ALICIA VARGAS: LA PRIMERA ÍDOLA DEL FUTBOL MEXICANO

Collage Alicia Vargas por @Evekamikaze

El Estadio Azteca nunca antes había estado tan vivo y tan ilusionado con su selección. Los aficionados no cabían en las tribunas, ocupaban escaleras y pasillos. Más de 100 mil personas listas para ver la gran final del Mundial. Cuando el altavoz que daba la alineación mencionó el nombre de la figura del equipo mexicano, comenzaron a gritar con fuerza ¡Pele!¡Pelé!¡Pelé”. Era 1971.

Un año antes, un Pelé brasileño jugó en la misma cancha y escuchó los mismos gritos en la final de otro mundial. Pero en 1971 los gritos eran para una joven mexicana de 17 años llamada Alicia Vargas.

Parece un cuento, pero no lo es. Hubo una vez en que las ídolas de este país fueron las futbolistas. A una de ellas le decían “La Pelé”.

UN DEBUT APRETADO

-“¿De cuál calzas?” preguntó el entrenador, desesperado porque su equipo no anotaba.

– “Del 5”, respondió Alicia.

– “Estos son del 4, póntelos y a ver si es cierto que juegas tan bien”.

Solo le quedaban 10 minutos al juego, pero a ella le bastaron para poner el pase a gol y convencer al entrenador, con todo y los zapatos de futbol apretados. A los 14 años, ese fue su gran debut en una cancha.

Era final de la década de los años 60. Antes de su debut, Alicia pasaba las tardes jugando “coladeritas” con sus dos hermanos, a veces como recogebolas, a veces como portera, y cuando no se completaban, como delantera.

Un día vio en el periódico La Prensa una noticia en la sección de deportes que decía: “Guadalajara se lleva el clásico en el futbol femenil” Hasta entonces supo que existían equipos de mujeres. “Y como yo era aficionada del Guadalajara, ese fue el equipo donde quise jugar. Ahí debuté”.

Es difícil imaginar la existencia de mujeres jugando al futbol en una década en la cual los sacerdotes regañaban a las feligresas por “dejar que sus hijas anduvieran jugando en la calle”, como hacía la mamá de Alicia. Pero la Liga América, la primera liga de futbol femenil del país, tenía 16 equipos de todas las zonas de la ciudad (Xochimilco, Cuautitlán, Iztacalco), con una gran cantidad de jugadoras.

Por eso, cuando en 1970 llegó una invitación de la recién formada Federación Internacional Europea de Futbol Femenil (FIEFF) para jugar un campeonato mundial en Italia, a la directiva de la liga no le costó encontrar el talento para armar una selección. En ese momento, la Federaciión Internacional de Futbol Asociación (FIFA) no avalaba el futbol femenil, pero a las mujeres que de todos modos jugaban eso no les impidió organizar un torneo internacional.

Aunque Alicia era una de las mejores de la liga, no estaba muy entusiasmada por participar.

“Ni idea tenía de qué era jugar un mundial. No tenía pasaporte y nunca me había subido a un avión. Les dije a mis compañeras que mejor me quedaba, porque si se iban las mejores jugadoras de otros equipos, iba a ser más fácil ganar el campeonato local. Yo sólo quería jugar y ser campeona en México”.

Y en efecto, ese año fue campeona, pero no con el Guadalajara ni del torneo local: terminó como la líder de goleo de ese histórico primer mundial extraoficial y olvidado por la historia.

Gif_Pele_Vargas por @evekamikaze

LA FIGURA DEL MUNDIAL

Alicia vio a la portera austriaca y se impresionó. Con sólo alzar la mano tapaba la portería. Pesaba casi lo doble que ella.

“Pero al menos un gol si le meto”, pensó.

