A LA MUJER VALIENTE QUE NOS MOSTRÓ QUE LA MANADA SOMOS NOSOTRAS

Te escribo a ti, la mujer que nos invita a no callar, exigir justicia, a creernos unas a otras. En junio pasado nos escribiste una carta a todas, a nosotras, a tus compañeras de vida y de lucha. Después de eso en una televisora española, se decía que con ella “rompías el silencio” al que estabas sometida.

La televisión está equivocada, tú rompiste el silencio desde hace dos años cuando decidiste denunciar la violación de la que fuiste víctima en aquel portal en la fiesta de San Fermín, en aquella madrugada del 7 de julio de 2016

Seguramente, la noticia de tu carta no sólo llegaba a México en una grabación publicada en las redes sociales, al mismo tiempo que yo escuchaba tus palabras en ese video, en otra parte del mundo otra mujer, igual que yo, indignada por la libertad que unos días antes se les había otorgado a aquellos violadores denominados “La Manada”, escuchaba y leía en los medios tus palabras.

En esta carta no sólo nos pides valientemente que rompamos el silencio de la violencia machista de la que somos víctimas las mujeres en todo el mundo, sino también agradeces el apoyo incondicional que te hemos dado quienes en algún momento nos unimos al movimiento “hermana, yo sí te creo”.

Leyendo y escuchando las palabras que nos hacías llegar a través de una comentarista pensaba en que las que te tenemos que agradecer, somo nosotras, las mujeres que vemos y escuchamos tu valiente testimonio que rompe el silencio machista al que estamos sometidas día con día en nuestros trabajos, en nuestras casas, en las calles, en las aulas, en los templos, en todas partes. Ese silencio que se esconde tras la dominación patriarcal que nos ha enseñado que “una mujer se ve más bonita calladita”, ese silencio enseñado en todas partes que encubre y esconde a violadores y agresores, que por miedo o por pena, nos calla y nos silencia.

Si “calladitas nos vemos más bonitas” es porque a través del silencio la dominación patriarcal permanece intacta. Ese silencio es el centro del poder patriarcal, pues al callarnos, éste nos mantiene en la dominación. Después de escucharte, me doy cuenta como ese silencio nos quita la memoria y se apropia de nuestro cuerpo a través de la culpa.  Al decidir hablar -como tu lo hiciste- el patriarcado nos regresa esa culpa preguntándonos ¿qué hacíamos ahí solitas? ¿Por qué estábamos vestidas de cierta forma? ¿por qué habíamos tomado alcohol? ¿Por qué habíamos decidido regresar tan tarde?

El ejercicio de la palabra se nos revierte en culpa, esa culpa que al final se convierte en silencio, silencio que encubre las violencias que nos matan lentamente hasta que en realidad se convierten en muerte.

Sí, eres una sobreviviente que rompió el silencio, ese que en mi país mata a mujeres diariamente, todas ellas víctimas de violencias feminicidas. Se trata de dobles crímenes cometidos por los feminicidas y por las instituciones que prefieren mantener en la impunidad los casos o en donde, como en tu caso, se deja libres a los culpables.

Existen cifras oficiales que dicen aseguran que 30.7 millones de mujeres mayores de 15 años han padecido al menos un incidente de violencia emocional, económica, física, sexual o discriminación en los espacios escolar, laboral, comunitario, familiar o en su relación de pareja. Más aún, según el Instituto Nacional de las Mujeres en los últimos seis años han ocurrido 15,535 homicidios de mujeres en donde se presume feminicidio; es decir que en mi país se cometen 7 asesinatos de mujeres al día, mujeres entre 20 a 30 años, principalmente, que pierden la vida en manos de las violencias de género, aunque las cifras siempre se quedan lejos de las historias.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada tres mujeres en el mundo ha sido víctima de violencia sexual y/o física por parte de su pareja o por algún tercero, esa violencia no será denunciada o se quedara  impune por un sistema de procuración e impartición de justicia que calla frente a tan escabrosas cifras. En este lado del mundo, en el año 2017 se presentaron 6,444 denuncias ante el Ministerio Público, por casos de violación sexual en el país, aunque se estima que el 94% de los abusos sexuales no se denuncian, lo que significa que las cifras están subrepresentadas, según lo informa la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH).

