Hoy es 24 de abril, si no estuviéramos en resguardo, las calles se inundarían de violeta, de pancartas y pintas exigiendo justicia, de gritos cargados de hartazgo y resistencia, saldríamos a marchar, a protestar por una vida digna. Y aunque no estamos en las calles, seguimos festejando 4 años de nuestra Primavera Violeta, esa que arrancó un día después de  que el hashtag #MiPrimerAcoso inundara Twitter convirtiéndose en trending topic, ¿qué ha cambiado desde entonces?

Podríamos decir que el cambio no fue positivo, y es que hay un desmesurado aumento de violencia contra las mujeres. La palabra de la víctima se sigue poniendo en duda y la denuncia anónima desprestigiada y cuestionada, ahora denunciar te pone en el ojo del huracán. Sin embargo, yo puedo asegurar – y con eso basta- que el cambio más grande y valioso es el que ha florecido en todas nosotras.

Cuando miro atrás, veo a esa Ixchel con la palabra en la punta de la lengua. Suspiros atrapados en los labios. Sin propósito, sin reconocer mi poder, demasiado temerosa para levantar la voz. Recuerdo también los gritos rebeldes, las demandas abiertas de otras y sentir cómo todo eso me atravesaba. Muchas lo han sentido, el tratar de enunciar palabras, sin éxito la voz cae tristemente. Sabemos que permanecer en silencio es la opción segura, sin estrés, sin desorden, para no atraer la atención.

En ese momento estaba iniciando a involucrarme más con el movimiento feminista y me cuestionaba absolutamente todo. Fue un momento duro, pero también de valentía; hoy me enorgullece haber dado ese salto a reconocer, aceptar y quitarme la vergüenza. En mi caso y quizás para muchas de las feministas más jóvenes, la Primavera Violeta y #MiPrimerAcoso son de los momentos que más nos han marcado. Fue una oportunidad de reconocer violencias escondidas y acompañarnos dentro de un espacio para crecer y florecer, sin juicio, sin necesidad de dar consejos, sin miedo a ser nosotras mismas. El feminismo es la fuerza que cuando se despierta, tiene el poder de curarnos unas a otras y al mundo que nos rodea

Las semillas de #MiPrimerAcoso

En México #MiPrimerAcoso surgió como réplica a la campaña de denuncia contra el acoso callejero que la activista brasileña Juliana de Faria lanzó en 2013 desde la organización Think Olga. La iniciativa se llamaba “Chega de Fiu Fiu” (Basta de silbar a las mujeres). Sobre la campaña hubo muchas críticas y desprestigio (ya saben el clásico “es que ahora todo es acoso”), cuando Faria fue llamada a hacer un Ted Talk al respecto contó la historia de su primer acoso a los 11 años.

Así días antes de la marcha del #24A y con la intención de invitar a que más mujeres se sumaran, Estefanía Vela Barba publicó “Porque voy a marchar este 24 de abril”,  un artículo en el que narraba la historia de lo que podría haber sido su primer acoso. “La marcha propone una alternativa: una vida en la que no prime el silencio, la soledad y la impunidad, sino la denuncia, la fuerza y la solidaridad. Una vida en la que tengamos la posibilidad de trascenderlo todo”. Y ese mismo día junto a Catalina Navarro lanzaron el hashtag #MiPrimerAcoso que en pocas horas llegaría a miles de tuits.

Para muchas de nosotras el 24 de abril fue la germinación de las semillas de una revolución feminista que se estaba sembrando en nuestras entrañas. En mi caso, esta marcha me permitió levantar mi voz. Dejar que las palabras salieran, potentes, resueltas, identificables, así como yo. Por eso hoy sé que cada que hablo lo hago para mí misma, porque eso me lo debo. Por lo que creo, a pesar del miedo. Y ahí está el poder de la voz. Una lección que el movimiento y la protesta feminista me ha permitido atesorar.

#MiPrimerAcoso o al menos el primero que recuerdo, fue cuando tenía 13 años, y mientras realizaba mi primer viaje sola; un intercambio escolar a Ecuador. Habíamos ido a una playa y veníamos de regreso, estaba empezando a oscurecer y pasábamos por una calle estrecha donde había un grupo de jóvenes jugando fútbol tendrían entre 16 o 20 años. Michelle, mi hermana ecuatoriana, nos dijo que camináramos más rápido, uno de los hombres se acercó a mí, me rodeo mientras  pasaba su mirada de abajo para arriba, me agarró las nalgas, metiendo sus manos debajo de mi falda blanca y con flores bordadas. Yo no hice nada. Me quedé parada hasta que mi amiga me jaló para que siguiéramos caminando. Durante todo el camino no hablamos de lo que acababa de pasar.

Llegando al departamento me puse a llorar. Una amiga se rió de que llorara por eso, las otras se mantenían calladas. Yo sentía vergüenza y me pregunté si estaba exagerando ¿tenía que llorar? Al final solo me tocaron las nalgas, me dije. Mi amiga entre risas decía es normal ¿pero era normal? Suena irónico decir que algunas “somos afortunadas” y que nuestro primer acoso se mantuvieran en situaciones similares a la mía. Ese momento me marcó y a partir de ahí me hice consciente de tener un cuerpo, un cuerpo de mujer. Y es cierto que después de ese hacerme consciente de eso decidí que no lo quería tener y empezaron años de problemas alimenticios.