No fueron uno sino seis los goles que Alicia consiguió en el debut de la selección mexicana, en Bari. ciudad italiana en donde se jugó el mundial. Al final del partido había un marcador de 9-0, que dejó a  la prensa italiana fascinada por la mediocampista a la que comparaban con el mejor jugador de esos años. Así nació su apodo: “La Pelé”.

Antes de ese partido, muchos creían que el equipo iba a ser una burla frente a selecciones como Italia, Inglaterra o Suecia.

“Decían que íbamos a hacer el ridículo, a recibir unas goliza, porque teníamos poco tiempo. No confiaban mucho en nosotras. Ni la prensa ni las directivas ni la federación”, cuenta la ex seleccionada.

La desconfianza se traducía en indiferencia. Hasta el momento de subirse al avión para Italia, las jugadoras solo traían una maleta en la que llevaban un short y playera blancos. El uniforme de gala era una blusa blanca y una falda negra “de la que tuvieras, para no gastar”.

Minutos antes de abordar, llegaron las chamarras, las calcetas y uniformes completos, patrocinados por el entonces futbolista Enrique Borja. Así, con más ilusiones que buenos pronósticos, llegaron a Bari, donde también estaban las selecciones de Austria, de Suiza y de Italia.

En los días previos, las rivales europeas tampoco veían mucho potencial en las mexicanas. Lo que no sabían era que éstas entrenaban en secreto, como cuenta La Pelé.

El entrenador, José Morales, ubicó un seminario cerca del hotel, le pidió permiso al sacerdote, el Padre Rocco, y ahí, en su jardín, entrenábamos a las 7 de la mañana. Cuando los otros equipos bajaban a desayunar, nosotras ya habíamos entrenado, y al estadio ya nada más íbamos a hacer un poco de técnica”.

Por la ayuda que les brindó a las mexicanas, el padre Rocco recibió de regalo una imagen con el calendario Azteca, pero el regalo sólo le duró unos días. Horas antes del partido inaugural, la delegación mexicana descubrió que no tenía bandera para el desfile. El sacerdote solucionó el problema: cortó el escudo azteca de la imagen que le habían regalado, lo pegó en una bandera italiana, y se los dio a las jugadoras para que pudieran desfilar. Así, con una bandera hechiza, la bendición del padre Rocco y la porra integrada por los seminaristas, salieron a la cancha.

El debut con 9 goles fue un gran gancho: todos los diarios querían unas palabras de la joven que había derrotado a la imponente portera austriaca. El partido siguiente también fue notable: perdieron el segundo duelo (2-1) contra las anfitrionas, en medio de una trifulca que inició porque las mexicanas se querían quedar con el balón de recuerdo. “Y perdimos el partido, pero nos quedamos con el balón”.

La derrota las mandó a pelear por el tercer lugar contra Inglaterra. La tribuna local coreaba “¡México, México!”. Las mexicanas ganaron 3-2. Conquistaron el tercer puesto, a los diarios y a la afición. Pero Alicia, como sus compañeras, ya quería regresar a México.

“En el avión de regreso hicimos planes para irnos directamente a Garibaldi, a comer unas costillitas. Se nos hacía agua la boca. Pero cuando llegamos al aeropuerto, al salir por la escalinata para bajar, vimos fotógrafos, micrófonos, mucha gente y hasta un mariachi. Preguntamos: ¿Pues quién viene en el avión? Nos respondieron: es para ustedes”.

En efecto, la selección femenil era la sensación. Malenich Quintero, un periodista que acompañó al equipo, había mandado crónicas espectaculares de cada partido, que aparecían en las primeras planas de deportes de El Heraldo. Para un país que acababa de ser anfitrión de un Mundial, dolido porque su equipo varonil no pasó del quinto partido, el tercer lugar de la femenil fue un motivo de fiesta más que suficiente, necesario.

Nunca llegaron a Garibaldi, ni saborearon las costillitas. Lo que sí tenían, por montones, era sesiones fotográficas, entrevistas, homenajes. El todo el país se hablaba de Pelé Vargas, de La Peque Rubio, de La Pantera Chávez, de la Borjita Zaragoza. El futbol femenil era el furor.

