Texto: Andrea Aldana
Foto: Luis Bernardo Cano

El mercado ilegal que está tomando más fuerza en la frontera colombo venezolana es la trata de personas con fines de explotación sexual, y las migrantes venezolanas son las principales víctimas. Ellas huyen de su país para salvar la vida y en Colombia terminan encontrando la muerte: las violan, maltratan, caen en redes de trata, las desaparecen o asesinan; grupos armados e integrantes de las fuerzas de seguridad de ambos países hicieron de ellas un botín.

—Solo pude escuchar una mujer gritando, pero de una manera horrible. Decía “auxiliooo, auxiliooo”. Pegaba unos gritos tan horribles. Mira, a mí se me salieron las lágrimas. Yo me puse a sudar frío, me agarraba el cabello y le decía a las otras: “¿Qué le está pasando a esa muchacha de allá?”. Ellas me decían: “Quédate callada, no digas nada. Quédate callada, no digas nada. Si él te escucha, te van a pasar para allá”.

—Pero… ¿Y esa mujer? ¿Qué le pasó a esa mujer?

—La estaban violando. Eso se llama violación. Eso es violación y yo le tengo miedo a…

Verónica estaba a punto de decir: “La estaban violando, no solamente uno sino todos los de la trocha. El principal, el que manda en la trocha, es el primero en abusar; después vienen todos los demás”. También iba a decir: “Le tengo miedo a Migración”. Autoridad colombiana encargada del control migratorio. Le huyen, cuenta Verónica —y otras diez chicas entrevistadas— porque sus funcionarios —que también pueden ejercer como policía judicial— las capturan, las golpean, las montan en camiones oficiales y luego se las llevan y las “tiran en esos sitios”. Y, aunque saben que los cuerpos de estas mujeres pueden ser violados cuando cruzan estos pasos ilegales, agrega Verónica: “nos rompen el carnet fronterizo para obligarnos a pasar por esas trochas”.

Está a punto de contar cosas aún más dramáticas pero un llanto fuerte e imprevisto, como el sonido de un vaso que se quiebra, interrumpe la entrevista. Sobresaltada, giro y veo que una mujer alcanza la puerta y, tras un portazo, abandona el salón en el que estamos grabando. Es Gabriela. La quinta chica en la lista de entrevistas. No hemos hablado aún y ahora está desconsolada al otro lado de la pared. No entiendo. Miro a las demás chicas, miro al camarógrafo. Pasan segundos antes de darme cuenta de que estoy bajo un ataque de bruxismo. O tal vez sí entiendo, pero tengo miedo de acertar.

Damos «stop» a la cámara y la imagen de Verónica queda estática en la pantalla y, con el mismo paso dudoso con el que uno se acerca a ver qué fue lo que quebró ese vaso, camino hacia la puerta a ver qué pasó. Estamos haciendo un reportaje sobre víctimas de explotación sexual y trata de personas en la frontera colombo venezolana y dos chicas de una organización social por los derechos de las migrantes, me acompañan. Una de ellas me toma por el brazo e inclina su cabeza muy cerca para que solo yo pueda oír:

—Es Gabriela. No soportó el testimonio de Verónica. Gabriela fue violada en una trocha.

“Fue violada”. Salgo y veo que Gabriela está sentada en el piso. Llora. La rompieron por dentro. Me pongo de cuclillas a su lado. Tomo su mano izquierda y aprieto fuerte. Es otro cristal roto.

Gabriela tuvo que elegir. Hay un mundo en el que las mujeres tienen que elegir entre dejarse violar por siete hombres o desaparecer. No es una metáfora. Hablo de desaparición forzada.

—Te dicen, pue’, que ya sabes lo que te toca. Dicen: “Si usted colabora, usted se devuelve o para Colombia o para Venezuela, para donde usted quiera, pero si usted no colabora, usted no vuelve a aparecer más».

—¿Te dijeron eso?

—Sí.

—…

—Y entonces… Ahí te llevan a un lugar y tienes que estar con todos y cuando tú medio empiezas a gritar… Te sacan los cuchillos.

La voz le tiembla. Para tres segundos. Gabriela mira al suelo, inhala profundo y continúa.

—Son lo más desechable, las personas más asquerosas… Y si tú no gritas mucho y colaboras y no los golpeas ni nada, y haces el sexo con ellos, ahí sí ellos te preguntan que si te vas a devolver o te vas a ir. Y te dicen que no puedes decir nada: “piense en su familia”.

—¿Amenazaron a tu familia?

—Sí… Eso le ha pasado a muchas mujeres, a muchas venezolanas.

