Por Ixchel Aguirre y Nora Hinojo

El 8 de marzo, hicimos historia. En estos momentos en que el mundo nos exige aislarnos, parar y dejar de tomar las calles, recordar lo que logramos, es vital. Tener en presente que ese día hicimos cimbrar las calles y la vida, es esencial. Esa historia no sólo la escribimos en donde siempre suceden los cambios, decidimos ser históricas y cuestionar nuestros  privilegios y acuerpar la resistencia de las periferias.

La historia no empezó coloreada por jacarandas, comenzó en el oriente de la zona metropolitana , en donde los árboles que hacen sombra apenas existen. Arrancó con las palabras de Lourdes García, madre de Norma Dianey García García joven desaparecida hace dos años en el Estado de México, entidad que de enero a septiembre del 2019, según cifras oficiales, registró 339 asesinatos a mujeres y decidió investigar sólo 81 de ellos como feminicidio.

“Hoy seguimos recorriendo estas calles, con tanta violencia para nosotras… Hoy seguimos exigiendo justicia por todas las que han sido asesinadas y desaparecidas… Hoy le digo a las autoridades que se pongan a trabajar que ya no sigan en su omisión, en su indiferencia”, dijo por un altavoz Lourdes García

La periferia existe porque resiste

Nos reunimos en el Coyote Rojo, un monumento de metal que es emblema  del municipio de Nezahualcóyotl, unos de los primeros en estar en Alerta de Violencia de Género a nivel nacional, un mecanismo activo desde 2015 que no ha logrado terminar con la falta de capacitación de los servidores públicos, la respuesta tardía para comenzar la búsqueda de mujeres y la no aplicación de de protocolos para la investigación del delito de  feminicidio.

No fue la primera vez, que en Nezahualcóyotl se marchaba, Diana Betanzos, integrante de la asamblea vecinal Nos Queremos Vivas Neza, contó que: “por tercer año salimos a las calles y sí también por tercer año consecutivo el Estado de México sigue teniendo los más altos índices de desaparición y de feminicidio”.

Eran aproximadamente las 12:30 cuando los primero contingentes tomaron la Avenida Adolfo López Mateos, una de las más transitadas y emblemáticas de Neza, misma que nos llevaría hacia la “Antimonumenta”, localizada frente al Palacio Municipal y el Ministerio Público, un lugar estratégico para la toma de decisiones del municipio. Un recordatorio de que la violencia no se olvida.

Madres de víctimas de feminicidio y desaparición encabezaron la marcha, seguidas por mujeres que habitan la periferia y colectivas de la Ciudad de México que acuerparon esta marcha histórica, logrando llenar las calles con el doble o triple de personas que en los años pasados. El calor del mediodía nos ahogaba no estaban ahí para hacernos sombra los grandes edificios y jacarandas que estamos acostumbradas a ver sobre la avenidas de la Ciudad de México.

Los pocos árboles no era suficientes para cubrirnos del sol y algunas personas se asomaban por las ventanas de sus casas para apoyarnos. La calle estaba vacía “parece que hoy todos se escondieron en sus casas porque nosotras íbamos a salir”.

En calles inundadas de dolor, congobiernos ausentes, las mujeres en Neza toman las calles y se organizan para resistir y seguir existiendo. “En este municipio se han construido nuevas redes de cuidado, porque es una realidad que puedes desaparecer del trayecto de tu casa a la escuela o el trabajo”.

Colectivas feministas como Nos Queremos Vivas Neza se han organizado y convocado a mamás de mujeres desaparecidas y víctimas de feminicidios del municipio para cuidarse, acompañarse en sus procesos de búsqueda de justicia y  escucha.

Actos políticos como la marcha del 8 de marzo, las movilizaciones del 25N en Neza y Chimalhuacán o la instalación de la “Antimonumenta” en 2019 son parte de la organización de colectivas y mujeres en Neza que construyen la memoria colectiva de sus hijas, hermanas o madres que les fueron arrebatadas por la impunidad e indiferencia.

¿Cómo acuerpar la periferia?