EN LA BANCA Y SIN COBRAR

-“¿Te gustaría jugar otra vez el mundial?” le preguntó una periodista a Alicia Vargas.

-“Claro, me gustaría, porque va a ser aquí en mi país. Pero si no quedo en la selección, buscaré ir el siguiente año”.

Era 1971. En menos de un año, en México se habían organizado más ligas de futbol femenil, multiplicando el número de jugadoras. “Las Mundialistas”, es decir, las seleccionadas eran otro equipo más de la Liga América. Alicia decidió no jugar con ellas; de ahí que tuviera duda de quedar en el equipo anfitrión del segundo Mundial Femenil.

México se hizo de la sede del campeonato gracias a las gestiones de Jaime de Haro, un promotor deportivo que vio en este furor por el futbol femenil una gran oportunidad. Consiguió los patrocinios, los permisos y los espacios necesarios para traer la competencia. Fueron invitadas las selecciones de Argentina, Dinamarca, Italia, Suecia y Francia. Se designaron dos sedes (DF y Guadalajara), se vendieron miles de boletos y se hizo una gran campaña de promoción.

La Pelé Vargas inició el torneo en la banca. Aunque las mexicanas ganaron 3-1 el encuentro, la prensa reclamó al entrenador, Víctor Meléndez, que no hubiera alineado a la mejor jugadora del equipo. “Fue por estrategia” contestó él.

“Pero yo sabía que no estaba tan convencido. Entré hasta el segundo partido, frente a Inglaterra, y puse los 4 pases a gol. Y luego, en semifinales, nos llegó la revancha contra las Italianas. Otra vez hubo trifulca, hasta un juez de línea terminó con el ojo morado. Las italianas eran rudas”.

Y entonces, previo a la gran final, a las seleccionadas se les ocurrió lo impensable: pedir que se les pagara por jugar.  “Pedíamos un millón de pesos para todas. En todo ese tiempo, no nos habían dado nunca nada. Las entradas al mundial se cobraron, había patrocinios, mucha cobertura, pero a nosotros, ni para el camión”.

Los periodistas las criticaron por “interesadas”. Los federativos les dijeron que no podía cobrar por ser amateur. El entrenador, al que tampoco le pagaban, habló con ellas. “Nos dijo: ya se vendieron todas las entradas para la final. O se juega o se juega. Y pues ya, la jugamos”.

Hubo un grupo de mujeres que sí se solidarizó con las jugadoras: las actrices y cantantes de la época. Mujeres como Carmen Salinas, Susana Alexander, Verónica Castro y Cristina Rubiales, que antes de cada partido “serio”, jugaban un partido de “espectáculo”.

“Fueron ellas las que juntaron dinero. Se pusieron en cada puerta del estadio a botear Nos tocaron 10 mil pesos a cada una. Cuando Jaime de Haro vio esto, nos dio 11 mil más. Ese fue nuestro pago. En realidad, habríamos jugado, con paga o sin paga. Pero sentíamos que no era justo”.

Gif Alicia Vargas por @evekamikaze

EL GRITO DEL AZTECA

La final se jugó un 5 de septiembre de 1971, frente a Dinamarca.

“Y entonces por primera y única vez sentí eso: el grito del Azteca. Una alegría enorme con un miedo enorme. Porque esa gente que estaba ahí para apoyarte, era también toda la gente que te podía abuchear. Entre el himno, las banderas, y los nervios, no podría decir exactamente lo que sentía. Era indescriptible. Todavía hoy no sé cómo ponerlo en palabras”.

Los nervios, el incidente del pago, la impresionante tribuna pudieron servir de pretexto para justificar la derrota de 3-0, pero Pelé Vargas reconoce que las danesas fueron superiores. Ella salió llorando de la cancha, sin querer hablar con la prensa. Al inicio del juego el estadio gritaba su nombre. Al final, aunque lo hubieran gritado, la tristeza no la dejaba escuchar nada más.