—¿Esto pasa a diario, Gaby?

—Sí, ese día yo me salvé y como tres más. Pero hubo otras dos que las metieron más hacia adentro, allá bien adentro, y más nunca las hemos visto. Han desaparecido muchas mujeres en esa trocha.

El 19 de agosto de 2015 dos hombres motorizados dispararon hacia cuatro sujetos en San Antonio del Táchira, municipio limítrofe con Colombia. Los hombres, al parecer, ejecutaban un operativo anticontrabando cuando recibieron las balas de fusil. Todos murieron, y tres de ellos eran integrantes de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, la Fanb. Al día siguiente, Nicolás Maduro dijo: “Los atentados contra la Fanb se suman a una cadena de hechos contra el pueblo de la frontera tachirense y zuliana”. Y, en resumen, agregó que la inseguridad de estas zonas era culpa de la migración de paramilitares colombianos a Venezuela. Por lo que ordenó “tomar medidas extraordinarias” para acabar con “la peste paramilitar”. ¿Las medidas? Allanamientos, capturas, deportaciones, estado de excepción en cinco municipios fronterizos a partir del 21 y cierre de fronteras.

Tres días después, el 24 de agosto, las autoridades venezolanas presentaron los resultados de una de las mayores crisis diplomática entre la vecindad colombo venezolana durante el último lustro: 1.012 colombianos deportados y 10 supuestos paramilitares capturados. Podría decirse “Mucho ruido y pocas nueces”, pero el 27 del mismo mes, El Nuevo Herald publicó que las medidas del presidente Maduro eran castigo por las extradiciones que aprobó el presidente colombiano Juan Manuel Santos, a finales de julio y en agosto, de Gersaín Viáfara Mina y Óscar Hernando Giraldo Gómez, dos presuntos narcotraficantes que trabajarían con el “Cartel de Los Soles”, cartel de drogas venezolano que, se presume, es operado por militares de alto rango y dirigentes del chavismo. Nueces es lo que hubo en esas crisis.

En consecuencia, las medidas resultaron no extraordinarias sino extremas y ya van cinco años del cierre indefinido de fronteras del área metropolitana de Cúcuta. Y un lustro del cogobierno criminal que se instaló bajo esos puentes internacionales: varias estructuras criminales —doce identificadas, según Fundación Progresar— se hicieron del control de los 52 pasos ilegales detectados por la policía en los 43 kilómetros fronterizos.

Desde allí controlan cinco rentas: narcotráfico, contrabando, armas, gasolina y, una de los más rentables, tráfico de personas.  Toda persona que cruce por esas trochas debe pagar 25 mil pesos —casi 7 dólares— a los ilegales. Si es un hombre el que intenta el cruce y no tiene dinero, lo más probable es que lo golpeen, lo saqueen, pero le permiten volver; si es una mujer, no. La devoran. La someten a que una jauría de tipos armados la violen a cambio de no desaparecer.

Y los casos se han ido acumulando: según el Instituto Nacional de Medicina Legal, 88 mujeres fueron reportadas como desaparecidas en el año 2015 en el área metropolitana de Cúcuta y 87 en 2016. 2017 registró 78 casos y 2018, 70 desapariciones más. La estadística no diferencia si fue desaparición forzada o no. Pero las autoridades de esta entidad en Cúcuta fueron generosas con los datos y entregaron un reporte con información detallada de cada desaparición. En el reporte figuran los relatos de los denunciantes y se encuentran este tipo de testimonios:

«Mi hija se iba a venir a mirar al hijo y a traernos mercado. Como a las 7 o 8 de la mañana, mi hija me llamó. Me dijo que la esperara en el puente de La Parada para que la ayudara a pasar las cosas que ella iba a traer, que llegaba más o menos a las 2 de la tarde al puente. Cuando me encontraba en el puente, como a las 2 de la tarde, me llegan dos mensajes al WhatsApp donde en un audio mi hija me dice: “Papá, me quitaron todo. Cuídeme al niño, le estoy mandando este mensaje porque tengo el celular escondido. Me llevan amarrada y no sé para dónde”. Eso fue lo último que me dijo, que la llevaban secuestrada y que no sabía para dónde. Desde ese momento no tenemos más conocimiento de mi hija, ya el celular suena apagado».

Los relatos de los denunciantes son parecidos y en casi todos se lee que fue una “hija” la que no volvió a aparecer, a veces es una “hermana”.

En 2019, y según un informe de la Red Departamental de Defensores de Derechos Humanos (Corporeddeh), soportado en datos del Instituto de Medicina Legal y Policía del Área Metropolitana de Cúcuta, la cifra se precisó: ese año, el número de mujeres víctimas de “desaparición presuntamente forzada” fue 43.

