Frenética. En ebullición. Así es la Ciudad de México. Y cuando Bea sale de su casa para ir a trabajar, ir a consulta o salir con sus amigas, suma uno de los 34.5 millones de viajes que se realizan todos los días en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, según la Encuesta de Origen-Destino 2017 del INEGI.

Dicen que a la ciudad la amas o la odias. Eso también piensa Bea Alonso, chilanga de nacimiento y apasionada ciclista, sobreviviente, guerrera. En proceso de sanación. Hace dos años y ocho meses la atropelló una unidad de Metrobús en la Glorieta de los Insurgentes. Sueña volver a rodar porque la bici le dio una libertad como ninguna otra.

Movilidad y colapso

El ritmo intenso de la ciudad resuena en el paso de la gente que camina por las calles, en la ráfaga de pitidos de claxon, en cuanto cambia el semáforo y los autos no se mueven, en los bloques de personas que con el codo se empujan para hacerse un huequito en el vagón del metro.

“Yo comencé a usar bici, a partir de que me harté de usar el transporte público, el metro, los micros. En gran parte me harté por el acoso de hombres y porque la gente es muy invasiva en todos los espacios públicos” contó Bea en entrevista con Luchadoras.

En efecto, el transporte más eficiente en la CDMX es la bicicleta, viaja -en promedio- entre 12 y 15 kilómetros por hora más rápido que un automóvil en hora pico, de acuerdo al “Global Traffic Scorecard”, de la firma global INRIX. Esta es cuarta ciudad más congestionada del mundo, donde pasamos 218 horas al año en tráfico según el mismo estudio.

“Peleamos por llegar a donde tenemos que llegar”, piensa Bea, quien también cree que no hay civilidad ni consciencia de tránsito por parte de todas las personas que nos movilizamos: peatones, ciclistas, motociclistas, vehículos motorizados, pequeños, grandes, ¡todos!, los enumera.

Desde su punto de vista, la infraestructura de la ciudad no permite una movilidad libre, y por eso decidió usar la bicicleta para todos sus trayectos cotidianos.

Yo ya me sentía muy cansada de esa lucha diaria para ir a trabajar, así como de `El rival más débil´, a ver quién llega primero. Estaba muy fastidiada porque ni siquiera mi espacio mínimo respetaban, entonces empecé a usar la bici como único medio de transporte y me cambió completamente la vida.

Moverse, estar viva, ser libre

¿Qué te hace sentir viva? le pregunté a Bea. “Estar siempre en movimiento”, responde rápido. “En el metro vas como sardina sin poder hacer nada y en la bici fue wow, sentir que vuelas”.

A Bea le gustaba salir a rodar a las diez u once de la noche. Irse a dar, como ella dice, “una vueltota”, llegar a un parque, leer y volver a casa. En la noche la ciudad le parecía otra, sin gente, como de vacaciones. De andar en bicicleta recuerda la sensación de libertad, sentirse fuerte, poderosa, respirar mejor.

Pero andar en bici en la ciudad también es un deporte extremo. La rapacidad del andar urbano no es sólo una percepción, sino una realidad contundente, de acuerdo al Instituto Nacional de Salud Pública, los accidentes de tránsito son la principal causa de muerte de jóvenes entre los 15 y 29 años en México. Por siniestros viales mueren 22 jóvenes cada día, aproximadamente 24 mil al año. En la CDMX tan sólo en el primer trimestre de 2019 se registraron 2,223 atropellamientos según información del C5 en el Reporte Trimestral de hechos de tránsito de SEMOVI.

La desgracia

El 28 de noviembre de 2016 (era lunes) Bea recorrió una vez más su trayecto diario. Venía de la colonia Juárez rodando sobre avenida Chapultepec para subir hacia la Glorieta de Insurgentes. Justo en ese momento, donde se corta la ciclovía y las bicicletas deben usar el carril vehicular para seguir su trayecto, el Metrobús la impactó.

El camión no paró, recuerda. Otro ciclista que hacía la misma ruta vio lo que sucedía y corrió aterrado para llamar la atención del chofer: “él me auxilió, gritó, el camión no paró, él se bajó de la bici corriendo y cuando yo veo la desesperación que él trae, porque vió todo, es cuando yo me doy cuenta que estoy debajo del camión y que tengo que salir de ahí porque ese monstruo seguía caminando”

De acuerdo a El Universal, la unidad más sencilla del metrobús pesa 11 toneladas sin pasajeros, lleno puede  pesar hasta 18 toneladas y albergar hasta 160 personas. El primer golpe que recibió Bea por una unidad de estas características fue en la cabeza. La salvó el casco.

Me deshizo la pierna, yo sólo sentí mojado el pantalón y un calor inmenso en la pierna. Recuerdo perfectamente cómo fue, nunca perdí el conocimiento. Logré arrastrarme fuera del camión que seguía en marcha".

Cuando Bea ingresó al hospital traía la pierna izquierda colgando, tenía un 95% de posibilidades de perderla, le faltaban entre cinco y siete centímetros de hueso, la operaron ese mismo día, fue la primera cirugía de una odisea que aún no termina. Al día de hoy se ha sometido a cinco cirugías y dos microcirugías para tratamiento de cicatrices, tejido blando y ligamentos.

