Autora: Raquel Gutiérrez Aguilar

Lang y Segato, en el pertinente documento “Justicia Feminista ante el estado ausente: un debate urgente” establecen con claridad dos preocupaciones relacionadas a lo que registran como resultado de las reiteradas campañas de denuncia protagonizadas por un muy amplio conjunto de mujeres diversas contra la inmensa cadena de violencias machistas y patriarcales que estructuran la vida social. Comparto aspectos de la primera preocupación que ellas señalan y discrepo del enfoque con el cual alumbran su segunda preocupación. Es decir, coincido en que es urgente debatir de manera muy amplia acerca de las maneras en que podemos cuidar y acrecentar la fuerza desplegada a través de las alianzas heterogéneas entre muchísimas mujeres y cuerpos disidentes en este tiempo abierto de rebelión feminista y, también comparto su mirada cuando señalan que hay peligros que acechan y acciones que se proponen boicotear y/o neutralizar tal capacidad de impugnación alcanzada. Este intercambio se propone contribuir, justamente, a este objetivo.

Sin embargo, en relación al segundo hilo de sus argumentos, las colegas dicen tener:

[…] “…una preocupación por la continuidad y el potencial transformador de espacios diversos, compartidos por hombres y mujeres.”

Y más adelante añaden:

Espacios mixtos que apuestan al cambio sistémico en alguna(s) de sus aristas, y que vamos a denominar a continuación ‘comunidades transformadoras’. Muchos de los argumentos que siguen se preocupan por la crisis que atraviesan muchos de tales espacios mixtos.”

En contraste con la perspectiva sugerida, mi postura consiste en celebrar esa crisis de los espacios mixtos , sobre todo cuando se impugnan los rasgos nítidamente patriarcales que estructuran tales “espacios compartidos”. Celebro entonces, la actual crisis de lo “mixto” en tanto ésta, si logramos abrir un debate profundo y sereno en torno a ella, puede ser el preludio de un reajuste, un re-equilibrio de la trama de relaciones situadas en cada “comunidad transformadora” específica -usando el lenguaje que proponen. Celebrar la crisis de los espacios mixtos para desarmar e impugnar los rasgos patriarcales que exhiben y que operan a su interior re-estableciendo jerarquizaciones y agresiones que hoy se repudian una y otra vez y, simultáneamente, buscar el re-equilibrio y regeneración de las relaciones que organizan tales espacios compartidos es para mí un camino posible para impulsar la “producción de justicia” al modo que lo enuncia María Galindo. Tal producción colectiva de justicia al interior, también de nuestros “colectivos mixtos” es una cuestión central de nuestra práctica.

En las siguientes páginas, entonces, trato de sintonizarme con el agudo e intransigente espíritu crítico que las mujeres más jóvenes en muy diversos movimientos y situaciones van desplegando: cuando no dejan pasar ni una sensación de incomodidad, ni una agresión, ni un solo desplante hecho con el afán de disciplinar y/o controlar la disposición de nosotras mismas que hemos alcanzado colectiva e individualmente. Me sintonizo, sobre todo, con su inmensa capacidad expresiva que nombra con claridad cúmulos de agravios que se han vuelto insoportables y también con los flujos de enojo que ellas no están dispuestas a dirigir ni hacia sí mismas ni hacia otras, buscando más bien encauzar tal furia desatada hacia el trastocamiento de cada situación. Percibo que lo hacen, eso sí, con frecuencia, un tanto a ciegas y en ese camino confrontan obstáculos inmensos. Uno de tales obstáculos es la reducción que se opera en la imaginación y en la práctica política, cuando al pensar en la capacidad colectiva de producir justicia topamos con moldes que se parecen a la llamada “justicia ordinaria”. Así, coincido con Lang y Segato en que el modelo de la “justicia ordinaria” -que parte de la denuncia, organiza el procesamiento individual del “imputado” según “tipos penales” y establece la economía del castigo por la falta cometida- no funciona cuando la finalidad es confrontar/detener el daño patriarcal que ejercen ostensiblemente algunas personas y establecer términos de convivencia que no se funden en el abuso y la violencia como ejes de relacionamiento, sobre todo de las relaciones inter-genéricas. La finalidad de la justicia ordinaria es el procesamiento del agresor y la administración del castigo que merece . La justicia feminista como confrontación del daño patriarcal y apertura al ensayo de normas que re-equilibren la convivencia colectiva es, por supuesto, otra cosa.

