EL 68: SER JOVEN, NO TEMER Y LUCHAR POR LO JUSTO

“Gustavito, Gustavito dónde estás que no te veo. Pantalones te hacen falta, dime dime dónde estás, dónde estás” se escuchaba a coro en los separos del Ministerio Público al que fueron trasladadas un grupo de jóvenes estudiantes de enfermería el 13 de septiembre de 1968, entre ellas se encontraba Leonor Rodríguez Ramos, quien a 50 años de distancia recuerda que el miedo nunca fue parte de la lucha estudiantil del 68 pero sí lo fueron las ganas de cambiar un modelo social caduco y un sistema opresor.

Leonor es parte de una generación en movimiento para quienes la música, la literatura y la filosofía eran parte de la lucha. De mentes revolucionarias, como las de Malcom X o el Che Guevara, que encabezaron luchas sociales que cambiaron para siempre el destino de algunos países. Una generación que luchó contra regímenes totalitarios que reprimieron a punta de pistola los cuestionamientos juveniles sobre los modelos de familia, mujer, educación y organización.

Alrededor del mundo, a finales de los años 60, movimientos estudiantiles surgieron con las voces de jóvenes que se oponían a injusticias sociales y raciales. El año de 1968 estuvo especialmente caracterizado por ese latido estudiantil. En Alemania, la juventud en  Berlín quería dejar de ver a antiguos nazis en altos cargos públicos, la Europa del Este vivió la Primavera de Praga y en París, Francia vivió la huelga más grande en la historia del movimiento obrero internacional.

En México, Leonor, Consuelo, Concepción, Esther, Rita y Ether  -quienes compartieron  su historia a Luchadoras – junto con millones de estudiantes de escuelas públicas y privadas se enfrentaron sin temor a la dictadura -disfrazada de gobierno democrático- de Gustavo Díaz Ordaz y de su Secretario de Gobierno Luis Echeverría.

LAS JÓVENES DEL 68, ACTIVAS Y PARTICIPATIVAS.

“Las familias de esa generación eran familias que limitaban a las muchachas, que no permitían que estudiaran, que no permitían que salieran fácilmente a la calle o participaran, por eso la lucha de las mujeres, de las jóvenes del 68, ¡es ejemplar!”, afirmó María del Consuelo Valle Espinosa, quien fue brigadista durante el movimiento estudiantil de 1968.

Consuelo se involucró en el movimiento desde la primera manifestación, el 26 de julio de 1968 -tres días después de que un grupo de granaderos invadiera la preparatoria Isaac Ochoterena bajo el argumento de frenar una riña estudiantil- y junto con otras compañeras se unieron a la oposición del uso de la fuerza en los centros de estudio.

“Yo participaba en un grupo estudiantil en la facultad de ciencias que se llamaba ‘El nuevo grupo,’ redactábamos un periódico que se llamaba ‘La Hormiga’. El 26 de julio se conmemora la toma del cuartel Moncada, (en el periódico) se hizo un análisis de la Revolución Cubana. Yo y otras jovencitas vendíamos el periódico en la facultad, ese día (el 26 de julio de 1968) alguien nos dijo: ‘¿Chicas, no quieren ir a vender el periódico en el Hemiciclo a Juárez?’ Va a haber una manifestación. Esa fue la primera manifestación que hubo y yo fui”.

Gráfica del 68, archivo MUAC

A partir de ese momento, Consuelo supo que el  movimiento que se estaba organizando también era una lucha de ella, y que si las estudiantes no defendían la educación nadie más lo haría, así fue que se integró a las brigadas de difusión y repartía propaganda en los camiones y en las plazas públicas. Le ayudaba a Santiago Ramírez en la elaboración de los carteles con serigrafía, le ayudaba a Emilia Reza en el mimeógrafo, de vez en cuando le ayudaba a Bety Puga en la cuestión de finanzas. Elaboraba mantas y asistía a todas las manifestaciones. “No era una muchacha especialista en algo, era ajonjolí de todos los moles”, cuenta.

Según el recuerdo de Consuelo, quien ahora es catedrática universitaria, la participación de las mujeres dentro de la organización del movimiento estudiantil no fue escasa y aunque mucho se sabe de los jóvenes que fueron detenidos, de quienes encabezaban el Comité Nacional de Huelga y de quienes eran voceros del movimiento, las mujeres que podían asistir a la Universidad o a otras escuelas eran bienvenidas en el movimiento y siempre se vivió un ambiente de camaradería con el resto de los compañeros.  