“Incompleta nunca voy a estar” le dijo Bea a una amiga cuando se fue el doctor que le dio el primer diagnóstico. “Si pierdo la pierna voy a ser una Bea pirata, voy a tener una pata de palo”. Su amiga seguramente miró perpleja su risa y entereza. Bea tuvo fractura de tibia, peroné y una lesión en el tobillo. Llevará un clavo intramedular de por vida, será el sostén principal de su pierna.

El pronóstico dice que no podrá practicar deportes de alto impacto, como el kickboxing, otros de sus favoritos, porque corre el riesgo de volverse a romper la pierna: “Es un golpe duro, un jab en la mandíbula directo”, nos dice, uno de los golpes más certeros del box. Otras de las secuelas son una cojera, producto de un acortamiento en la pierna izquierda que inicialmente era de 2 centímetros; y dolores crónicos que trabaja con meditación, “porque sino me vuelvo loca”, sentenció.

Bea no sólo tuvo que enfrentar un proceso de recuperación corporal y emocional después del accidente. Semanas después se hizo de su conocimiento que la empresa CISA (Corredor Insurgentes S.A. de C.V.), concesionaria de la operación del metrobús, inició un proceso legal en su contra demandándola por daños a su unidad. Tampoco la aseguradora que ampara el actuar del metrobús, Quálitas, se hizo responsable de los costos asociados a las intervenciones urgentes y la recuperación que necesitó Bea como consecuencia del accidente.

Salvarnos juntas

Frente a este panorama, la red afectiva de Bea la sostuvo en su camino a sanarse, amigas, pareja, familia, sanadoras y maestras yoguinis. Su andar de recuperación le permitió conectar con su capacidad de resiliencia, la capacidad magnífica que tiene el cuerpo de sanarse a sí mismo, así lo llama: “Me siento más feliz, más conectada conmigo, con mi cuerpo, con mi persona. Eso es uno de los grandes aprendizajes que me ha dejado esto, y no tiene que ver con que Metrobús se haya hecho cargo o no, tiene que ver con mi red de apoyo y con las herramientas de las que yo me hice mano en este proceso tan duro”.

¿Esperarías algún resultado del proceso legal? Sin duda contesta que sí, eso le permitiría tener una mejor atención médica para su proceso. Más allá, imagina impulsar la creación de un centro de salud integral que pueda fungir de salvavidas en casos como el suyo. Lo que Bea quiere es retribuir la generosidad del universo que se materializó en la ayuda de la gente que la acompañó para hacerle frente a este accidente que impactó definitivamente su vida.

Del Metrobús además quisiera acciones sistemáticas y más significativas que sensibilicen a sus conductores. En febrero de 2019, el Secretario de Movilidad de la Ciudad de México, Andrés Lajous, anunció que como parte de su formación obligatoria, 243 operadores de la línea 7 del Metrobús tomarían el módulo de la biciescuela. Cuando Bea se enteró de esta acción le dio un poco de rabia, pero también gusto porque cree necesario “que también se pongan en los zapatos de uno, sentir un pinche camión acá atrás pitándote, cuando tú vas en tu carril, hay un punto en el que pierdes el control, entonces sí, yo apelaría a eso, a que les dieran herramientas para que no sean tan desgraciados”.

A todas las ciclistas nos recomienda usar casco y luces siempre, cuidar nuestra bici porque es nuestra compañera, y mantenerla en forma porque es parte de un pacto de cuidados con nosotras mismas. Para ella es muy importante también que sepamos cómo repararlas, para no depender de mecánicos que generalmente son hombres.

Para ella la bicicleta es más que un objeto, es una relación que nos sostiene. Favianna fue una de sus primeras bicis, y a Palomita, la perdió en el accidente: “Una bicicleta es tu compañera, ni más ni menos, camina conmigo, te lleva, te trae, te cuida, yo la cuido, creo que ha sido una de las relaciones más retroalimentadas y equitativas que he tenido”. Hoy el andar de Bea también lo sostienen sus muletas, Merlina y Macarena, y un bastón que aún no le revela su nombre.

Anhela el día en el que pueda subirse de nuevo a la bici, “lo deseo con todo mi corazón”, nos dice, sólo que suelte el bastón voy a estar volando en bici por las calles”. Seguir la vida, libre, en bici y hacer algo para que la infraestructura urbana funcione distinto y nos sintamos más seguras son sus sueños.

Defender nuestros espacios es nuestro derecho básico, muy elemental, muy vital, defender nuestro territorio, nuestro cuerpo, a cualquier costo, es algo que nos debemos a nosotras mismas y a las próximas generaciones”. Terminamos la entrevista y con esta frase Bea nos recuerda que la lucha por un espacio público sin violencias además de ser un tema de urbanismo relacionado a la movilidad, o un tema ambiental que beneficia la reducción de emisiones, para nosotras las mujeres, como peatonas o como ciclistas es un asunto esencial para ejercer nuestra libertad, que significa la posibilidad de ir seguras a donde sea.

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