Además de lágrimas, el subcampeonato le trajo ofertas para jugar en Italia con el equipo el Real Torino, que le ofrecía sueldo y casa. “Yo les pedía que me presentaran un contrato, que firmaran papeles, pero nunca lo hicieron. Estaba muy chica como para irme así como así. Los rechacé”.

Alicia prefirió quedarse en México, a esperar que hubiera una liga femenil profesional.  Pero eso no pasó. Pelé, que ilusamente pensaba jugar cada año un mundial, nunca vio un plan serio. Los diarios decían que había casi 20 mil jugadoras en las ligas amateurs. Los columnistas y periodistas pedían que se armara una liga profesional. El fuego estaba encendido, pero ni la federación, ni los directivos de ligas supieron atizarlo.

“Creo que fue algo tan inesperado para la época, que no supieron qué hacer. En poco tiempo, la selección femenil había logrado muchas cosas, aunque fuera amateur. ¿Qué hubiera pasado si nos hubieran ayudado a crecer? Pero no les interesaba el futbol femenil. Nunca les interesó”.

Gif Equipaza por @evekamikaze

EL ÚLTIMO LLAMADO

-“¿Pele, todavía juegas?”, le preguntó una voz al teléfono.

-“Sólo los domingos”

-“Ya. ¿Quieres regresar a la selección? Necesitamos jugadoras”.

Tenía 37 años. Aceptó la oferta. Otra vez, la selección. Otra vez, un mundial. Ahora sí, oficial.

La llamada llegó de la Federación Mexicana de Futbol, en 1991, año en el que la FIFA (¡por fin!) organizó “su” primer mundial femenil en China. Por el desinterés de la Federación Mexicana por el futbol femenil, se tuvo que armar un equipo al vapor, con lo que hubiera, para el torneo clasificatorio de la zona de Centroamérica, Norteamérica y el Caribe. Alicia aceptó porque creyó que el carácter de “oficial” lo haría distinto a los mundiales que ella vivió. Pronto se dio cuenta que el futbol femenil seguía sin importarle a los federativos.

“No había recursos, entrenábamos en la Alameda Central, no nos conocíamos y los de la Federación llegaban cada semana con nuevas jugadoras que nadie sabía de dónde traían. Fuimos a Haití al torneo clasificatorio y fuimos un desastre”. La selección mexicana no clasificó a ese primer mundial oficial. De la selección subcampeona del 71 no quedaba más que el recuerdo. Y en ese momento, Alicia decidió retirarse de las canchas.

Todavía hoy, piensa que pudo haber hecho mucho más, pero que por la época no existían condiciones para lograrlo. Pudo ser la primera futbolista profesional jugando en otro país (fue Andrea Rodebaugh en 1989); pudo ser la primera mexicana en marcar un gol en un mundial oficial (fue Maribel Domínguez en 1999); pudo ser la primera campeona de goleo de la liga profesional mexicana (fue Lucero Cuevas en el 2018). No le tocó ser nada de eso.

Pero sí fue la primera ídola de este país. Fue la referencia de todas las canchas en donde el futbol femenil resistió por décadas hasta que otras, como Rodebaugh, Domínguez, o Cuevas pudieron lograr lo que ella quiso y no pudo. Gracias a ella, muchas futbolistas mexicanas, saben que hacer que un estadio repleto grite tu nombre es posible. Ella lo hizo.

Claudia Pedraza

Otra más que no fue estrella de futbol por culpa de la rodilla. Especialista en temas de género, periodismo deportivo y comunicación. Doctora en Ciencias Políticas y Sociales. Integrante de Tequio Violeta y de Versus. Sufrida aficionada de Pumas. Firme creyente de que otro modo de ser humanas es posible

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