Ilustración de Ximena Mendoza Baños

La primera vez que sentí la palabra “lesbiana”, fue en la secundaria; la sacudí, la sostuve por un instante e inmediatamente la dejé ir, como un granito de arena o una pestaña que soplas para pedir un deseo.

No sé como iniciar a escribir esta suerte de reflexión para narrar “el orgullo que nació de la rabia”, y quizás debería explorar en papel los primeros y últimos años de mi vida y tomar una decisión sobre cómo y cuándo comenzó “eso”, a lo que inmediatamente me respondo soltando una risa y preguntándome ¿qué es “eso”?.

Para mí y muchas otras personas no se trata solo de sostener la palabra que en este juego de letras LGBTTIAQ+ hemos portado, no tanto para nosotras/es/os, sino para el mundo.

En mi caso, tomar la palabra “lesbiana”, tragarla, escupirla y por fin sostenerla como propia, fue parte de un largo proceso de “venir al mundo” que comenzó después de haber nacido. He pensado mucho en lo que implican esas primeras veces de vivirnos dentro de la diversidad sexual, cuántas de esas veces nos rechazamos, nos aterró sentir y habitar nuestra propia piel. Me pregunto también cómo eso influye para ceder nuestra voz y permitir que la sociedad sea quien nos enuncia.

Es el mes del orgullo y estas palabra las escribo como un ejercicio de rebeldía, del dolor y la memoria desde este cuerpo que utilizo como trinchera y que hoy porto ligera. Escribirme es narrar para transmutar la resistencia. Sin embargo, aunque no pretendo hablar por nadie más que por mí, también me atrevo a redactarnos en plural porque esta historia inicia desde la lucha colectiva, en 1969 (o quizás fue mucho antes) con los disturbios de Stonewall, donde la protesta precisamente llevó a la celebración y exigencia por la vida. Hoy podemos decir que llevamos rato de sembrar lo que ha desencadenado en este período de agitación social.

Iniciamos el mes con el resurgimiento de las protestas de Black Lives Matters, una vez más siguiendo el ejemplo de los y las activistas negras/es/os. Y en estos momentos de sentir el latir en todo el cuerpo, no olvidamos que ¡el orgullo nació de la rabia!

Hay veces en que el pecho duele igual que el alma, cuando las palabras se nos pegan a la carne y la piel se muestra expuesta. Para mí, aquel momento fue la segunda vez en que la palabra “lesbiana” me atravesó. Era 2015 y yo estaba en un país ajeno, Chile. En aquella ocasión, ser lesbiana me dejó un sabor agrio. Escupí la palabra “lesbiana”, quería dejarla botada en la acera, la misma acera que recorrí después de que me bajaran del autobús a mitad de la carretera camino a Pucón, por besarme con quien era mi novia. Cada que recuerdo aquel día pienso en todas las herramientas que tengo hoy y fantaseo en la conversación que habríamos tenido: habría enfrentado al conductor, a todas las personas que solo miraban y volteaban la vista a las ventanas del camión en un silencio cómplice con su propio reflejo. No, no nos habríamos bajado, no habríamos caminado más de 10 km en pleno invierno. Pienso en cómo me habría gustado tener la certeza que hoy tengo. Porque yo no estaba mal al vivirme en libertad.

El otro día leía una noticia sobre dos adolescentes que decía: “estaban sentadas en la Plaza Alsina de Morón en Argentina, con las piernas entrelazadas, cuando cuatro policías las increparon, pidiéndoles que se separaran”. Por motivos “morales”, las jóvenes se negaron y una mujer intervino para apoyarlas. Al final, el acoso policial hizo que se fueran del parque.

Durante mucho tiempo sentí culpa de ser quien soy. La mandíbula la tenía tan tiesa por todo lo que no decía y sentía que en los hombros cargaba costales del material más delicado y pesado; me era imposible caminar así. Cómo no sentir rabia por esta indignante realidad que nos niega, por esos momentos en que el mundo es una manzana llena de gusanos que se desbordan, nos recorren y se insertan en nuestra mente. Momentos tan letales que nos llevan a rechazarnos a nosotras/es/os mismas/es/os.

“Antes de que existiera o pudiera existir cualquier clase de movimiento feminista, existían las lesbianas, mujeres que amaban a otras mujeres, que se rehusaban a cumplir con el comportamiento esperado de ellas, que se rehusaban a definirse con relación a los hombres”, dice Adrinne Rich, crítica y poeta lesbiana y feminista. “Aquellas mujeres, nuestras antepasadas, millones, cuyos nombres no conocemos, fueron torturadas y quemadas como brujas”.

Actualmente la cosa no ha cambiado del todo, ya que éste es el mandato histórico que sigue asesinándonos, invisibilizándonos, discriminándonos. Y aunque podemos agregar más etiquetas, más elementos, más significados a estas imposiciones que intentan definirnos en “cajitas perfectas”, es así como en este juego de letras LGBTTIQA+, que inicia irónicamente con la letra L de lesbiana, en ocasiones parece que con una piedra frota nuestras lenguas, raspando las palabras de nuestra voz, cuerpo y memoria.

