El otro día me puse a llorar. Llevaba días de sentirme sofocada, con la garganta seca y esa sensación de deshidratación que no se quita sin importar cuánta agua tomes. Me tiré a la cama y solté la primera lágrima, no me detuve, seguí llorando hasta quedarme dormida.

Mientras escribo estas líneas no dejo de cuestionarme cómo nombrar el momento que atravesamos en México, ¿trágico?, ¿emocionante?, ¿indignante?, ¿poderoso? Nos acostumbramos al dolor y por eso me es difícil enunciar las palabras que acompañan nuestra lucha. Platicaba con mis amigas, coincidíamos que la tristeza  nos unía estas últimas semanas, de las bolsas debajo de los ojos provocadas por ese silencio indiferente que no deja dormir.

Regina, una de mis amigas, nos compartió un poema que ella escribió, en una parte la pregunta: “qué tan entumecido está el corazón que no reacciona a la realidad”. Porque mientras el movimiento feminista crece, la violencia -aparentemente- lo hace a la par. O quizás siempre estuvo ahí, la diferencia es que ahora no nos quedamos calladas. Me parece alucinante que al menos en México estas llamaradas que llevaban gestándose largo tiempo explotaron en el 2019, las mujeres incendiamos una gran lucha social. No por nada, se leía que el 2019 fue el año de la Revolución Feminista. Los medios por fin decidieron voltear a ver a las mujeres de pañuelos verdes y morados, tal vez impulsados porque “el feminismo está de moda”. Aunque claro, hubo quienes se dedicaron tan sólo a “satanizar a las vándalas” a hablar de la que “quema, pinta y destruye monumentos y paredes”. Esta lucha que ahora ocupa titulares en realidad solo se fortaleció, lleva años de resistir y sostenerse gracias a compañeras de distintas latitudes, de comunidades originarias y de otras generaciones.

Foto: Aide Nohemi

Siempre fuimos valientes, ahora lo reconocemos

“Ni una más, ni una más, ni una asesinada más”, la primera vez que grité estas consignas acompañada de mujeres y ocupando la ciudad fue en abril del 2016. En ese momento la cifras indicaban que 6 mujeres eran asesinadas al día. Yo me sentía temerosa o quizás avergonzada de enunciarme feminista. Tan solo estaba segura de dos cosas: que tenía miedo y estaba cansada de sentirlo.

Después de cuatro años, veo algunos cambios, por un lado en las cifras de casos, que muy lejos de disminuir, aumentaron, actualmente en México son asesinadas entre 10 y 11 mujeres al día. En menos de tres meses del 2020 se contabilizan 133 feminicidios. En cuanto a mí, ya no avergüenza decirme feminista, no tengo miedo y soy más valiente, o quizás siempre lo fui, solo que ahora sí que lo sé.

Iniciamos enero 2020 pisando sobre un terreno en las mismas condiciones que el anterior. Nosotras ante la pasividad del Estado salimos a las calles y esas chispas que prendieron en la manifestación del 12 de agosto del 2019, “la brillantinada”, hoy nos acompañan y acogen.“Nos quitaron todo que hasta el miedo se llevaron”.

La primera semana de enero 2020 se informaba el asesinato de Yunuén López abogada y activista, días después Isabel Cabanillas una artista y activista fronteriza. Iniciaba febrero y al paso de cada día se iba cambiando de nombre; #JusticiaPara y #TodasSomos. Lo más lamentable es que esos son tan solo los nombres que conocemos, pero ¿qué pasa con las otras miles de desapariciones y cuyos crímenes han pasado prácticamente desapercibidos?

El viernes 14 de febrero regresaba a mi casa, cansada, mojada y con el cabello endurecido por el químico seco con el que el cuerpo policiaco nos había rociado horas antes. Un grupo de mujeres nos habíamos concentrado afuera de las oficinas de La Prensa para exigir una respuesta del director del periódico después de haber publicado las fotografías de Ingrid Escamilla Vargas, quien fue asesinada por su pareja Francisco Robledo. Las imágenes de su cuerpo mutilado y desollado fueron filtradas y viralizadas por los diarios sensacionalistas de la Prensa y Pásala con un título que decía, “Y la culpa la tuvo cupido”.

Durante la protesta las palabras de Yesenia Zamudio, activista y madre María de Jesús, me atravesaron; “Tengo todo el derecho a quemar y a romper, no le voy a pedir permiso a nadie, porque ya estoy rompiendo por mi hija. Y la que quiera romper que rompa… y la que quiera quemar que queme y la que no… ¡que no nos estorbe!” A mi sí me dan ganas de prenderle fuego a este país, a un sistema de justicia nulo, que no nos respalda.