No sólo en España, sino también en México, la impartición de la justicia es patriarcal y el “derecho construye género”, se culpabiliza a las mujeres en sus denuncias y se le invita, como lo hicieron en tu caso, a regresar a cumplir con su “papel histórico” que el patriarcado nos ha encomendado, “ser las mujeres sumisas” que, frente a un caso como éste, deberían de quedarse calladas que tomar la palabra y hablar.

A pesar de que en México tenemos mecanismos para la prevención y atención de las violencias contra las mujeres que nos exhortan a denunciar, cuando llegamos a los juzgados nos revictimizan, nos racializan y nos discriminan. La justicia en mi país no es para todas y todos, pues la situación se agrava si eres una mujer pobre e indígena. Tristemente, las instancias de procuración de justicia pareciera que sólo administran las violencias contra las mujeres, lejos de erradicarlas, atenderlas y prevenirlas. De ahí que piense que no sólo construyen género, sino también violencia, el patriarcado está en todas partes y la justicia, tristemente, parece haber sido secuestrada por él.  A través de sus juzgados y de sus operadores, quienes pueden dar carpetazo a un caso de feminicidio o decidir si nuestros cuerpos sufrieron o no un ataque sexual.

Por ello, tu llamado a romper ese silencio se hace tan importante en estos tiempos en donde se nos está quitando la memoria, esa memoria que nos hace fuertes, pues a través de ella, aprendemos de los errores para no repetirlos. Hablar, tomar la palabra pone en lo público lo que por siglos nos han enseñado que es privado y que únicamente pertenece al ámbito de lo íntimo, como lo es una violación. Recuperar la palabra y la memoria desarticula  el patriarcado. Hablar, por tanto, descentra la dominación y nos hace libres. Tu invitación de salir y denunciar las violencias que vivimos, no callar, retomar la palabra robada por la culpa y hacer uso de nuestra memoria, nos invita a desestructurar la apuesta del patriarcado y de la dominación.

Pero no sólo eso, cuando rompiste el silencio al denunciar también me demostraste que no estamos solas, que tenemos aliadas y hermanas por todo el mundo que están dispuestas a gritar contigo ¡Justicia! Por tanto, romper el silencio, genera comunidad, colectividad y hermandad, pues la solidaridad que se ha gestado en el barrio aquel en donde viven tus agresores, nos muestra que somos más personas contra las violencias de las que pensábamos. Pegar un letrero de “no se admiten violadores” “que no se vende comida a violadores” y que, por tanto, no son bienvenidos en esa comunidad, nos muestra que las mujeres no estamos solas, que tenemos aliados que están dispuestos, al igual que tú, a romper el silencio y a desestructurar el sistema patriarcal.

Hoy te doy las gracias por mostrarme que a pesar de que nuestras instituciones que deberían cuidarnos y respetarnos no lo hacen, pero no importa porque sí tenemos una comunidad que nos respalda. Cuando rompiste el silencio, nos enseñaste a seguir peleando por nuestros derechos, le enseñaste a mi hija que tomar la palabra nos hace fuertes, que romper el silencio nos hace libres. Así que insisto, “La Manada” no son ellos, LA MANADA SOMOS NOSOTRAS porque juntas rompemos ese silencio. Hoy, no tienes que agradecernos, nosotras debemos darte las gracias: “Hermana, yo sí te creo”.

Atentamente

Laura Saavedra y seguramente miles de mujeres más

Laura Edith Saavedra Hernández

Feminista, Dra. en Antropología por el CIESAS-CDMX. Se dedica a la investigación y a la docencia. Actualmente sus líneas de investigación se centran en el acceso a la justicia de mujeres que viven violencias desde los feminismos descoloniales, las epistemologías del sur y la antropología jurídica.

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