Ese ambiente también lo recuerda Concepción Santillán, quien en octubre 1968 acababa de graduarse como enfermera y se encontraba trabajando en el Hospital Gonzalo Castañeda ubicado frente Tlatelolco, ser estudiante en esa década -recordó para Luchadoras- era “vivir enamorada de la escuela”, recorrer trayectos largos para llegar a clases y sentirse acompañada por sus compañeras y compañeros, los pleitos -que el gobierno se empeñó en calificar de violentos e irracionales- eran por desajustes deportivos y no llegaban a la violencia que se contaba en los medios.

CONTRA LA REPRESIÓN, NO CONTRA LAS OLIMPIADAS

Cuando estalló el movimiento Concepción Santillán “aún tenía los libros y las clases en las venas” y seguía manteniendo contacto con compañeras y compañeros estudiantes, sabía que la organización era digna y respetuosa, y que nada tenía que ver con que los estudiantes quisieran “boicotear” las Olimpiadas

“No era un movimiento de revoltosos” afirma Concepción y pone como ejemplo “La Marcha del Silencio” -realizada el 13 de septiembre de 1968- “donde (quienes marcharon se)  ponían un pañuelo, en la boca, y caminaban sin decir nada, porque el señor (Gustavo Díaz Ordaz) decía que eran puros gritos y todo, yo creo han de haber dicho: saben qué, vamos a taparnos la boca, pero vamos a manifestarnos, era de llenarse el zócalo”.

El gobierno de Díaz Ordaz, según recuerda Concepción, estaba dispuesto “a hacer lo que tuviera que hacer, para detener a los estudiantes” y callar sus voces, porque no querían que ésta movilización manchara el nombre de México, que en ese año pasaría a la historia por ser la primera sede en un país latinoamericano y en desarrollo en donde se celebrarían las Olimpiadas.

Otro ejemplo de la vocación pacífica del movimiento ocurrió el primero de agosto, cuando estudiantes y maestros, encabezados por el entonces rector Javier Barros Sierra, salieron de Ciudad Universitaria rumbo al Zócalo en una manifestación pacífica para demandar que se respetara la autonomía universitaria y se liberara a los alumnos que habían sido detenidos durante la ocupación militar a instituciones universitarias, el contingente recibió la noticia de que ya había policías listos para impedirles el paso, por lo que se optó por concluir la marcha sobre Insurgentes Sur, en la esquina con Félix Cuevas y se señaló que no buscaban confrontaciones, sólo el cese a las represiones.

NADA DE TEMOR, LUCHAR POR LO JUSTO

Leonor estudiaba el cuarto semestre de enfermería obstétrica  en la Escuela Nacional de Enfermería y Obstetricia (ENEO) -que durante la década de los años 60 se ubicaba el Centro Histórico de la Ciudad de México. Cuando la organización estudiantil comenzó, las escuelas se iban a paro de uno o dos días, hasta que la huelga fue definitiva, pero ella no dejó de trasladarse hasta allá  y se involucró en el comité de lucha de la ENEO.

Nunca participó en las actividades con temor, al contrario “nos sentíamos orgullosas y seguras”, ella y sus compañeras estaban en contra de que el gobierno respondiera a las manifestaciones cada vez con más agresión, pues “trataba de arreglar las cosas golpeando a los estudiantes y dejándolos mal”.

El 13 de septiembre, ella y sus compañeras participaron en una marcha que se dirigía al zócalo capitalino, desde su misión de cuidados médicos, ellas tenían la convicción de ir para brindar asistencia a quienes pudieran cansarse o desmayarse durante el recorrido, “llevábamos limones limones y agua, porque hay que atender la deshidratación”, respondieron a los granaderos que las interceptaron a sobre Avenida Universidad y las llevaron a un Ministerio Público en donde no se cansaron de preguntarles quiénes eran sus líderes y qué era lo que estaban buscando.  

Luchar por lo justo no era una consigna sólo de quienes vivían en el Centro del país, la represión gubernamental contra estudiantes también llegó a otros estados del país e impacto especialmente en las Escuelas Normales. Rita Imelda Palomo y Ether Añorve se conocieron siendo estudiantes de la Normal Rural de Tamazulpan, Oaxaca. Ambas participaron en el comité de lucha que se oponía al cierre de la escuela  y traslado de sus estudiantes. “Era algo justo que no se cierre la normal ¿por qué se cerraban las normales? ¿por qué los estudiantes? Estábamos re chamacas, lo importante era defender lo que queríamos que era la escuela, no era luchar por cualquier causa vaga”, recordó Rita.