Foto: Aide Nohemi

La concentración se convirtió en marcha y avanzamos hacia la Victoria Alada. Que como ya se volvió costumbre fue protegida incluso de quienes intentaban sentarse. Terminaba la marcha y mientras caminábamos rumbo al metro bajo la lluvia coreábamos; “mujer, hermana, si te pega no te ama”, la gente reía, las parejas se tomaban de la mano, “ahora que estamos juntas, ahora que si nos ven”, brindaban con cerveza y algunas personas nos veían con extrañeza “el patriarcado se va caer, se va a caer”.

Ese mismo fin de semana se realizaron jornadas en la Alcaldía Gustado A. Madero (GAM) para recordar a Ingrid. Y yo leía sobre el feminicidio de Joselin quien fue asesinada y su cuerpo encontrado en un río de aguas negras en Cartagena, Tultitlán. Se organizaba otra concentración en el Palacio Nacional. Y despertamos con la noticia de Fátima Celia, una niña de 7 años, que fue secuestrada, torturada y cuyo cuerpo fue botado en una bolsa de plástico. Diferentes grupos de chicas feministas se concentraron frente al palacio nacional; lunes y martes, protestando ante el contexto feminicida en el que vivimos. Mientras que el presidente Andrés Manuel López Obrador anunciaba cómo pretende resolver la crisis del país con sermones moralinos que no son más que parte de las mismas ideologías retrógradas y machistas que respaldan a un sistema que violenta a las mujeres.

Es frustrante, ¿cuánto se van a tardar en ver la realidad de este país? Los pensamientos y sentimientos son confusos, mi cuarto es muy oscuro, la pantalla de la computadora muy brillante, siento una presión en el pecho y trato de pensar en otra cosa pero la misma idea se sigue repitiendo ¡Nos están asesinando! Y todo sucede muy lentamente. No hay de otra más que llorar para soltar.

#8M volveremos a salir ¿alguien nos escuchará?

¿Han sentido que el aire les atraviesa el pecho?, se llama angustia. Se han dado cuenta, nos acostumbramos a amanecer rotas, pero funcionales porque sino este sistema nos elimina. Es agotador fingir estar bien, hacer planes, pensar en el futuro, incluso sentirme feliz sabiendo que esta es nuestra realidad. Cada día cambiamos de nombre, buscamos o exigimos justicia por; Abril, Diana, Lesvy, otro nombre, otro rostro. Entre 10 y 11 mujeres son asesinadas al día y estoy harta de prender velas para los memoriales, pintar cruces, de no acabar de nombrarlas a todas. Y marcha tras, marcha, me pregunto si de algo importa cuanto quememos, pintemos, gritemos, ¿nos van a ver?, ¿nos van a escuchar? Y me lo repito, no quiero sentir que de nada sirve lo que hacemos.

Foto: Areli Rema

Estamos a días del 8 de marzo, conmemoración del Día Internacional de la Mujer y pienso que esta tristeza es un recordatorio de que somos humanas. Es otra emoción que acompaña a la confusión y que nos permite sentir un dolor compartido. Es eso que nuestras mentes se niegan a aceptar, o simplemente no podemos comprender. Esta tristeza no es de esa que te ahoga, sino de la que te llena de rabia. Es fortaleza para levantarse la cama y disparar palabras. Es decir ¡no!, ¡ya basta!, y mantener la mirada. Salir a protestar, tomarnos de las manos, abrazar a la de a lado, es sentir miedo pero quedarnos juntas y gritarlo; “fuimos todas”.

Hemos dicho que nuestras palabras pueden provocar la revolución. Desobedientes nos permitimos sentir dolor para seguir existiendo y continuar en la lucha por la vida. Como dice Audre Lorde “Siento, luego puedo ser libre”. Seguimos aprendiendo y eso nos vuelve más fuertes, más vulnerables y más humanas porque aunque a veces llegue la decepción y estemos cansadas, sabemos que lo que hacemos sí importa y está impactando. Ver a niñas de 12 y 14 años, despiertas, politizadas, reclamando su derecho a una educación libre de acoso. Leer un mensaje de mi prima de 13 años preguntándome si iría a la marcha del 8 de marzo y sobre el paro del 9. En las protestas, las voces de chicas de secundaria y prepa liderando las consignas. Ustedes son el futuro.

Cuando empecé a marchar nunca me imaginé que sería capaz de conocerme tan profundamente. Mucho menos de encontrar un grupo de amigas que sin darme cuenta serían una manada de lobas llenas de vida y amor. Finalmente esto es lo que nos permite luchar así, tan duramente, no quedarnos calladas, saber que nuestra fuerza es algo para tener en cuenta. Este 8 de marzo salimos a las calles. Nos toca continuar la lucha por el reconocimiento de la vida y el trabajo de las mujeres. Nosotras, mujeres, feministas, hermanas, madres, compañeras, somos grito y voz de batallas libradas y lágrimas que sanan. Resistiendo a este mundo, despertando y acompañando ¡Nunca más tendrán la comodidad de nuestro silencio!

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