Ciudad Juárez en Cúcuta.

Gabriela sigue tirada en el suelo, parece que toda fuerza la abandonó, sigo sosteniendo su mano. Un camarero del hotel llega al pasillo donde estamos y, viéndola llorar en el suelo, pregunta: “¿Les falta mucho?”. Y un segundo después advierte: “Ya casi deben entregar el salón”. Y se queda ahí. Gabriela lo mira con profundo desdén. Entonces se limpia las lágrimas con sus larguísimas uñas pintadas de rosa escarcha y dorado, se levanta y, cuando estoy segura de que va a responder con toda la rabia acumulada, dice: “Discúlpeme, señor. Fue mi culpa, yo demoré todo. Ya casi vamos a terminar. Por favor, regálenos un momento más. Le prometo que ya vamos a terminar”. El hombre la escucha, asiente, da media vuelta y se va.

Le digo que no tiene que hablarme si no quiere, ella responde que quiere.

—Yo quiero que se sepa lo que pasa en esas trochas. De pronto una persona escucha y se salva.

Las trochas más peligrosas quedan en dos sectores: las que conectan a San Antonio del Táchira con La Parada, sector de Villa del Rosario, municipio del área metropolitana de Cúcuta; y las que conectan al municipio venezolano de Ureña directamente con un barrio cucuteño llamado El Escobal.

Todas dicen que es más peligroso este último, por eso prefieren entrar a Colombia por San Antonio. En una de las trochas de Ureña, siete hombres violaron a Gabriela.

—No te hacen todas las cochinadas de una. Ellos esperan a que pasen varias mujeres y van acumulando unas, y te dejan ahí, te dicen que esperes ahí. Y ya en la tarde, unos hombres caratapada vienen con unos cuchillos y te llevan. Lo meten a uno bien adentro de la trocha, como en el monte. Y ahí es donde le dicen a uno que si uno no colabora, no vuelve a aparecer.

Verónica también mencionó a los “caratapada”, dijo que el día que estaban violando a la mujer que gritaba auxilio, ella los vio: “Yo me asomé por encima del puente y los vi, estaban ahí abajo, como escondidos en unos matorrales. Eran varios”. También mencionó que les vio unos cuchillos. Y luego dijo que los vio hablando con la policía.

—¿Policía colombiana o venezolana?

—Las dos. Por eso digo que eso es como un negocio. Ese día yo vi guardias venezolanos y policías colombianos hablando con esos hombres.

—¿Tú crees que Migración y las autoridades saben que a las mujeres las violan ahí?

—Sí, yo digo que sí, porque eso es negocio, porque lo que yo vi ahí, en ese momento, es negocio. Yo le temo mucho a Migración.

—¿Vives con miedo?

—Sí. Yo me paro todos los días y le pido a Dios un día más.

—¿Pero tú piensas que en cualquier momento puedes morir por estar acá, haciendo esto?

—Sí, mami, sí. Porque yo tenía unas amigas y ellas se fueron para un sitio, se las llevaron para un negocio. Yo le dije a una que no se fuera a ir y ella me dijo, ‘yo me voy a ir porque yo tengo tres niños en Venezuela, tengo que mandarles comida, las cosas, los remedios’, y se fue. Y nunca llegó. A los días me enteré que la desaparecieron, y no supe más nada de ella.

—¿La conociste acá?

—Sí, en el trabajo, en el parque Mercedes. Ella se fue por su propia voluntad, pue’. Le pagaron su pasaje, de todo, que le iban a dar desayuno, almuerzo y cena, que iba a salir los lunes a ver sus hijos. Los primeros días yo tenía contacto con ella del teléfono de una amiga, ella decía que no podía tener teléfono porque supuestamente el dueño, el jefe, no permitía. Me escribía desde números diferentes y me decía: “yo estoy bien, tranquila, yo estoy bien”. Hasta que me enteré que ella se quería escapar, pero no se pudo escapar y la desaparecieron.

—¿Y quién te dijo que la habían desaparecido?

—Otra muchacha que sí se pudo escapar, que también estaba con ella. Ella se pudo escapar y llegó golpeada, llegó morada, rasguñada, hasta apuñalada y todo. Llegó así al parque Mercedes. Desnuda, descalza, cortada. Ella sí se pudo escapar, pero la otra muchacha no.

