercutir en las decisiones en torno al uso del espacio público?

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