Escuchamos mucho que “las lesbianas existimos porque resistimos” y por eso quiero tomar un espacio para escribir esos nombres, esos rostros e historias, y aunque sé que me no alcanzarían estas cuartillas, sé en los brotes de la memoria encontramos resistencia y rebeldía: Sara Hegazy, Nicole Saavedra, Betzi Esmeralda Có Sagastume, Kelli Maritza Villagrán, Gabriela Alcaíno, Daniela Carrasco, Stormé DeLarverie. Son vidas de resistencia y de lucha por haber sido ellas, por haberse vivido más allá de lo que la sociedad quiso borrarles para obligarles a existir adecuadas a un molde.

Para mí el amor se trata de complicidad, la misma que sentí la tercera vez en que me comprendí acompañada en la palabra “lesbiana”. Fue después de caminar por horas con un lastre de palabras que nunca fueron nuestras. Y fuiste tú, Leslie, quien me convenció de que quien estaba podrido era el mundo y no nostras. Esa vez no sentí la acidez que me obligaba a escupir mi saliva, esa vez hice la palabra mía y fue dulce. La repetí y me gustó sentirme en cada letra, me gustó sentirla a tu lado.

Reclamar mi identidad como lesbiana ha sido emocionante y también aterrador. Aunque he aprendido a ser parte de una comunidad increíblemente diversa y solidaria, también me entristece que tomar la palabra “lesbiana”, implique ser señalada, gritada y discriminada. Y en los momentos en que no me sé sola, en que me sé acompañada para vivirnos desde el amor, encuentro la potencia y la lucha. Esos momentos me dan orgullo.

Me alegran noticias como el primer el matrimonio igualitario en Costa Rica, la Ley de identidad de género en Chile, la Ley para proteger los Derechos Humanos de las personas intersex en Argentina o el Laetus Vitae, un hogar para adultos mayores lgbt+ creado por Samantha Flores en México.

Y no tengo que irme tan lejos, también me alegro al escuchar que mi amiga Camilia se va casar con Sandra, que Eli y Mónica viven juntas, que Andrés puede salir con quien quiera y regresar sano a casa. Ahí siento el orgullo, en la resistencia de amarnos, en vernos libres, con coraje, sin prejuicio y sin miedo. Por ellas/os/es pienso que lo más revolucionario es el amor, la ternura y el apapacho que nos damos para enfrentar a la sociedad, porque yo nos quiero ver explotar, vivir y sentir. Quiero vernos ser todo lo que somos.

Sé que aún falta mucho camino por recorrer, pues tan solo hace unos días que en México amanecimos con la noticia del asesinato de María Elizabeth Montaño, Doctora en el Centro Médico Nacional Siglo XXI y activista de la diversidad sexual. Esa noticia nos dejó con el cuerpo abierto y una impotencia enorme por no poder borrarle al mundo ese odio tan ajeno.

Quiero despertar ese día en el que vivirnos en libertad no implique muerte, terapias de shock, desplazamiento forzado, en que compartir nuestro amor y amarnos a nosotras/es/os mismas no sea “ilegal”. Sí, es el mes del orgullo y estamos de luto, aunque el luto se vive a diario.

La cuarta vez la palabra “lesbiana” la dije yo, y aunque en mi voz venía la pregunta ¿a dónde me llevará esta decisión?, la sostuve en cada letra: L-E-S-B-I-A-N-A. La dije en la cocina, mi madre calentaba la cena, al escucharme salió corriendo y dejó las ollas hirviendo con un “¿porqué me haces esto?”. Fueron 3 meses de sentir como si me pudriera en el refrigerador, me llenara de moho pero no me botaran. Era un mueble más que se llenaba de polvo, esa suciedad que estaba ahí y preferían ignorar.

Esa vez no necesité que alguien se reafirmara a mi lado, aunque me hubiera gustado que mi mamá reaccionara diferente, sentir un abrazo, un “te entiendo, te quiero, todo está bien”. La verdad es que mi madre ha dado un giro de 180 grados, y eso me da orgullo. Se disculpó, leyó libros, aprendió a escuchar y moverse de esa imposiciones con las que creció. Porque está bien equivocarse, todas/es/os estamos aprendiendo, pero es necesario reconocerlo, y movernos de esos prejuicios que solo generan odio, odio que trae consecuencias.

Ahora puedo decir que tengo y sostengo en mis propios brazos la palabra  “lesbiana”, con un corazón y una espada que me envuelven en cada letra. Ser lesbiana ya no significan las miradas en el autobús, no son las morras del jiu jitsu que no se querían cambiar frente a mí, tampoco es la confusión de mis amigas, ni mi primer y último amor. Ser lesbiana es ser yo, la fruta en la mesa, el domingo por la tarde, mi reflejo en el espejo.

Sabemos bien, al recorrer nuestras historias, que el dolor nos hace renacer, que por eso decimos tan insistentemente que el orgullo nació de la rabia, porque nuestras palabras son balas para sembrar semillas de luz. Resisto por el camino y lucha que hoy me permiten estar orgullosa de ser quien soy, porque realmente soy quien quiero ser.

Hoy es el día del orgullo, ya sea que lo llames disturbio, rebelión, levantamiento o fiesta, aún nos queda mucho por recorrer. Porque hasta que todas/es/os estemos aquí para vivir y no sobrevivir, la lucha continúa. Hoy celebramos con orgullo pero sin olvidar que nacimos para incendiar, que somos todo aquello que en llamas arde y que en llamas lucha. No sé ustedes pero yo prefiero arder.