En los relatos que recoge el reporte de Medicina Legal, el documento generoso con los datos, varias denuncias de desaparición se repiten: mujeres a las que les ofrecen un trabajo fuera de Cúcuta —para cuidar niños, para cuidar ancianos, cocinar o ser guías turísticas—. Y los destinos a los que parten también coinciden: Arauca, Puerto Santander, Bucaramanga y Santa Marta. Las chicas desaparecidas responden al mismo patrón: los primeros días tiene diálogo con sus familias por WhatsApp y, de repente, no responden, bloquean los contactos o desactivan los números. Lo mismo ocurre en Facebook, que es por donde la mayoría de los familiares denunciantes intentan rastrearlas: bloquean, no vuelven a contestar, no vuelven a aparecer.

A la trata la caracterizan cuatro verbos rectores: captar, trasladar, acoger o recibir a una persona, dentro del territorio nacional o hacia el exterior, con fines de explotación. Es decir, la trata significa comercio. Como lo explica Liliana Forero Montoya, consultora en temas de violencia sexual: “Tratar es comerciar. Se suele confundir con secuestrar, con estafar, engañar a una persona para algo, pero no. La trata es simplemente captar a una persona, es decir, invitarla a una forma de explotación. Trasladarla o acogerla con el mismo fin. Y existen diferentes formas de explotación: sexual, laboral, extracción de órganos. El delito de trata se crea a nivel internacional para evitar que los seres humanos sean tratados como mercancía”. Pero lo que parece tan claro bajo las palabras de Forero, no lo es para quien está obligado a prevenir. Las autoridades, en especial en la frontera, parecen no entender que solo se requiere incurrir en un verbo rector para que se configure el delito.

El mercado ilegal que está tomando más fuerza en la frontera colombo venezolana es la trata de personas con fines de explotación sexual, y las migrantes venezolanas son las principales víctimas. A finales de 2019, el gobierno reveló que eran 615 casos de este delito en los últimos seis años y entre los lugares más afectados no figuró la frontera. Las alarmas se prendieron en Valle del Cauca, Antioquia y Bogotá. Forero explica que esto ocurre “porque ahí están los principales aeropuertos internacionales. Colombia es un país negacionista de la trata, visibiliza aquellas víctimas que ya detectaron en el exterior, que llegan a Colombia y aquí empieza la ruta de atención, que está pensada solo para víctimas colombianas que fueron tratadas en el exterior. Pero no ve la trata interna, mucho menos la trata de personas migrantes que entran por las diferentes fronteras”.

Para abril de 2019, según un informe que difundió el Banco Mundial, 3,7 millones de personas habían abandonado Venezuela, de estas, 1 millón 200 mil estaban en territorio colombiano. Las migrantes huyen para salvar la vida y en Colombia terminan encontrando la muerte: las violan, maltratan, caen en redes de trata, las desaparecen o asesinan; grupos armados e integrantes de autoridades hicieron de ellas un botín.

Es de noche. Algunas se han ido en taxi y a las que quedan ofrezco llevarlas de regreso al parque Mercedes Ábrego, el sitio que concentra gran parte de la prostitución en Cúcuta y a la mayoría de migrantes víctimas de trata y explotación sexual: todas viven en ese sector. Desde el centro de la plazoleta, quince minutos después de separarnos, veo a Gabriela alejarse. Supongo que está cansada y se quiere ir a dormir.

De pronto, un carro negro desacelera cuando la ve y se le hace a un lado. Algo le dice el conductor, ella ladea un poco la cabeza para escuchar y luego levanta un brazo y señala alguna dirección frente ella. Sigue caminando pero el carro no se va. Se le ve cansada. Lloró todo el día. Escupió, con asco y con furia, la historia de su violación. El conductor insiste. Entonces ella frena, inhala profundo, se voltea del todo hacia el piloto y, doblando su cuerpo hasta posar sus codos en la ventanilla del conductor, sostiene una conversación. No sé qué hablaron, fue rápido. Gabriela se levanta, el carro permanece quieto, ella lo bordea por el frente y llega hasta la puerta del copiloto. Parece que va a abrir la puerta pero antes mira hacia su derecha, hacia su izquierda y, por último, posa su mirada al frente, hacia el parque, donde estamos nosotros. La observo y siento que ella me observa, después me doy cuenta de que no. Solo busca un par de ojos amigos que sirvan de testigo de lo que está a punto de hacer, que la vean por última vez. Abre la puerta, se monta en el carro y se van.

¿Qué dirán de Gabriela si un día aparece muerta?

Al menos yo diré que era buena, que intentó sobrevivir en un camino brutal.

Este artículo fue producido en el marco del Laboratorio de Periodismo Situado