Por eso yo marché, porque fue la primera vez que al leer todos los testimonios de miles de mujeres no sentí que exageraba y al contrario me indigné de saber que esa era la realidad de la mayoría de las mujeres en México. Para mí poder articular palabras resulta una de las armas más revolucionarias y potentes para enfrentarnos al mundo y nosotras mismas. El 24 de abril del 2016 miles de mujeres tomamos el espacio público para manifestar nuestro hartazgo de vivir con miedo de salir a las calles, de vestir como nos gusta, de sentirnos avergonzadas o enfurecidas por ese no poder articular palabras ni alzar la voz sin ser re victimizadas, burladas, o ignoradas.

Según la encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Geografía del 2016 un 63% de las mujeres mexicanas señaló haber sufrido algún tipo de violencia sexual. En México la violencia contra la mujer ha provocado numerosas campañas entre ellas #NoTeCalles, para animar a las mujeres a denunciar. Y aunque nosotras lo tenemos claro, la cifras de denuncias que pasan a ser judicializadas es prácticamente nula, la respuesta de la autoridades continúan siendo en pro de la denuncia legal. Es por esto, así como el cansado proceso y la constante revictimización que muchas mujeres deciden no proceder legalmente. Denunciar muchas veces resulta inútil, más si consideramos que sólo una de cada cinco denuncias llega a una sentencia condenatoria.

Aquí la importancia de la denuncia en redes sociales. Con el hashtag de #MiPrimerAcoso 78 mil tweets demostraron que las mujeres empezamos ser acosadas sexualmente desde niñas. El físico mexicano Adrián Santuario Hernández hizo un análisis de los tweets y evidenció la pedofilia normalizada de este país. Los datos arrojaron que el primer acoso de las mujeres ocurre entre los 6 y 10 años.

En México hemos visto surgir numerosos Hashtags, el primero en 2015, #RopaSucia, un año después #MiPrimerAcoso y #YoDenuncié en el 2016; #SiMeMatan en el 2017, y el más reciente #MetooMéxico en el 2019. Aún a 5 años de la primera movilización por Twitter, en México se sigue poniendo en duda la denuncia desde el anonimato a través de redes sociales. Las mujeres en México comenzamos a sacar esas historias escondidas, los secretos que alguna vez nos avergonzaron, y lo más valiente creímos en nuestra palabra.

#MiPrimerAcoso dejó en evidencia el poder transformador de las redes cuando las tomamos y usamos para nosotras. Como en este caso, un hashtag de Twitter puede ser utilizado para lograr muchos de los mismos objetivos discursivos de construcción de conocimiento y crítica teniendo la potencia de llegar a un gran número de personas. Y aunque me dirán ¿pero qué pasó con las denuncias?- Creo que la potencia de esta movilización no fue lograr sanciones, sino el uso de las palabras, el dejar la vergüenza y el sanar colectivamente. Sin duda, es innegable que el éxito de #MiPrimerAcoso y también uno de los puntos más valiosos fueron todas las mujeres que con valentía contaron sus historias, inspirando a no quedarnos calladas.

#MiPrimerAcoso fue un momento de desahogo, de soltar el silencio en el que por años nos habíamos mantenido. Leernos fue un reconocer y recordar esas experiencias que también a nosotras nos habían pasado. La redes nos posibilitaron el encontrar un espacio para crecer, amar, aprender, para celebrar triunfos y abrazarnos cuando la tristeza parece reinar. Saber que somos un apoyo en los momentos más vulnerables de las otras. Salir, tomar las calles y encontrarnos en un espacio para ser escuchadas y escuchar.

Durante los últimos cuatro años muchas de nosotras nos hemos acompañado disfrutando, aprendiendo, y fortaleciéndonos al ser parte de una creciente fuerza que enciende el espíritu. Juntas hemos celebrado la vida y también pelado por ella, compartiendo desafíos, angustias, estableciendo intenciones para la vida y lo que queremos contribuir al mundo que nos rodea. Puede sonar súper cursi, pero me atrevo a asegurar que cada una de nosotras al entrar en esa cercanía del movimiento feminista ha tenido la misma respuesta: “Realmente necesitaba esto”. Y creo que, sí, como mujeres realmente lo necesitamos. Hay algo acerca de que las mujeres nos unamos y apoyemos, nos nutre y sana en un nivel tan profundo.

Aquel 24 de abril yo marché, y los años siguientes en que la Primavera Violeta anunciaba ese momento de lucha, así lo hice también, porque para mí ese mundo por el que peleamos es posible y claro que lo merecemos. Hoy muchas de nosotras tenemos el privilegio de estar en nuestras casas, pero sin duda de ser otras las circunstancias saldríamos a las calles. Porque la exigencia por justicia aún no termina. Y porque cada día nos sabemos más fuertes.