“Somos la periferia que no cabe en tu academia”, se lee en la pancarta de Mariana, una estudiante de 27 años que decidió marchar acompañada por su hermana de 19 años de edad. “Por mi parte estudié en la UAM Iztapalapa y ahora estoy en CU. Lo veo a diario en mis trayectos, hay una diferencia fuerte entre pensar en sobrevivir y dedicarte al feminismo de academia […] Yo todos los días resisto viviendo […] Que tu hermana, tu compa regrese a casa, que vuelva de la CDMX, los trayectos, la gentrificación que nos oprime, la falta de espacios políticos de aquí de la periferia”, dijo la joven que reconoce la importancia de la convocatoria.

El llamado a acuerpar la periferia es un acto político que nos interpela como mujeres, principalmente a las que habitamos la Ciudad de México y vivimos rodeadas por estos municipios que históricamente han sido dejados en el olvido por los gobiernos. Si bien en la CDMX también ocurren feminicidios, los contextos son distintos para las mujeres de aquí. Pobreza, falta de infraestructura pública como alumbrado, pavimentación, hacinamiento, vigilancia; transporte público ineficiente e inseguro, por mencionar algunas cosas, complejizan la situación de las mujeres que viven en municipios como Neza.

En palabras de Diana: Ser mujer en Neza es ser resistencia, ser solidaria […] este es un municipio que ahorita todo lo que hay es porque han sido las vecinas y los vecinos quienes han conseguido a través de luchas desde el barrio pues para tener un lugar digno para vivir”.

Las mujeres de Neza construyen vida en medio de la muerte. Nuestro acompañamiento necesita ir más allá de un solo día. El 8 de marzo es apenas la parte más visible de un trabajo que requiere de un abrazo colectivo continúo.

“Cuando se escucha esto de descentralizar el movimiento yo creo que en realidad en la periferia hay un movimiento feminista desde hace mucho tiempo, lleva años. Quizás significa que el centro no había mirado o no había cuestionado. Para nosotras no diríamos que hay que descentralizar el movimiento feminista porque nuestra movimiento ha estado aquí desde siempre”

Responder a un contexto de culpabilización

El regreso de Neza a Ciudad de México fue un golpe de realidades. Salir en grupo y subirnos a una combi rumbo a Pantitlan. Una vez en el Metro nos sentimos fuera de peligro, como si dejáramos atrás una realidad con la que viven miles de mujeres. ¿Cómo procesarlo? ¿Cómo no sentir culpa por ese “alivio”? ¿Hacia dónde llevar la reflexión para seguir acuerpando la periferia?

De Pantitlan a Chabacano, las pintas que había dejado el paso de la marea verde y morada nos dieron señales de que ese era el camino. Estábamos cerca de llegar a una de las marchas más grandes que hayamos visto en nuestra vida.

Al salir del Metro Hidalgo escuchamos miles de voces gritando. Ahí estaba la marea, una marea muy diferente a la que vimos en Neza, con miles de mujeres, donde te podías perder en medio de las masas y no sentir miedo, incluso quedarte hasta atrás o aislarte del resto y sentirte segura. En Neza todas íbamos en manada, no podíamos quedarnos ni adelantarnos mucho; las compañeras que hacían pintas tenían que ir adelante y las propias organizadoras las iban cuidando, por seguridad para que ninguna quedará atrás.

En la marcha de la Ciudad de México compartimos sentimientos distintos, no solo por lo que vivimos horas antes en Neza, sino por la diversidad de mujeres que se sumaron a esta marcha. Sentimientos de felicidad, enojo, indignación, esperanza y decepción nos atravesaron de distinta manera por la complejidad y diversidad de esta marea histórica.

Era la primera marcha de muchas mujeres y eso fue esperanzador, pero también fue la primera marcha feminista donde por momentos nos sentimos ajenas y conflictuadas por la diversidad de voces y formas de exigir justicia: algunas solo gritando consignas, otras más con acción directa.