Abrir la discusión sobre el tema -y animar la práctica cotidiana de luchas feministas que ocurre en un sinnúmero de espacios situados- topa de manera directa con los tímidos esfuerzos institucionales que se han hecho en diversas entidades (universidades, algunas empresas cooperativas, algunas oficinas públicas, etc.) para ocuparse de las “violencias machistas” y/o “de género”. Tales empeños, basados casi siempre en establecer instancias para el procesamiento de los “casos de violencia” -los llamados con frecuencia “organismos” o “comisiones” de género – hasta donde se conoce están resultando bastante inútiles. Uno de los efectos que se han observado en diversas universidades mexicanas, por ejemplo, es que las soluciones propuestas por tales instancias con mucha frecuencia se basan en la idea de “protección de la víctima” y no de la “contención del agresor”: la persona agredida que hace una denuncia, termina siendo remitida a algún programa de “apoyo psicológico” y quien/quienes han cometido la falta son “advertidos” de no repetirla, sin ninguna consecuencia real en sus vidas cotidianas. Todo esto, además, ocurriendo en medio de un clima de secrecía alegando privacidad. Cuando este patrón se repite muchas veces, se aprende la inutilidad de tales entidades y muchísimas mujeres optan, a mi juicio con razón, por empujar hacia la expulsión del agresor. El problema es que la sola expulsión de “un agresor”, sin un debate de fondo, sin una reflexión en profundidad, no recompone las relaciones intergenéricas situadas donde ocurrió el evento y, más bien, genera reacciones desagradables de todas clases.
Como percibo el problema, expresándolo en términos bastante esquemáticos es así: cuando las mujeres y otros cuerpos feminizados optan por políticas de cancelación o expulsión de agresores reincidentes tienen razón si se evalúan las cosas sólo como reacción inmediata de autodefensa. Sin embargo, a la larga, si no se discute con claridad los modos de encaminar la capacidad recuperada cuando se rompe el mandato de silencio -más allá de tales expulsiones-; si no se critican a fondo los fundamentos del modelo de justicia ordinaria… no lograremos, colectivamente, regenerar los lazos de convivencia a través de las cuales ensayar la producción de lo mixto no-patriarcal. En tal sentido, no se trata de sugerir que las mujeres “se contengan” -como han afirmado ya algunas añejas feministas mexicanas- sino que se trata de abrir espacios para pensar juntas sobre problemas realmente difíciles .

Una vez presentado mi simultáneo reconocimiento a la iniciativa de Rita y Miriam de convocar a discutir sobre el agudo problema de la urgente producción de justicia contra los daños patriarcales, presento de manera resumida algunos elementos a través de los cuales algunas nos estamos orientando para sortear el problema:

1. No renunciar a los espacios “entre mujeres” ni a una política feminista en materia de justicia impulsada “desde nosotras mismas”

que puede guiarse por la pregunta: ¿Qué queremos que pase? planteada en cada situación específica de agresión, despojo y/o violencia. Desde ahí, la pregunta no es ya, ¿A quién tenemos que cancelar/excluir/castigar y cómo lo logramos? La pregunta colectiva sobre lo que sería conveniente que pase altera el esquema persecutorio y punitivista de la justicia ordinaria y, simultáneamente, no nos paraliza.

2. No privilegiar el cuidado de los “espacios mixtos” por sobre los deseos que brotan de las experiencias de enlace, conversación y fuerza de las mujeres,

sobre todo porque es imprescindible poner en crisis -en tales espacios “mixtos”- los rasgos patriarcales que los estructuran.

3. Cuestión relevante: abrirse a los ensayos prácticos, tenaces y cuidadosos de regeneración de alianzas entre mujeres y varones no violentos.

Esto es, cultivar el “entre mujeres” como eje de la práctica feminista y de la lucha de las mujeres no conduce ni necesaria ni inmediatamente al separatismo; sino que, en “comunidades transformadoras” o sitios -mixtos- donde valga la pena ensayarlo puede conducir a re-equilibrar las relaciones intergenéricas erosionando los pactos patriarcales que los estructuran.

4. No copiar las formas de la justicia moderna existente -en especial criticando el esquema persecutorio-punitivo de la justicia ordinaria-

de todos modos nos exige dos cuestiones que no pueden soslayarse: no dejar impune el agravio específico y, al mismo tiempo, diseñar caminos para su no repetición.

5. Hilos para para orientar nuestra práctica sobre la producción -inmediata y estratégica- de justicia son:

¿cómo cuidamos la capacidad de generar fuerza para y desde nosotras -y con los varones no violentos? Y, también, ¿cómo ejercemos esa fuerza, considerando sobre todo, la inmensa acción reactiva que ejercen algunos varones cuando nosotras impugnamos los términos “acostumbrados” de convivencia que no estamos ya dispuestas a aceptar?

6. Hasta donde puedo entender ahora, a partir del conjunto de experiencias que he conocido o acompañado, sé que alterar/subvertir ciertos rasgos patriarcales situados de la estructuración de la vida social

-y por tanto producir justicia feminista- pasa por i) marcar colectivamente límites muy claros que distingan lo admisible de lo inadmisible y ii) ensayar formas creativas de enmendar agravios y restituir los bienes agredidos. Uno de los problemas más duros que brotan desde acá, en instancias mixtas o en las llamadas “comunidades transformadoras” es la fuerza de la inercia y la magnitud del no reconocimiento así como la virulencia de la reacción de aquellos varones que son objeto de crítica.

En resumen, la idea de la justicia, desde esta perspectiva se guía por: a) el principio de no repetición, que exige la fijación clarísima de límites; b) la producción colectiva de equilibrios en los cuales se toma en cuenta la parte más frágil/vulnerable de la trama concreta, específica y se procede desde ahí. Se trata entonces de procesos múltiples de “producción de justicia”. Desde esos ensayos específicos y múltiples aprendemos y ensayamos generalizaciones. No partimos pues de reflexiones universales.

Todo el argumento anterior se guía por una última cuestión que también vale la pena considerar: no sabemos muy bien cómo reconstruir, en las condiciones actuales, la transmisión intergeneracional de experiencias entre mujeres diversas y feministas. En todo caso, considero que las mujeres maduras necesitamos abrir la sensibilidad hacia los esfuerzos que están realizando las más jóvenes. Hay algo muy valioso en la intransigencia que con frecuencia ellas expresan en sus acciones y palabras. Quizá para el ensayo de caminos fértiles en la producción de justicia se requiera una combinación poco frecuente de intransigencia y serenidad, de la flexibilidad que da la confianza en la fuerza propia y la convicción intransigente de que sabemos lo que no hemos de admitir.

¡Sigamos!

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