LA MIRADA DE CARMEN MONDRAGÓN, NAHUI OLIN

María del Carmen Mondragón Valseca (1893-1978) representa un desafío no sólo para las miradas de la sociedad que la vio nacer y constituirse como creadora, como mujer independiente y liberada, sino también para las lecturas y relecturas que sobre ella y su arte se han elaborado.

Mucho se ha hablado de su avasalladora belleza, de la deslumbrante profundidad de sus ojos constreñidos en una feminidad que busca enmudecerla pero nunca lo logra. Mondragón ha sido blanco de innumerables disertaciones que acordes a los códigos morales imperantes en el México de la segunda década del siglo pasado, la han descrito como una mujer cuyo incontrolable ímpetu por darle rienda suelta a su “naturaleza” sexual, la convirtió en responsable de su propio abandono e invisibilización, obligada a terminar sus días sola, deambulando por las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México.

En esta figura mítica que se ha construido sobre Nahui Olin parece haber reminiscencias del arte decadentista del XIX, cuya principal motivación, hace explícito el miedo, pero sobre todo la aversión hacia cualquier indicio de que las mujeres cuestionen los roles de género que les son asignados.

Es, en estas versiones y miradas masculinistas y el rescate de personajes mitológicos como Medea, por ejemplo, -quien en un ataque de celos y locura provocados por la infidelidad de Jasón, asesinó a su hijo e hija-, donde podemos encontrar una analogía y es que, ¿qué puede haber peor que una madre llevando a cabo un parricidio? Está por demás decir que Carmen Mondragón ha sido acusada también de este delito, claro, hasta el momento sin ninguna prueba.

Estos universos discursivos requieren mirarse con otros ojos, incluso en algunos casos, tirarles una cerilla; y aunque la actividad creativa de Mondragón data de hace más de una centuria, resulta imprescindible nombrarla, renombrarla, hacer resonar una voz que busca más incomodar que obtener aprobación.

fotografías por: Sofía Ontiveros

Hacer eco del legado artístico de Carmen Mondragón es el principal objetivo de la exposición Nahui Olin. La Mirada Infinita del Museo Nacional de Arte, recinto ubicado en la legendaria avenida Tacuba de la CDMX. La muestra representa un esfuerzo por desmitificar su figura y acceder a ella por medio de su auto representación. Aquí Mondragón, deja de ser pensada como un satélite que gira en torno a figuras masculinas, para moverse alrededor de sus propios deseos y búsquedas, enmarcadas en un vaivén entre la literatura poética y científica, la caricatura, la pintura y actos performativos que procuran parte importante de su autoafirmación.

La muestra hace un recorrido por la vida la artista, las temporadas en París, en la Ciudad de México, la constante inquietud por formar parte activa en diversos grupos culturales de la época, sin embargo, se hace un énfasis especial en Nahui como una precursora del uso de su cuerpo como medio de expresión, -es principalmente en las sesiones fotográficas donde tomó conciencia de su participación en la imagen y lo considera un ejercicio creativo personal-. Este hecho es por demás relevante, ya que es la primera vez que la propuesta es romper con la figura de la musa, la que inspira el “arte más sublime”, para convertirse en la generadora de sus propias representaciones. Es así como Mondragón se sube a la tribuna de la historia.

fotografías por: Sofía Ontiveros

Diversos medios ocupó Nahui Olin para hacer una poesía original a partir de su propia corporalidad, un cuerpo que no aceptaba objeciones, siempre cambiante y que resistió con ejemplar fuerza a las restricciones que significa posicionarse dentro de un género binario. Las fotografías tomadas por Weston y Garduño, cuya curaduría dedica gran parte del espacio de la muestra, hablan de una mujer que lleva a cabo un juego contestatario entre una hiper feminización y un rostro andrógino, enmarcado por cortes de cabello poco habituales, que dejaba de lado el corset y los vestigios victorianos.

Nada ha sido más rebatido en la historia que el ejercicio de la sexualidad y el erotismo en libertad por parte de una mujer, más aún si ese goce es reivindicado y representado con serenidad e incluso con presunción. Nahui se divierte pintando el idilio de sus amores, su desenfado y la admiración de su propio cuerpo desnudo.

Sus obras y autorretratos transgreden la moral hipócrita de la época.

Una  mujer que habla de sí misma, que se autodefine y se representa sin temor a la censura podría representar el mayor acto de rebeldía. A veces acompañada de sus amantes, otras veces no, Mondragón hizo patente su pasión por pintar autorretratos en formatos que superan los habituales, con colores intensos y rostros gozosos, lo que nos lleva a suponer que nada necesitaba esconder de sí misma. Carmen Mondragón representa ante todo la subversión, la creatividad y una lucha que ha logrado minar las barreras ideológicas de la época en la que vivió.

 

fotografías por: Sofía Ontiveros
Daphne Beltran

SOCIÓLOGA ERRANTE Y NAVEGANTE INCONFORME. CATADORA-CAZADORA DE AMARGOS SABORES Y DISCURSOS FALACES.

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