La marcha parecía no tener fin. Miles y miles de mujeres brincaban al ritmo de “arriba el feminismo”, parecía una fiesta para muchas, pero también era el momento de radicalizar esa emoción de sabernos vivas, abrazar a las familias de las que ya no están y encontrarnos en esta diversidad. Durante la marcha encontramos a varias amigas y caminábamos con ellas.

Estábamos alegres, pero también tristes de escuchar los testimonios de violencia en la Antimonumenta y llenas de coraje de ver los nombres de violadores en las paredes.

Cuando comenzamos a caminar por Av. 5 de mayo escuchamos el ruido de cristales rotos. Una señora empezó a gritar “no me representan”,  señalando con el dedo a una chica encapuchada. Estábamos ahí, marchando por el hartazgo hacia la violencia que sufrimos y nos atraviesa a diario. Sin embargo, con cierta amargura fue  doloroso escuchar que llamaran “violentas” a mujeres valientes que levantaban la voz.

El rostro de la mujer indignada por las acciones creó confusión en algunas de nosotras. Este espacio que nos había acogido, enseñado de fuerza y resistencia de pronto se sintió ajeno. La chica encapuchada permanecía inmóvil. Las mujeres de chaleco naranja se acercaron e intervinieron. Estas chicas estaba horas antes en Neza con nosotras seguían con la misma fuerza y esa digna rabia de la que tanto hablamos.

En varios momentos quedamos atrapadas entre los gritos de “No violencia” y “Fuimos todas”. Gritamos que violencia era lo que nos hacían a nosotras; se sentía impotencia. Nos acercabamos al Zócalo y a lo lejos se veía la Catedral, se escuchaban gritos, el pánico colectivo cada que algo se rompía, mujeres corriendo y la presencia de policías. A cada paso entre consignas feministas ”somos malas, podemos ser peores” se escuchaba un “sin violencia, mujer encapuchada así no”. Es un hecho que la realidad en la que vivimos todas es muy distinta. Lo más revolucionario que podemos hacer es abrazar esa rabia y las acciónes de protesta. Estamos juntas en esto.

Han pasado días y aún nos cuestionamos el sentir de ese día: ¿que sigue? ¿cómo unirnos? ¿queremos una lucha que abrace a las autoridades? ¿queremos dar nuestra integridad a las instituciones? ¿es nuestra lucha una pacifista? Entendemos la pluralidad de voces y sabemos que ahí es donde también tenemos un trabajo pendiente como mujeres feministas: mirarnos y abrazarnos en nuestra diversidad para radicalizar la exigencia de justicia.

Haber marchado en Neza y regresar a la Ciudad de México nos dejó reflexionado sobre nuestros privilegios. Es necesario hacerlo o no vamos a ser capaces de entender que la lucha no es fácil, cómoda, y “capitalizable”. A las mujeres nos atraviesa la violencia de clase y coloniales; ambas tienen que estar presentes en la lucha feminista. Aún más en un país como México dónde la opresión de la mayoría de las mujeres es atravesada por la violencia económica, la raza, la clase y que se recrudece aún más en las mujeres.

El 8 de marzo hicimos historia, pero aún queda mucho camino por recorrer. Al estar en una movilización tan grande era imposible no sentir emoción y que se te erizara la piel de vernos a todas allí. Había niñas gritando y brincando con sus pancartas, abuelas acompañando a nietas e hijas, había papá solteros presentes con sus hijas, amigas, mujeres indígenas,  familias en busca de justicia. Por primera vez no éramos las mismas de siempre.

El feminismo incómoda, también duele, nos atraviesa, es una constante autocrítica, aprendemos, nos construye y deconstruye. Al marchar rompimos el silencio, muchas sintieron por primera vez la fuerza de gritar su hartazgo y sentir el abrazo colectivo al compartir sus testimonios de violencia. Ver la diversidad de voces y sectores militando hombro a hombro, a aquellas mujeres que no se habían animado a marchar, la organización colectiva, y el futuro accionando la ciudad. El 8 de marzo abrió muchas heridas, también reflexiones y la esperanza de que este incendio feminista no se apague. Solo queda decir que ya nos encontramos y no nos vamos a soltar.

¡La lucha es de TODAS y se hace en colectiva!

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