UN ESPÍRITU DE LUCHA QUE AÚN SE SIENTE

“No podemos estar impávidos, no podemos estar aplastados constantemente por el gobierno, lo que nosotros queríamos y lo que muy poco logramos era que se nos tomara en cuenta como estudiantes”, nos dijo Esther María Alfaro a Luchadoras, ella se integró al movimiento al ser estudiante de la Facultad de Comercio y Administración, su decisión de ser parte activa de éste contrariaba los mandatos familiares que la habían educado como “una niña bien” y que incluso la habían llevado a ser edecán de las olimpiadas de 1968. Ella sabía que estar dentro de la organización del evento más importante del país la colocaba en una posición de privilegio y decidió aprovecharlo para bien del movimiento.

“Era impresionante el buen comportamiento, el ánimo que teníamos todos pretendiendo cambiar el sistema y el mundo, Yo esparcía la propaganda y las demandas donde podía, un día (las edecanes) visitamos el Campo Militar No. 1; ahí se desarrollarían las competencias de tiro. Iba montada muy hermosamente como “niña bien” junto a todas mis compañeritas, niñas “fresas”. La coordinadora de grupo, una señora mayor, (bueno, en esas épocas yo la veía así) se dio cuenta de la propaganda y me dijo asustada, “niña, con tus apellidos, en el lugar y lo que traes, te estás jugando la vida”. Pedí permiso a los soldados para ir al baño y ahí les dejé la propaganda. Mis fantasías nocturnas se basaban en pensar que sentirían los soldados al encontrar esos papeles en sus instalaciones, (mis fantasías) eran muy divertidas y me hacían sentir poderosa”.

María Esther recuerda con orgullo la unión y organización que se veía en las y los estudiantes de 1968, quienes pudieron evidenciar que el gobierno quería infiltrar entre el estudiantado a miembros del grupo paramilitar “Los Halcones”  para desacreditar y desvanecer el movimiento. “Fue realmente impresionante ver tanto orden y silencio, vi cómo gente que tenía pinta de porros, empujaba y provocaba para romper el orden y poder justificar la represión. Sin embargo, no lo pudieron lograr y llegamos hasta el zócalo. Lo más impactante eran el pueblo a los lados de la calle con pancartas apoyando al estudiantado, sus gritos de aliento nos indicaban que estábamos en lo correcto, que el Gobierno era el opresor”.

Durante medio siglo,  Esther ha seguido de cerca los movimientos estudiantiles que surgieron después del 68, y resuena especialmente con la movilización organizada por estudiantes la UNAM el pasado 3 de septiembre, en la que estudiantes resultados gravemente heridos por la violencia que ejerció un grupo de “porros”, y que fue repudiada por millones de estudiantes que salieron a manifestarse contra las agresiones.  

“Estoy viendo las mismas caritas de mis compañeros, inclusive la mía, las chicas sencillas, estudiantes, ahorita, marchando como lo hicimos nosotros. Sí se me revolvió el estómago, hasta ganas de vomitar me dieron porque es lo mismo. La diferencia entre este movimiento y el del 68 era que el gobierno tenía que procurar que en las olimpiadas no se viera nada. Se sabía perfectamente que detrás de Los Halcones estaba el gobierno, siempre ha estado. Ahora no sé qué es lo que pretenden, pero los porros han estado siempre, molestando siempre”.

“Repito mil veces, yo soy sangre azul y piel dorada, yo soy de sangre azul y piel dorada y tenemos que ganar, es el canto que María Esther aún repite al ver que el espíritu de lucha sigue presente en las y los jóvenes a quienes no se les olvida lo que ocurrió hace 50 años, en un contexto aún más totalitario y con un cerco mediático evidente

María Consuelo, también piensa que hay un espíritu universitario que jamás morirá y seguirá demandando sin temor que la voz de las y los jóvenes sea escuchada “Las condiciones sociopolíticas del país están cambiando, hay una apertura porque hemos luchado por más de 50 años porque las libertades democráticas se ejerzan en este país y creo que el primero de julio tuvimos un ejemplo de cómo un pueblo puede ejercer un derecho a la elección de sus dirigentes nacionales, por eso lo hablo hasta con gusto, siento que colaboré, no sé si mucho o poquito pero que puse un granito de arena para que este país tuviera esperanza. Cuando vi la reunión de todos los jóvenes que en Ciudad Universitaria se expresaron, lloraba de emoción porque esa es la vitalidad de nuestro México, la juventud es la esperanza y yo creo que mientras haya esperanza hay vida”.

 

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